Opinión
Juzgo, luego soy

Una leve mirada a los aconteceres diarios eriza la piel y comprime el alma. Más aún si es en las redes sociales: una imaginaria reunión social entre personas importantes deviene en una catarata de dimes, diretes, memes, ofensas, reproches, represalias, manifestaciones entre las partes: Que si, que no, que sí, pero, que tal vez, que no fue, pero fue, etc. Una mujer escribe un tuit desafortunado y voces se alzan pidiendo su renuncia del medio en el cual colabora; de nada valen las explicaciones, se ha cometido un delito imperdonable. Una condecoración a un cantante deviene en una diatriba contra una sociedad, acusaciones de machismo, chistes, politiquería barata y hasta paramilitarismo (recuerden a Diomedes Díaz). Una foto inocente de un hombre y una niña se convierte en una acusación de pedofilia. Todo en una mezcla de silencio de los que tienen que explicar su acusación, el uso de vaguedades como justificación, del tipo: “Debe ser que…” “Es que…” “Yo creo que…” “Mejor que…”; y al final, la evasión de los que tienen que probar las acusaciones. Olvidamos que, en la justicia, el acusado no tiene que demostrar que es culpable, sino el acusador. En las redes, en muchas ocasiones esto se invierte.
Nunca antes en la historia de la humanidad se habían tenido los medios para verter con tanta facilidad nuestra opinión. Es la democratización del juicio, no siempre con los mejores resultados Antes existían entidades que expresaban dogmas infalibles que se aceptaban sin discutir: la Iglesia: “Roma ha hablado, la causa ha terminado”. El Estado: “La Constitución como garante de las libertades”, decíamos. Quienes se oponían expresaban puntos de vista que podían ser discutibles, pero se aceptaban, hasta por tradición: “Soy socialista porque en mi familia lo hemos sido siempre”; era bueno y debía conservarse. Quizá cuestionaban, pero no juzgaban al que estaba de acuerdo. Ya no es así: hoy todo es relativo, cada quien tiene su opinión, y lo peor es que somos tan vanidosos que creemos que nuestra opinión es la única válida; volvemos todos los asuntos un asunto de blanco o negro, siendo nosotros los blancos.
Con las redes se rompen las barreras económicas y sociales, aparecen supuestos “líderes de opinión” cuyo mérito no es un pensamiento profundo, sino la capacidad de convocatoria o seguidores que poseen: 5000 en Facebook, 15.000 en Twitter, 3 millones de visualizaciones en TikTok, es muestra de un supuesto liderazgo, que asociamos con pensamiento. Pero claro, si te acercas demasiado a los líderes, pasa lo que contaba Somerset Maugham cuando conocía a los políticos: los sentía incultos, mal informados del mundo e incluso de mente estrecha; pero que los había visto dirigir los asuntos públicos con buen tino. Aquí los conocemos de lejos y parecen auténticos, pero vaya a saber si saben gobernar. Popular es diferente a capacidad.
Ahora es más fácil llegar a los poderosos, lanzar diatribas y acusaciones temerarias. Tenemos la tecnología para grabar acontecimientos, transmitir en vivo, mostrar nuestra solidaridad de forma inmediata: “Me gusta”, “Me encanta”, Forward, reply, compartir, comentar. Así, de forma veloz, se pasa de la libertad de expresión (¿o libertinaje?) al juzgamiento. Juzgamos, compartimos. Juzgamos, luego ahí estamos, juzgo, luego soy. Interminable.
Las razones de una parte, los motivos de la otra; el conflicto no conoce fronteras. Las soluciones cada vez parecen lejanas, en un conflicto que deviene en pelotera. La verdadera solución se aplaza por complacer el momento, la furia de las redes sociales.
Es cierto que hay cinismo, falta de conciencia, mala fe, frustraciones, venalidad e incapacidad de muchos. Lo único que se les ocurre es sugerir límites al uso de las redes sociales mediante delitos. “Incitación al terrorismo”, “Apología del racismo”, etc. Está bien, pero es insuficiente, y a lo mejor no es por ahí.
Las redes sociales (y, por ende, nosotros) han invadido las esferas sociales: hoy importa la selfie, mostrar nuestra felicidad o nuestras heridas, expresar nuestra solidaridad de feria frente al computador, pero, ante todo, juzgar. Juzgar sin medida, sin entender los distintos escenarios, los infinitos matices de gris, es pasatiempo de todos. Por eso los políticos ya no son políticos, son, en esencia, payasos de feria que buscan el aplauso de sus seguidores.
Cuando se juzga, hay implícitos varios supuestos: el primero es que somos un ser humano superior, quizá porque confundimos ser único con superior, y el segundo es creer que el resto de las personas deben aceptar nuestro punto de vista como válido. La primera nos la creemos, y entonces buscamos recovecos en todos los actos; como no se tiene toda la información, la rellenamos con nuestros prejuicios: “Vivo en un país desarrollado, por tanto, tengo un punto de vista que es superior” es uno de mis favoritos, cuando lo que sucede no es que sea superior, sino diferente. Interpretamos un acto, lo juzgamos y fallamos: solo queda subirlo a la palestra (las redes sociales). No hay necesidad de demostrarlo: la burbuja o el algoritmo de Facebook nos mostrará lo correcto que es nuestro juicio.
Tener una mirada limpia y no juzgar debería ser obligatorio en una red social. Al no juzgar desarrollas un sentido ético que trasciende el tiempo y enlaza con el pasado. Eso es importante en una época en que las imágenes de los medios de comunicación son más convincentes que la realidad, y valores como libertad, amor, justicia, igualdad se vuelven eslóganes en manos de oportunistas. “Quien escucha atento el ruido de su tiempo, no escribirá su música” escribió Nicolás Gómez Dávila, en un tono profético.
La solución no vendrá de las redes, sino desde el individuo. No sé si los cuatro acuerdos de la soteriología tolteca son un invento del médico mexicano Miguel Ruiz, pero no es difícil estar de acuerdo con ellos: no suponer, no dar nada por supuesto; honrar tu palabra y ser coherente entre lo que se hace y lo que se piensa; hacer siempre lo mejor; y, sobre todo, no tomar nada personal.
Al final, aprendamos de nuestros errores, estudiemos la historia, tomemos ejemplo de gente grandiosa, que la hay (sin entrar a juzgar, de hecho, las motivaciones); tomar lo bueno, desechar lo malo. Recordar, al final, a Wittgenstein, al menos en parte: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Prudencia, que hacía verdaderos sabios.
Samuel Whelpley






