Opinión

Omnes cvm Petro

Armando Arzuaga Murgas

13/03/2013 - 12:00

 

La Capilla SixtinaCada elección papal es una vuelta de hoja en el libro multisecular de la Iglesia. Pero sabemos que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, y el capítulo que escribirá a partir de la próxima fumata blanca será uno de los más tenaces en la historia del pontificado. La razón se debe a que tras la renuncia -en libertad- de un pontífice, en casi seiscientos años, la labor del obispo de Roma ha quedado señalada en su clarísima humanidad.

Veníamos acostumbrados a ver morir al Papa en su oficio, pero Benedicto XVI ha puesto en relieve el hecho de que si bien el papado comporta una dimensión ministerial, dicha dimensión debe ser entendida dentro del plano misional cuanto no sacramental. Ratzinger no abandona el encargo sacramental recibido el día de su ordenación sacerdotal de orar por sus fieles, lo cual ha prometido seguir haciendo pero oculto al mundo. En cambio, ha tenido la suficiente entereza y aunque suene a lugar común, la humildad para reconocer que sus fuerzas físicas no le permiten seguir cumpliendo cabalmente la misión de ser papa.

No olvidemos que Ratzinger es alemán y el pragmatismo que caracteriza a su nación ha debido recordarle nítidamente el refrán germano “Kennst deine grenzen” -Conoce tus límites-. Si alguno requiere de mayor agudeza para comprender estas palabras, es preciso comentar que, en la reciente visita “Ad limina[1] realizada por los obispos colombianos en septiembre pasado, el Papa se mostró compungido todavía por los sonados escándalos de pederastia que involucran a presbíteros de todo el mundo; de igual manera por los controversiales vatileaks; pero ante todo, por la desobediencia de los mismos sacerdotes. Sin duda, esto último es una evidente alusión al enfrentamiento que sostenían los miembros de la Curia romana por el control de la administración, lo cual ya era un secreto a voces.

Al renunciar, Benedicto XVI ha dado una contundente estocada a la lucha de poderes que tiene al Vaticano en la mira de la prensa italiana por el cada vez más creciente rumor de que directivos del Instituto de Obras Religiosas -el banco vaticano- está lavando dinero procedente de la mafia siciliana, lo cual en sí no es nuevo. Es notable que Ratzinger, como pocos papas, no ha querido hacerse el de la vista gorda frente a estos asuntos, pero las campañas de desprestigio contra las personas que puso a dirigir y sanear cuentas, implican que sus inmediatos colaboradores ya no le eran leales y mucho menos obedientes.

De este modo, Benedicto XVI ha demostrado la audacia de su fe, convencido plenamente de que la Iglesia está afianzada “super fidem Petri”, esto es, sobre la fe de Pedro y sus sucesores, y no sobre la persona de Pedro y sus sucesores. En efecto, recordemos que Jesús confirma a Pedro delante de los demás apóstoles como cabeza de la comunidad por Él constituida, con las palabras “Apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 17), cumpliendo así la promesa que antes ya le había hecho:        “-Simón, tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mt. 16, 18). Pero la Escritura resalta esta distinción que recae sobre el pescador de Galilea, cuando el mismo Jesús le dice: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando regreses, confirma a tus hermanos” (Lc. 22, 32).

Con su dimisión, y con los pormenores de la misma, que los cardenales han tenido ocasión de discutir ampliamente durante las llamadas Congregaciones Generales previas al Cónclave, Ratzinger indicó que compete a un papa más joven y vigoroso, combatir enérgicamente los vicios que siguen pululando al interior de la Iglesia, cuya misión evangelizadora queda en entredicho si el testimonio de quienes la dirigen es un testimonio ennegrecido por la corrupción, no obstante que Cristo mismo prometió que las fuerzas malignas no la derrotarían. Nada mal para un Papa que se pensó sería de transición, pero estos papas, como recordarán con Juan XXIII, son los que nos sorprenden con decisiones inesperadas.

