Opinión
Como se encuentre con mi perro, van a rodar orejas por el suelo

Siempre ha sido mi talante, cuando se trata de historias regionales, contar las cosas escuetamente, sin tanto perendengue y adornos innecesarios, que en vez de sumar le restan importancia a lo que voy a narrar.
Era una verdad a puños, que el odontólogo Roberto Pavajeau estaba encartado con ese perro que de Patillal le trajo su cuñada, Julia Elena Molina. Las quejas de su mujer y de todo el vecindario de la plaza Alfonso López lo tenían molesto, del patio de su casa acabó con las gallinas, los patos y hasta con un gato angora, descendiente de uno que trajo su abuelo de Santa Marta cuando sirvió de ayudante al médico Alejandro Prospero Reverend, para atender a Bolívar en su penosa enfermedad, en la plaza Alfonso López, no había muchacho que no hubiera correteado y hasta la muchacha de servicios domésticos, la mantenía asustada.
Todo empezó en Patillal, cuando al poeta Chema Maestre se le ocurrió traer de Medellín, una pareja de perros cazadores puros de la raza Beagle. Eran el orgullo de su casa, con tan mala suerte, que la hembra en un descuido de Don Chema, se enmancornó con un criollazo traído de Los Áticos. La camada fue de siete perros, seis con todas las características físicas de su madre y uno espejo del padre que lo engendró, de color negro, rabo enroscado en forma de rosquete sobre sus ancas y un genio semejante al de un hombre flojo de la región.
Julia Elena le pidió uno para regalárselo a su cuñado, el doctor Pavajeau. Sin protestar, el poeta señalando al bastardo le respondió, llévate ése, Julia. En Valledupar el perro fue recibido con mucha gracia y hasta planes de llevárselo para su finca tenía el odontólogo. Desde entonces, el perro fue amarrado en un árbol de ciruelo, por el temor que se saliera y se fuera de regreso para Patillal, alguien de confianza le recomendó al doctor Pavajeau que después de las comidas, le dieran trozos de panela atanquera, que esto lo apaciguaba y lo volvía más dócil, parece que el efecto de la panela hizo lo contrario, el perro se transformó en más agresivo y dinámico, con frecuencia partía la manila con la que estaba amarrado y destruía todo lo que encontraba a su paso.
La llegada de Don Pedro Canales a su consultorio agobiado por una muela que no le daba sosiego, fue la solución, mientras lo preparaba para extraerle la pieza dental, Don Pedro le contó, que un tigre en su finca en la montaña lo estaba dejando en la ruina. "Vea, doctor, ese maldito animal está cebao, cuando no es un ternero, es un puerco o un chivo que se come, ya no sé qué hacer".
'Hombe, Pedro, yo te tengo la solución, llévate a mi perro, es un excelente cazador, se llama cupido, pero ahora la gente de la plaza lo compara con el mayor Blanco, el militar bravucón del batallón bombona, de modo que, llámalo El Mayor Blanco'.
Don Pedro agradecido, le manifestó al doctor Pavajeau, que el sábado siguiente mandaría a su hijo Miguel por el perro, como así fue. Para acortar el cuento, Miguel se fue por la vía de Guacoche, sin contar que ese día había un parrandón en el pueblo. Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales se batían en uno de esos duelos de nunca acabar y cada uno tenía su público, además, una hermosa guacochera de nalgas exuberantes, lo dejó totalmente encantado.
Mientras bebía y bailaba con la exótica morena, amarró al perro en un árbol de corazón fino, el animal desesperado logró soltarse y en una veloz carrera llegó de nuevo a Valledupar, pero no se fue directamente a la casa de la familia Pavajeau Molina. En su paso encontró abierta la puerta de la casa de la familia Gutiérrez Cabello, entró y, con la lengua afuera, se dispuso a descansar.
La reacción de Doña Teota cabello fue alertar a sus hijos, ya era fama la agresividad del mayor Blanco, los gritos de su mujer no fueron ajenos a Don Evaristo, quien ni corto ni perezoso, sacó su escopeta dieciséis y de un solo tiro acabó con la vida del famoso perro cupido, que, por su agresividad, fue comparado con el mayor Blanco, y que tampoco dejó a ratero alguno sin capturar.
El perro, en realidad, no mordió a ningún hijo de Evaristo. Lo mató por prevención, y por la fama de agresivo que tenía. Toda esta información le llegó al maestro Rafael Escalona, quien, como buen cronista, le puso música a su crónica e informó a toda la región de lo sucedido.
De Patillal le vino un perro a Pabayó
Que por lo rabioso lo llaman el Mayor Blanco (bis)
Del patio de la casa desterró
El pato, las gallinas y hasta el gato (bis)
Tuvo noticias que un tigre lo amenazaba
Y Pabayó como es amigo de Don Pedro (bis)
Caramba yo te voy a dar mi perro
Pa′ que te cuide a Migue en la montaña (bis)
Porque con ese perro en la montaña
La furia de ese tigre se le acaba
Pero resulta que Miguel se fue a Guacoche
Un guacochero a la cumbiamba lo invitó (bis)
Se puso a parrandear toda la noche
Y Migue hasta del perro se olvidó (bis)
Allá en el valle el perro estaba haciendo esguace
le mordió un hijo a Evaristo y Evaristo lo mató (bis)
de modo que cuando migue llego
se lo estaba comiendo el gallinazo…
Arnoldo Mestre Arzuaga






