Opinión
Regalos cambiados o las charadas de la Tía Ochi

“Dios mío divide en dos mi corazón, sé que las dos son dignas de quererlas”
(Indecisión, Rafa Manjarrez, Betos 1980)
Un amigo, aventajado estudiante de último año de Medicina, a quien, para efecto de esta crónica, llamaremos simplemente Leo, hizo su arribo al pueblo para la época vacacional. Coincidencia escrita por la mano traviesa del destino, tenía dos novias del mismo nombre: Yubitza. Y para las dos llevaba sendos regalos con sus respectivas tarjetas.
Las Yubitzas lo único que tenían en común era el nombre.
La primera era una morenita clara, agraciada, de pelo ensortijado, locuaz, amante del voleibol y de los animales. Tanto así que se había matriculado en la Universidad de Montería para estudiar veterinaria. Era hija del popular “Peyo” Mejía y nieta de Casimiro, cantador de pajaritos.
La otra era blanca, alta, de pelo lacio recién pintado, creída, amante de la literatura y las letras. Hija del “Cachaco” Vergel, quien a regañadientes la había matriculado en Filosofía y Letras en una prestigiosa universidad de Bogotá.
Una vez se desembarcó del “Jumbo biónico”, un bote de fibra de vidrio impulsado por un potente motor fuera de borda que cubría la ruta fluvial de Calamar a Tenerife, y que era conducido por las manos diestras del “Campeón” Plinio Gutiérrez, Leo mandó sus maletas a su casa con el viejo Teófilo:
—Dile a mamá que ahorita mismo llego, que voy a saludar de paso a la tía Ochi, que me queda aquí cerquita, y a los pelaos…
Leo hizo su arribo al granero de propiedad de su tía Ostilia del Perpetuo Socorro Ospino Márquez, conocida popularmente como la tía Ochi, y en cuya casa usualmente se congregaban sus amigos de aventuras.
La tía Ochi se levantó parsimoniosamente de su cómoda poltrona y lo recibió con inusitada afectividad:
—¡Ajo Leo, mijo lindo, tú sí estás bonito y tienes el color asentadito!
—Pa' que vea tía — comentó engreído el Leo.
—¿Anjá y ya te definiste? —fue la pregunta obligada de sus compañeros de andanzas.
—Ya casi, ya casi. ¿Y qué hay para hoy? —preguntó Leo.
—Bueno, hoy tenemos un cumpleaños donde las Escobar y mañana paseo a la finca “Canaima”
—¡Listo, va para esa! —confirmó presuroso Leo—. Me voy para la casa porque si no mi mamá me despescueza. Pero antes de partir cometió un error de juicio:
—Tía Ochi, hágame el dos y le manda estos regalos a las Yubitzas. Pero ¡ojo! La caja cuadrada con el balón de voleibol es para la morenita, la que tiene la cinta verde. Y la otra, la rectangular, que tiene la cinta amarilla, es para la blanquita. Cuidadito se va a confundir —
—¡Caramba Leonardo Rafael! Ni bruta que yo fuera. ¡Ya me has repetido eso como 50 veces! —
—Yo veré... yo veré — se despidió Leo.
Pero la misión encomendada no tuvo feliz destino. Y no se sabe cómo, los regalos terminaron en las manos equivocadas: el de Yuvitza la morenita terminó en manos de la blanquita y viceversa.
Y ahí fue Troya. Las consecuencias no se hicieron esperar. Los regalos fueron devueltos a la casa de Leo. El primero, el que le llegó a la morenita, vino con una nota impublicable. Y el segundo, el que equivocadamente le tocó a la blanquita, traía el balón de voleibol finamente picado en hilachas.
La mamá de Leo, visiblemente molesta, le leyó la cartilla:
—Mira Leonardo Rafael, si tú viniste a buscar problemas mejor agarra tus motetes y mañana mismo te regresas para Bogotá…
Leo visiblemente malhumorado llegó donde la tía Ochi y le reclamó airadamente:
—Joda tía tanto que la advertí y la va a embarrar de esa manera …
—¡Ay, mijo lindo! Se me cae la cara de vergüenza, Leonardo Rafael, pero no sé qué pasó. ¡Ese fue el brutazo de Carlos Daniel, que confundió esos regalos!
—Por la Virgen del Carmen, que me muero de la pena contigo; si no fuera por esta pierna “chueca”, que me ha obligado a usar bastón, ya mismo iba y ponía la cara ante esas muchachas.
—¡No, no, no, tía, ni se le ocurra! Esas pelas están que matan y comen del muerto; están hechas unas “tatacoas”. ¡Deje así! Además, mi mamá me amenazó con regresarme pa’ Bogotá si me meto en otro lío……
Una vez Leo cruzó el umbral de la puerta, la tía Ochi se levantó ágilmente de su poltrona, arrojó a un lado el bastón, sacó de un viejo archivador dos cintas —una verde y otra amarilla— las tiró a la basura y exclamó orondamente:
—¡Está muy bueno que le pase por perro!... Por eso yo misma le quité las cintas para ver si deja de andar engañando a las hijas ajenas... ¡Sinvergüenza!
Enoc Adolfo Guzmán






