Opinión

El affaire Fadir

Samuel Whelpley

28/07/2026 - 07:00

 

El affaire Fadir

 

La noticia se regó como pólvora en las redes: el pasado 20 de julio, en su página web, la Organización Nacional de Ciegos de España informó que: «Tras un proceso de información y deliberación, la ONCE ha resuelto retirar el Premio Tiflos de Poesía, en su XXXIV edición y dotado con 10.000 euros, otorgado a la escritora Fadir Delgado por su trabajo titulado “La temperatura exacta del miedo”.

Esta resolución se ha determinado tras comprobar que la obra mencionada incumplió los requisitos de los apartados 1.2 y 1.3 de las Bases, exigidos a los textos que se presentaron a esta convocatoria de la XXXIV edición de los Premios Tiflos de Poesía, Cuento, Novela y Periodismo, celebrada en 2021».

Era un capítulo más de una disputa sobre este trabajo de la autora barranquillera hoy residente en Costa Rica, sobre la cual pesaban acusaciones de fraude, autoplagio, tráfico de favores, etc. Este texto pretende poner las cosas en perspectiva; sin embargo, es imposible contar lo sucedido sin que me forme una opinión, por lo que a continuación presento mi conclusión y un descargo.

Mi conclusión es que en el centro de todo está un juicio de valor con el que se puede estar de acuerdo o no, sin que haya existido o se pruebe una conducta cuestionable. Si se está de acuerdo o no con la decisión, habrá argumentos a favor, como también argumentos en contra, y el asunto quedará en el ámbito de la incertidumbre.

Mi descargo es el siguiente: como barranquillero conozco a Fadir Delgado y su obra. No somos cercanos, y el valor que tenga de su obra en este tema no tiene relevancia. Pero puedo decir que lleva más de veinte años trabajando la poesía y ha logrado un reconocimiento nacional e internacional fruto de ello.

A ver, un resumen para poner las cosas en perspectiva: Fadir presentó a un concurso en Costa Rica un texto titulado Cama de hospital vista desde abajo (CDH); se ganó el premio. Después modificó este texto y lo presentó al Tiflos con el título La temperatura exacta del miedo (LTEDM). También se lo ganó. Ambos premios incluían la publicación de la obra: LTEDM salió primero; CDH, después. Es decir que al momento de anunciarse el segundo premio recibido la obra CDH seguía siendo inédita.

Ahí comenzó la discusión, y ése es el centro de todo. Un investigador costarricense, Yordan Arroyo, señaló las similitudes entre los dos textos y acusó a Fadir de aprovecharse de los vacíos, de presentar un mismo libro con mínimas modificaciones y, ¡oh, casualidad!, ganar ambos concursos. La propensión habitual de las redes a caerle a quien le va bien y comete un aparente error —léase linchamiento mediático— hizo el resto. Las dos partes se acusaron mutuamente de ser -y sufrir- objeto de acoso mediático y se vieron obligadas a reducir su actividad en redes para escapar al hostigamiento.

Eso terminó, como todo en las redes, desviando el punto central de la discusión que se planteó: si son obras diferentes, fruto de una reescritura, o si se trata de la misma obra con modificaciones, inédita. Esto es muy básico y una simplificación extrema, pero es la idea que subyace. Fadir dice que es una reescritura algo válido cuando se escribe poesía, y en lo inédito, pues alega que existía libro, y que además las modificaciones lo hacían un texto diferente al premiado; su denunciante sostiene que no, que eso es accesorio. Su acusador afirma que las modificaciones son mínimas y que eso no permite que el nuevo texto entre dentro de la categoría de premiado, que es uno de los puntos infringidos, según la ONCE.

Y aquí surge el primer punto de discusión: ¿qué y quién define la calidad de reescribir e inédito en una obra? Le pregunté a un amigo poeta, ganador de concursos y estímulos, y sus palabras fueron:

«Una cosa es reescribir un poema para mejorarlo, poniendo, cambiando o quitando cosas, y otra muy distinta tomar fragmentos y construir otro poema, con otro sentido. Lo primero no entra dentro de la categoría de inédito, digo yo».

Pero, a la vez, un amigo filósofo me señaló que:

«Tú cambias una coma en un texto y, filosóficamente, ya es otro texto».

No hay, pues, un acuerdo sobre el asunto.

Ahora bien, la organización señaló la infracción de las bases 2 y 3 para retirar el premio. Estas dicen:

2. Los textos deben ser originales e inéditos en su totalidad, es decir, no publicados y no premiados en otros concursos, así como libres en su temática, estilo y tratamiento, y deben estar concluidos antes de la fecha de publicación de la presente convocatoria (20 de mayo de 2020), circunstancias que los autores garantizarán de manera expresa con la firma de la declaración jurada incluida en la plica.

