Opinión
El reloj que alumbra la oscuridad

El día que murió mi padre, regresé a mi casa muy triste. En aquel instante sentía un dolor inmenso, uno que solo podía compararse con el que sentí cuando perdí a mi madre. Era distinto, porque cada amor deja una herida diferente, pero igual de profunda. Al mismo tiempo sentía un pequeño alivio al saber que, después de tantos años y de una enfermedad tan dura, por fin descansaba. Aunque sé que él no quería morir, creo que nadie quiere hacerlo, por más dolorosa que sea una enfermedad. Una cosa es descansar y otra muy distinta dejar de vivir.
Antes de que falleciera, tuve la oportunidad de mirarlo a los ojos y pedirle perdón. También le pedí que me perdonara a mí. Hacerlo me dio un poco de tranquilidad. Sentía que no me había quedado nada importante por decirle.
Esa noche me acosté muy temprano. Estaba agotado por los días y noches de desvelo que vivimos mis hermanas y yo mientras lo cuidábamos. Ya entrada la madrugada sentí algo extraño. Mi cama parecía soportar el peso de otra persona. Era como si alguien se hubiera acostado a mi lado. No sentí miedo; al contrario, sentí una paz inmensa. En ese instante supe que era mi padre, que había venido a despedirse de mí.
Me levanté de inmediato y rompí en llanto. Las lágrimas caían sobre mi rostro como una tormenta. Lloré tanto que parecía imposible detenerme. Sentía el pecho arrugado y un vacío inmenso, uno que jamás había experimentado.
De repente, sonó mi teléfono. Era Rosalba, una gran amiga de mi padre, que llamaba desde la fría Bogotá. Apenas escuchó mi voz me dijo:
—Uva, lamento profundamente lo de tu padre.
Ella siempre me llamó así, desde que era un niño. En medio de la conversación me reveló una historia que yo desconocía por completo. Me contó que, muchos años atrás, mi padre le había salvado la vida. Una fuerte infección en uno de sus senos la tenía consumida por la fiebre y el dolor. Aquella noche, con los conocimientos de medicina tradicional que había aprendido en el campo, mi padre la atendió, drenó la infección y la curó con remedios ancestrales. Rosalba decía que, de no haber sido por él, probablemente no estaría viva.
Aquella conversación alivió un poco mi tristeza. Me habló del hombre servicial que había sido mi padre y de cómo las personas lo querían en cada lugar donde vivía.
Entonces, recordé una conversación que tuve con él muchos años atrás, en Machaques, un pequeño pueblo de Venezuela donde pasó gran parte de su vida.
—Padre, ¿por qué no eres dueño de una finca o de muchas casas? Llevas más de sesenta años viviendo aquí. Pudiste haber sido uno de los hombres más ricos del pueblo.
Él me miró fijamente y respondió:
—Prefiero que la gente diga: “Ahí va ese hombre pobre, pero honrado y trabajador”, a que me teman o me respeten solo por el dinero. Quiero caminar siempre con la frente en alto.
Mientras hablaba, señaló su humilde casa.
—Soy feliz con este rancho.
Esa respuesta nunca se borró de mi memoria.
Mi padre se marchó de casa cuando yo era muy pequeño. Tendría unos ocho años, tal vez menos. No recuerdo exactamente su rostro de aquella época, pero sí recuerdo perfectamente las sensaciones que despertaba en mí cuando regresaba de viaje.
Por las noches yo me levantaba a orinar y mi madre me llamaba:
—Uva, ven.
Ella tomaba mi mano y la ponía sobre la cabeza de mi padre. Bastaba tocar su cabello crespo y corto para saber que había regresado. Entonces gritaba lleno de felicidad:
—¡Papá! ¡Llegaste!
Para mí era un héroe.
Recuerdo su sonrisa blanca y aquel reloj Casio de números digitales que iluminaba la oscuridad. En aquellos tiempos era una maravilla. Yo podía pasar horas viéndolo encender la luz del reloj una y otra vez. Tal vez por eso nunca olvidé ese reloj que alumbraba las noches de mi infancia.
Al día siguiente siempre me llevaba al río. Allí aprendí a pescar. También fue él quien me llevó por primera vez al cine. Recuerdo una película argentina llamada Pinina. Para un niño que nunca había visto una pantalla tan grande, aquello era impresionante.
Pero mi padre también era un hombre duro.
Las primeras peleas que tuve fueron con mi hermano mayor. Él dibujaba una línea en el suelo simulando un ring y ponía un pedazo de panela como premio para el ganador.
Luego golpeaba un viejo caldero, como si fuera la campana de un combate, y comenzábamos a pelear a puño limpio.
Muchas veces terminábamos sangrando. Mi madre se enojaba y decía que así me iba a volver un “cachorro”, porque siempre salía llorando después de las golpizas que me daba mi hermano.
Al final, los tres terminábamos compartiendo el mismo pedazo de panela.
Así era mi padre: fuerte, exigente, a veces duro, incluso injusto. Pero también era el hombre al que más admiraba.
Con los años crecí y me convertí en boxeador. Durante mucho tiempo soñé con encontrarlo. Su rostro casi se había borrado de mi memoria, pero jamás olvidé al hombre trabajador que llegaba con muebles nuevos, con el primer televisor a color que vi en mi vida, con aquella enorme radio de madera y con grandes mercados que llenaban la casa de comida. Después, cuando él volvía a marcharse y el hambre regresaba, mi madre utilizaba aquellos grandes tanques plásticos donde venían los alimentos para almacenar agua.
Siempre preferí recordar esas cosas buenas. Nunca guardé rencor.
Finalmente, viajé a Venezuela para buscarlo. Aproveché una pelea de boxeo en ese país y, después de más de quince años sin verlo, lo encontré nuevamente. Yo tenía veinticuatro años.
Cuando nos abrazamos, sentí la misma felicidad que cuando era niño y él me mostraba orgulloso su reloj Casio.
Desde aquel día nunca dejamos de comunicarnos. Mi sueño era llevarlo a Las Vegas para que presenciara una de mis peleas. Imaginaba verlo sentado entre el público, vestido con un elegante esmoquin, observando cómo levantaban mi brazo después de una gran victoria.
Pero los sueños, a veces, solo son sueños.
Por eso quise pedirle perdón antes de que muriera. Aquella enfermedad ya había hecho un pacto con la muerte y ambos lo sabíamos. Permanecí a su lado durante sus últimas horas, observando cómo libraba el último combate de su vida.
De él heredé la fuerza, el coraje y la capacidad de levantarme después de cada caída.
Hoy ya no está conmigo.
Sin embargo, cada vez que la oscuridad parece envolver mi vida, cierro los ojos y vuelvo a ver aquel viejo reloj Casio iluminando la noche.
Y, entonces, siento que mi padre, de alguna manera, sigue alumbrando mi camino.
Baldot






