Opinión
Tres de mi compadre Juancho Arrieta

Mi compadre, Juan de Dios Arrieta Mercado, conocido popularmente como “Juancho Pelúa” y en círculos cercanos como “El Sargento”, jugador de fútbol, ex-concejal del municipio, dirigente político, notario único de Tenerife durante muchos años, patrocinador de equipos deportivos, mentor de agrupaciones vallenatas, compositor, miembro emérito del club de mamadores de gallo de los billares del “Churro”, enamoradizo, padre de nueve hijos —entre los cuales se cuenta mi ahijada Carmen Patricia—, pero sobre todo un gran amigo, me ha recordado tres de sus incontables anécdotas.
Un puñetazo en el “chocho” del ojo
Con el propósito de compartir unas cervezas con unos amigos, Juancho llegó a una cantina ubicada en los alrededores del parque del Carmen. Ipso facto se percató de la presencia de su señor padre, Héctor Arrieta, quien ya se encontraba bastante alicorado.
—Ahorita mi papá está buscando problema —pensó en voz alta.
No había terminado la frase cuando se armó una acalorada discusión en la cual participaba el señor Héctor. Al subir de tono, se levantó apresuradamente para evitar que se fueran a las manos. En ese preciso instante ¡se fue la luz! y Juan sintió que le habían asestado un tremendo puñetazo en el ojo. Al volver el fluido eléctrico, asió a su padre del brazo y lo sacó casi a rastras del local.
—Vámonos pa' la casa, ya está bueno —decía, mientras con una mano aseguraba a su padre y con la otra, su ojo maltrecho.
—Juancho, yo sentí que le metí la mano en ¡to’ “el chocho” del ojo!
—¡Está pegao' de un hombre, nojoda! —vociferaba el señor Héctor, sabedor de su fortaleza física como hombre de campo.
—¡Camine, camine, ome! —solo atinaba a decir Juancho.
A la mañana siguiente, cuando llegó a tomar el tinto en la casa de sus padres, el señor Héctor lo miró y le dijo:
—Ve, María, mira la belleza de tu hijo, mira cómo tiene ese ojo colombiano. ¡Zipote mamonazo que le dieron!
—Ya yo le he dicho varias veces que deje de andar metido en las cantinas buscando problemas —exclamó con resignación la señora María.
—¿Quién sabe quién sería el que le zampó ese guanabanazo? —exclamó intrigado el señor Héctor.
60 fotos especiales
En el parque Hermógenes Maza amparados en las sombras de unos almendros, un pequeño grupo de docentes departía. Las cervezas las pedían en el estadero de la señora Luz Tobías. Juancho apareció con un cuaderno de sobrenombres y un montón de fotos de quienes tenían rasgos peculiares. Todo eran pascuas de risas: cada vez que Juan mencionaba un apodo, los presentes replicaban con sonoras carcajadas.
—Esto sí está bueno, bueno —exteriorizó una de las docentes.
—Yo me voy a mandar una canasta de cervezas por el doctor Juan, apúntenmela…
—¡Ahora viene lo mejor! —dijo Juancho, y abrió la bolsa que contenía unas sesenta fotos de personajes de la localidad, con algunas características especiales.
Las risas se apagaron de golpe cuando la docente que había ofrecido la canasta de cervezas se percató de que, entre el bulto de fotos, estaba la de uno de sus hermanos.
—¡Vea! Me hacen el favor y respeten, ¡respeten carajo! Mi hermano no es ningún loco ni anormal, y ya mismo me voy de esta parranda —exclamó enfurecida.
“El Pollo”, habitual mesero de la señora Luz Tobías, le indagó con cautela:
—Seño, seño… ¿y no va a pagar la canasta que pidió?
Ella lo miró de reojo y contestó:
—Cóbrasela al irrespetuoso de Juancho Pelúa.
Un padre resignado
Mi compadre Juancho Arrieta y yo fuimos comisionados para dar una noticia difícil: el embarazo no deseado de la hija de un hermano de un dirigente local. El hombre era un grandulón de casi dos metros, manos de herrero y fama de impulsivo.
En el camino pensaba invitarlo a unas cervezas, hablarle de la imprudencia juvenil y concluir en la idea de una segunda oportunidad. Al llegar lo encontramos en la terraza de su casa, sin camisa, quejándose del calor y abanicándose tras volver del monte.
—Hay que ser muy prudentes para darle esa información, no sea que se desencadene en una mala hora, porque ese señor es bastante impulsivo —era la advertencia generalizada.
—Qué más primo— me saludó muy afectuosamente.
—Ahí primo, ¿qué más, cómo va la vaina? — le respondí.
—Ajá, ¿Y qué dice el sargento?, ¿qué los trae por aquí? —
Juancho sin ningún preámbulo le espetó:
—No vayas a hacer nada, ni cometer ninguna imprudencia, pero te venimos a confirmar que la hija tuya está embarazada y no se sabe de quién…
El mazazo fue directo a la yugular. El hombre quedó impávido por dos largos minutos. Al final, las aletas de sus fosas nasales se expandieron, respiró hondo y, con una calma proverbial, como si hubiera resuelto todos los problemas del mundo, contestó:
—Bueno, ya ella está grande y sabe lo que hace. Si se metió en ese problema, que ella misma lo arregle. Yo no me voy a meter en esas vainas.
Nos despedimos, y en el camino de regreso yo le comenté a Juancho:
—Nojoda compa, se la tiró plena, sin vaselina...
A lo cual respondió:
—Ajá, ¿y qué quería? Así era mejor, directv. Además, agradezca que le economicé tres canastas de cervezas.
Ese era y así es mi compadre Juancho Arrieta, testimonio vivo de la sociabilidad tenerifana y de la oralidad popular que nutre nuestra tradición cultural.
Enoc Adolfo Guzmán