3. Se considerarán «no premiados en otros concursos» los textos que, aun habiendo sido galardonados parcialmente o en su totalidad con otro premio, este haya sido rechazado por su autor y se lo haya comunicado a la entidad otorgadora de manera fehaciente. En este caso, cuando el autor presente la obra a los Premios Tiflos, deberá poner de manifiesto esta circunstancia y acreditar que renunció al premio del otro concurso.

Como ellos mismos señalan, después de un estudio cuidadoso, la ONCE resolvió que esas bases habían sido infringidas y retiró el premio.

Celebra, pues, Yordan Arroyo, porque su postura se ve reforzada: cree que su punto de vista, según el cual se trata de un mismo libro con mínimos cambios, ha sido confirmado. Sin embargo, la ONCE no habla de plagio, fraude o favoritismos. Se limita a concluir que, a la luz de las bases del concurso, la obra presentada no cumplía los requisitos exigidos para concursar. Se trata, por tanto, de una decisión administrativa y jurídica, no de un pronunciamiento sobre el valor literario del libro ni sobre la existencia de una conducta fraudulenta.

Puede discutirse, y probablemente se seguirá discutiendo, si desde un punto de vista literario estamos ante una obra distinta fruto de una reescritura o ante el mismo libro con modificaciones. Esa discusión pertenece al terreno de la crítica y de la teoría literaria.

Otra cuestión es que las bases del premio utilizaran un concepto jurídico de obra nueva e inédita y que la ONCE entendiera que ese requisito no se cumplía. Las dos discusiones no son necesariamente equivalentes, aunque en este caso terminaron cruzándose.

Sin duda es un tema apasionante, precisamente porque la discusión jurídica y la discusión literaria no conducen a la misma respuesta. No porque los autores no se plagien a sí mismos o no plagien, de alguna forma, a otros: en el arte eso es común. Un autor puede volver sobre una obra anterior, desmontarla, ampliarla, cambiar su estructura o reutilizar parte de ella para construir otra distinta. La historia de la literatura está llena de ejemplos de ese proceso creativo, y justamente por ello resulta tan difícil establecer dónde termina una obra y comienza otra.

Si hablara como ingeniero, probablemente intentaría resolver el asunto mediante porcentajes de coincidencia entre ambos textos y, a partir de ellos, sacar una conclusión. Pero un médico, un escritor, un filósofo o un abogado llegarían, muy probablemente, a respuestas distintas, porque cada disciplina define de manera diferente la identidad de la obra. Eso no significa que todas las respuestas tengan la misma validez dentro de un concurso literario: el jurado puede hacer una valoración estética, pero la entidad organizadora, cuando debe aplicar sus bases, termina moviéndose en un terreno jurídico. Y ahí radica el problema: la discusión literaria terminó convertida en una discusión administrativa. El derecho necesita categorías precisas para decidir; la literatura, en cambio, vive precisamente de las zonas grises, de las reescrituras, de las variaciones y de los diálogos con textos anteriores. Un autor puede canibalizar su propia obra, transformarla, escribir la misma historia treinta veces o reutilizar fragmentos para construir otra distinta. Basta recordar Sensini, de Roberto Bolaño, donde el universo de los concursos literarios muestra hasta qué punto estas prácticas forman parte de la vida de muchos escritores.

Este texto no pretende tomar partido por nadie, sino mostrar el universo de incertidumbre que tienen las cosas, incluso las más reglamentadas. No lo sabré yo, que toda mi vida he trabajado en licitaciones. Me toca decir, como decía el camarada Del Villar en su periódico El Sesquiplano, de Santa Marta: «No damos explicaciones, ni aceptamos desafíos».

Cada quien es libre de pensar lo que desee sobre el tema. Pero nada de este debate, con mucho de miseria, es lo que parece, ni pasa por la relación con el lector, o la simpatía que se tiene por el autor, su éxito personal y profesional, que es donde terminó llegando. Ni sobre el valor literario del texto.  Ni es una discusión solo literaria, ni solo jurídica que es donde se decidió todo. A lo sumo, plantea discusiones sin una sola respuesta.

Sobra decir que la calidad de un libro nada tiene que ver con los premios. Solo es una guía. Recuerdo ahora que Luis Alberto de Cuenca dijo que La temperatura exacta del miedo era «una obra intensa, de enorme fuerza expresiva, desolada y desoladora».

NOTA: Para este texto me sirvieron las luces que me dieron varios amigos sobre el asunto. Va para ellos, mi gratitud.

 

Samuel Whelpley

Sobre el autor

Samuel Whelpley

Samuel Whelpley

Profesión: Lector

Barranquillero, con un único título de Ingeniero Civil de la Universidad del Norte. Con una casa, un trabajo, una esposa, una hija y un gato. Amigo de sus amigos. Pésimo bailarín. Ante todo, lector. A ratos dice que escribe. No mucho más que eso. 

 

@SWhelpley samuel.whelpley

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