Opinión
¿Cuántos orgasmos hemos callado?

¿Cuántos orgasmos hemos callado?
¿Cuántas veces hemos reprimido nuestro placer por miedo a sentirnos juzgadas, señaladas o mal vistas?
¿Por miedo a que nos tilden de “puta”, de exageradas o de demasiado libres?
Vivimos en una sociedad que, durante mucho tiempo, nos enseñó a desconectarnos del placer. Nos enseñaron a sentir culpa por disfrutar, a callar lo que sentimos, a disminuir nuestra intensidad para no incomodar a otros. Y quizás por eso hablar de orgasmos todavía incomoda tanto.
Pero hoy quiero invitarte a resignificar esta palabra.
Cuando escuchamos la palabra orgasmo, casi siempre la relacionamos únicamente con el acto sexual. Sin embargo, ¿y si te dijera que el orgasmo puede ir mucho más allá?
Si buscamos su significado en los diccionarios, el orgasmo suele definirse como el punto máximo de excitación o placer. Pero yo quiero proponerte una mirada más profunda, más humana y más vital.
Para mí, un orgasmo también puede ser ese instante en el que sientes una conexión tan profunda contigo y con la vida, que por unos segundos todo cobra sentido.
Porque el orgasmo no siempre ocurre en una cama.
También puede ocurrir mientras respiras.
Mientras lloras.
Mientras sanas.
Mientras vuelves a ti.
Incluso en el sexo hemos aprendido a vivir desde la ansiedad. Muchas personas entran al encuentro íntimo con una sola meta: llegar rápido al orgasmo, como si se tratara de una competencia o una maratón.
Pero no.
El encuentro sexual no tendría por qué vivirse como una carrera.
Es una danza sagrada.
Una danza para sentirnos.
Para sentir al otro.
Para escuchar el cuerpo.
Para permitir que la presencia habite el momento.
El fin del acto sexual no debería ser “llegar” al orgasmo, sino habitar el camino hacia el placer, la conexión y la presencia.
Porque a veces, cuando dejamos de obsesionarnos con la meta, aparece la verdadera intimidad.
Ahora bien, quiero llevarte a una pregunta más profunda:
¿Qué pasaría si pudieras sentir ese placer sin depender de otra persona?
¿Qué pasaría si descubrieras que dentro de ti también existe una fuente de éxtasis, de gozo y de expansión?
Piensa en algo tan simple como respirar de forma consciente.
Inhalar profundo.
Exhalar lentamente por la boca.
Soltar angustias.
Liberar emociones estancadas.
Vaciar el cuerpo de tensión.
Y de pronto… sentir alivio.
Sentir expansión.
Sentir vida.
Eso también puede ser una forma de orgasmo.
Ese estremecimiento interno que nace no del sexo, sino de la presencia.
Del placer de habitarte.
Del placer de sentirte viva.
Y aquí quiero hacer una pausa importante: resignificar el orgasmo no significa cerrarte al placer sexual ni negar la sexualidad.
Todo lo contrario.
Significa vivirla desde un lugar más consciente.
Elegir desde el ser y no desde el vacío.
Porque muchas veces buscamos cuerpos cuando en realidad estamos buscando amor, validación o anestesia emocional.
Nos acostamos con alguien esperando sentirnos suficientes.
Esperando llenar vacíos que no nacieron en esa cama.
Y ahí el placer deja de ser placer para convertirse en escape.
Por eso sanar importa.
Porque cuando profundizas en tus heridas emocionales y empiezas a transformarlas, algo cambia dentro de ti.
Ya no necesitas usar el placer para huir.
Empiezas a usarlo para habitarte.
Entonces comienzas a descubrir que el placer está en todas partes.
En tomarte un café en paz.
En escuchar una canción que te eriza la piel.
En bailar sola en tu habitación.
En reír sin culpa.
En descansar.
En amar.
En crear.
En sentir pasión por lo que haces.
Sí, puede sonar loco o incluso absurdo.
Pero cuando dejas de sobrevivir y comienzas a vivir con conciencia, descubres algo maravilloso:
El placer no es un lujo.
Es una forma de conciencia.
Por eso también quiero resignificar la palabra placer.
El placer no es pecado.
El placer no es superficial.
El placer no es debilidad.
El placer es un estado de presencia.
Es permitirte vivir desde el disfrute y no únicamente desde el sacrificio o el sufrimiento.
Mi intención con este escrito no es convencerte de pensar como yo.
Es invitarte a abrir tu mente y tu corazón.
A cuestionar lo aprendido.
A permitirte sentir la vida de una manera distinta.
Con más entusiasmo.
Con más presencia.
Con más pasión.
Y con menos culpa.
Ojalá tu perspectiva de vida se transforme lo suficiente para que dejes de sobrevivir y empieces a disfrutar el milagro de estar aquí.
Gracias por leerme.
Gracias por seguirme.
Gracias por compartir este espacio conmigo.
Con amor,
Angelic Schrieder






