Opinión
Eliecer y El Pirata: amanecidas impensadas

En una madrugada, recogía los vestigios de una parranda convocada para dar de baja a media docena de litros de tequila que me habían obsequiado.
Restaban aún dos botellas por culminar la tarea y ningún invitado, cuando, sorpresivamente, se aparecieron dos parranderazos de siete suelas: mi primo hermano Eliecer Miranda del Toro y otro parrandero que expresó su reticencia a ser nombrado en esta nota.
A este último, para efectos simbólicos de la narración, lo denominaremos simplemente "El Pirata".
—No se asuste docto que somos nosotros, ¡sus llaves! —anunció “El Pirata” en esas horas.
Los atendí a través de la reja de la puerta de mi casa a la cual mi esposa le había colocado precautelativamente candado para evitar una escapada. Haciendo gala de mis dotes de buen anfitrión tomé dos vasos destinados a jugos, se los rellené de tequila, y se los pasé a través de la reja.
—Ufff, joda. ¡Esto sí es trago bueno! —se estremeció de pies a cabeza “El Pirata”.
—He probado mejores— manifestó de manera displicente Eliecer.
En un error de cálculo, con el objeto de complacer a mi esposa quién ya había reclamado por la pernicia y de agilizar la partida de los inesperados invitados, y conocedor de su animadversión por la música clásica y su afinidad con el vallenato, escogí varios CD de la primera con el propósito de precipitar su despedida.
“No llores por mí, Argentina” en la majestuosa voz de Paloma San Basilio y el acompañamiento de la la Orquesta Sinfónica de Europa, irrumpieron en la madrugada y dieron inicio a una larga lista de temas destinados a oídos más selectos.
Plácido Domingo, Pavarotti y Andrea Bocelli, desfilaron impensadamente en una amanecida tenerifana.
—¡Esto sí es música!, ¡póngame el lago de los Cisnes! —gritaba eufórico “El Pirata”.
Y en un dos por tres dieron cuenta de los 2 litros de tequila....
Subrepticiamente, y aprovechando el semisueño de mi esposa, extraje una botella de Buchanan’s Master, 18 años, reservada para ocasiones especiales, y repetí la dosis a los parranderos, quienes también dieron rápida cuenta de ella.
—¡Joda esta está mejor, sabe a Ron Caña! —exclamó El Pirata....
—Te reivindicaste —me dijo con gesto adusto Eliecer.
En la búsqueda de temas musicales para favorecer su pronta retirada, encontré uno de la sinfónica de Londres (LSO), con las bandas sonoras de las icónicas películas, La Guerra de las Galaxias y En busca del arca perdida, y ¡ahí si fue la tapa!
—¡Que música tan linda! ¡Dios guarde a mi madre! —gritaba “El Pirata” con los ojos aguarapados.
“El Pirata” no danzaba, sino que levitaba... en tanto Eliecer fungía como violinista consumado, marcando los compases con una precisión que el mismísimo director de la LSO, Claudio Abbado, hubiera envidiado.
Recuerdo que ya floreaba el día cuando se levantó mi esposa y, en tono poco amigable, hizo el enésimo llamado:
—¡Ya está bueno de tanta pernicia!
Atropellado por el licor, encontré una botella extraviada de aguardiente, se la pasé a los invitados y me despedí aceleradamente de ellos.
—Bueno muchachos, ya está bueno, ya está clareando, nos vemos en una próxima parranda…
—¡Palabra de gallero! —dijo Eliecer— pero le voy a decir algo: y no lo coja a mal, la próxima procure estar bien aprovisionado porque hoy el trago estuvo como graneaito... ¡y que sea con la misma música!— replicaron al unísono.
Para al mediodía siguiente, y en medio de un monumental guayabo que me partía hasta el alma, pasó la seño Magalis Arias. Venía de desempeñar sus labores secretariales en el colegio “Simón Bolívar” y me indagó:
—¡Ajo, Enoc Adolfo! ¿Y con quién fue esa amanecida que tenías esa música tan especial? ¿Tenías algún invitado de Bogotá o algún político importante de Santa Marta?
—Ni lo uno ni lo otro, Maga —le contesté—. La amanecida fue nada más y nada menos que con mi primo Eliecer Miranda y “El Pirata”.
Enoc Adolfo Guzmán






