Opinión

Nombrar a las niñas también es protegerlas

Beatriz Ramírez David

24/08/2026 - 07:10

 

Nombrar a las niñas también es protegerlas

 

En Colombia se ha abierto un debate que, a primera vista, podría parecer una discusión sobre palabras. Sin embargo, cuando esas palabras aparecen en las comunicaciones de una institución responsable de proteger los derechos de la infancia, vale la pena detenernos a pensar qué significan, qué visibilizan y, sobre todo, qué realidades pueden quedar ocultas cuando dejamos de nombrarlas.

La reciente controversia alrededor del uso de la palabra “niñas” en las comunicaciones institucionales del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar —ICBF— merece una conversación serena, responsable y alejada de las confrontaciones políticas. La directora de la entidad ha señalado que el concepto de “niñez” comprende tanto a niños como a niñas. Y es cierto: “niñez” es una categoría válida y ampliamente utilizada para referirnos a la población infantil.

Pero también es cierto que no siempre basta una categoría general para comprender realidades que son diferentes.

Mi reflexión no pretende cuestionar a una persona, a una administración ni a un proyecto político. Tampoco pretende convertir el lenguaje en una batalla ideológica. Como mujer comprometida durante décadas con la prevención de las violencias contra las mujeres y las niñas, considero que este debate nos ofrece una oportunidad para formular una pregunta mucho más importante: ¿cuándo nombrar específicamente a las niñas es necesario para garantizar sus derechos?

La respuesta, desde mi perspectiva, es clara: cuando existen riesgos, necesidades o formas de violencia que tienen una dimensión diferenciada por razón de género.

No enfrentan necesariamente los mismos riesgos un niño y una niña. Las niñas pueden estar particularmente expuestas a determinadas formas de violencia sexual, explotación sexual, trata, matrimonio infantil, uniones tempranas, embarazo infantil y otras expresiones de violencia basada en género. Si no podemos nombrarlas, difícilmente podremos hacer visibles esas diferencias en los diagnósticos, en las estadísticas, en las políticas públicas y en las estrategias de prevención.

Nombrar no significa excluir a los demás.

Decir “niñas, niños y adolescentes” no significa desconocer que todos tienen derechos. Por el contrario, puede ser una manera de reconocer que dentro de una misma etapa de la vida existen experiencias diversas que requieren respuestas diferenciadas.

El propio ICBF ha utilizado durante este año expresiones que incluyen explícitamente a “niñas, niños y adolescentes” en iniciativas de participación, protección y atención. Esto demuestra que no estamos ante una discusión sobre una palabra correcta y otra incorrecta. Estamos ante una pregunta mucho más profunda sobre cuándo debemos utilizar una categoría general y cuándo necesitamos hacer visibles las diferencias.

Y aquí encuentro un punto de encuentro, no de confrontación.

Podemos hablar de “niñez” cuando nos referimos a la infancia como conjunto. Pero cuando analizamos brechas de género, violencia sexual, explotación, embarazo infantil, participación o cualquier otra situación en la que las experiencias de niñas y niños puedan diferir, debemos conservar la capacidad de nombrar esas diferencias.

Porque lo que no se nombra puede volverse más difícil de identificar.

Y lo que no se identifica puede terminar siendo más difícil de prevenir.

Como líder del G100 contra la violencia basada en género para Colombia (Country Chair Colombia – G100: Mission Million Anti-Gender Based Violence, considero que nuestra responsabilidad no es alimentar las polarizaciones, sino elevar la conversación. Las niñas no necesitan que los adultos discutamos políticamente sobre ellas; necesitan que las instituciones las vean, las escuchen, las protejan y comprendan las circunstancias particulares que atraviesan sus vidas.

Por eso, mi llamado no es a la confrontación. Es a la reflexión.

A las instituciones públicas les corresponde garantizar que el lenguaje que utilizan sea claro, incluyente y coherente con su obligación de proteger derechos. Y a quienes trabajamos por los derechos de las mujeres y las niñas nos corresponde señalar, con respeto y argumentos, aquello que consideramos necesario preservar.

La discusión tampoco debería convertirse en una guerra entre quienes defienden la palabra “niñez” y quienes defienden la expresión “niñas y niños”. Ambas pueden coexistir.

La verdadera discusión es otra: ¿estamos utilizando el lenguaje de manera que nos permita ver las realidades que necesitamos transformar?

Porque una política pública no puede ser verdaderamente diferencial si primero no es capaz de reconocer las diferencias.

Y reconocer no significa separar. Significa comprender.

Una niña que sufre violencia sexual no necesita únicamente que la nombremos; necesita que el Estado comprenda que su experiencia puede estar atravesada por factores de género, edad, territorio, pobreza, discapacidad u otras condiciones que pueden aumentar su vulnerabilidad.

Por eso, cuando hablamos de niñas, no estamos haciendo un ejercicio meramente gramatical.

Estamos hablando de derechos.

Estamos hablando de prevención.

Estamos hablando de protección.

Estamos hablando de la posibilidad de construir políticas públicas capaces de responder a realidades concretas.

Mi invitación, entonces, es a salir de la polémica y entrar en la conversación que realmente importa.

No se trata de decidir quién gana una discusión política.

Se trata de preguntarnos qué lenguaje nos ayuda mejor a proteger a quienes el Estado tiene el deber de proteger.

Nombrar a las niñas no significa dejar de nombrar a los demás. Significa reconocer que ellas existen, que tienen derechos y que algunas de las violencias que enfrentan requieren ser vistas desde una perspectiva específica.

En un país que quiere avanzar hacia una vida libre de violencias para las mujeres y las niñas, no deberíamos tener miedo de nombrarlas.

Porque cuando nombramos una realidad, podemos verla. Cuando podemos verla, podemos comprenderla. Y cuando podemos comprenderla, tenemos mejores posibilidades de transformarla.

Ese, más que cualquier debate político, debería ser nuestro punto de encuentro.

 

Beatriz Ramírez David

Sobre el autor

Beatriz Ramírez David

Beatriz Ramírez David

Mundo en femenino

Consultora en temas de Mujer y Género, facilitadora social y comunitaria, conferencista, online speaker y escritora. Embajadora de mujeres liderando América Latina y Global Ambassador NERDS RULE INC. Página web: https://beatrizramirezdavid.wordpress.com/

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