Las humaredas oscuras indican que el Cónclave sigue su curso. La prensa internacional sigue especulando sobre el sucesor y crece la expectativa surgida en torno a la idea de que el nuevo papa provenga de América Latina. En mi opinión, más allá de elegir un papa latinoamericano, o por lo menos de origen americano, lo importante es que el nuevo papa sea capaz de restarle peso a la vieja guardia italiana, aferrada al manejo antojoso de las finanzas eclesiásticas a través de la Secretaría de Estado Vaticana, hasta hace poco dirigida por el poderoso Cardenal Bertone, cuya figura es tan lúgubre como la fama que lo rodea.

Cardenales papablesEl Corriere della Sera pidió a sus redactores proponer por lo menos tres nombres de cardenales como posibles sucesores. Pues bien, no escribo para dicho diario italiano, pero he aquí los tres con los cuales más simpatizo:

1-Monseñor Christoph Shönborn. Con 68 años, es el arzobispo de Viena-Austria. Después de Joseph Ratzinger es tal vez el teólogo más refinado del Colegio cardenalicio. Es definido por los vaticanistas como conservador en la doctrina pero abierto y conciliador en cuanto a temas sociales, además de hábil diplomático. Miembro de las congregaciones para la Doctrina de la Fe; para las Iglesias Orientales, y para la Educación Católica. (Es mi favorito).

2-Monseñor Marc Ouellet. Tiene también 68 años y es arzobispo de Québec-Canadá. Teólogo. Gran conocedor de la problemática latinoamericana por haber vivido casi una década en Colombia. Domina seis lenguas y está al frente de la Congregación para los Obispos, lo cual le confiere destreza en el tema de la colegialidad.

3-Monseñor Gianfranco Ravasi. Si debiera volver un italiano a la sede romana me inclino por este Biblista de 70 años, arzobispo titular de Villamagna. Juega en su contra que básicamente ha sido docente casi toda su vida. Preside el Pontificio Consejo para la Cultura y la Comisión Pontificia de Arqueología Sagrada.

El arzobispo de San Pablo-Brasil, monseñor Odilo Scherer, también despierta simpatías. Si resulta elegido, enhorabuena. Alguna vez le oí decir a un sacerdote amigo -mucho antes de la renuncia de Benedicto XVI- que el próximo papa podría ser de Brasil. En todo caso, “El que entra papa sale cardenal”, dice el adagio, y sea quien fuere, el designado Papa[2] tendrá unción y potestad para gobernar, enseñar y santificar, y para confirmar la fe en el único Señor de todos los que, con Pedro, caminamos hacia el Reino de los Cielos.

 

Armando Arzuaga Murgas

 


[1] Ad limina apostolorvm. “Al umbral de los apóstoles”. Es una perífrasis para decir “a Roma”, “a la Santa Sede”. Con esta locución se indica la visita que todos los obispos del mundo deben hacer al Papa cada cinco años.

[2] En los primeros tiempos de la Iglesia el apelativo “papa” era dado a todos los obispos hasta que paulatinamente quedó reservado sólo al obispo de Roma. Los vaticanistas aseguran que proviene de la unión de las primeras sílabas de la locución “Pater et pastor” (Padre y pastor), y en sentido estricto significaría: “El que recibe la potestad del apóstol Pedro”, en latín: Petri Apostoli Potestatem  Accipiens.

Sobre el autor

Armando Arzuaga Murgas

Armando Arzuaga Murgas

Golpe de ariete

San Diego de las Flores (Cesar). Poeta, investigador, gestor y agente cultural. Profesional en Lingüística y Literatura por la Universidad de Cartagena. Formador en escritura creativa.  Premio Departamental de Cuento 2010. Miembro del Café Literario de San Diego. Coordinador del Centro Municipal de Memoria de San Diego-CEMSA. Integrante de la Fundación Amigos del Viejo Valle de Upar-AVIVA. Colaborador habitual de varios medios impresos y virtuales.

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