Opinión

Las campanas de Valeriana

Diógenes Armando Pino Ávila

11/09/2026 - 07:40

 

Las campanas de Valeriana

 

Hace unos años escribí sobre esa tradición oral que se nos va escapando de las manos. Entre las historias que alcancé a mencionar, estaba la de Valeriana, una anciana de nuestro pueblo que aseguraba conocer una oración para recibir los avisos de la muerte. Siempre tuve la intención de escribir su historia completa, pero, como suele pasar con esas cosas que guardamos en la memoria —creyendo que estarán ahí para siempre—, el tiempo voló, aparecieron otras urgencias y la anécdota quedó dormida en algún rincón.

Hace poco, revisando aquel artículo, me volví a topar con el fragmento dedicado a ella. Pensé que su historia merecía más que un par de líneas perdidas; después de todo, no solo contaba la vida de una mujer que escuchaba las campanas de la muerte, sino que encerraba un pedazo de ese mundo en el que crecimos. Ese tiempo en el que los abuelos hablaban sin filtro sobre aparecidos, sueños que predecían desgracias, muertos que regresaban a despedirse y señales que llegaban de quién sabe dónde.

Era una época en la que el "más allá" no se sentía tan lejos del "más acá". Nuestros abuelos no necesitaban explicaciones complejas para entender esa cercanía. Si alguien contaba que había visto una sombra o escuchado un ruido extraño, la conversación tomaba otro rumbo de inmediato. Nadie pedía pruebas. Si alguien decía: «Eso le pasó a mi abuelo», la historia quedaba sellada. Y si quien lo contaba era alguien respetado en el pueblo, mejor aún. En ese universo de temores y misterios vivía Valeriana, la anciana que aseguraba descifrar un lenguaje que nadie más oía: las campanas de la muerte.

No eran campanas de iglesia. Eran otras. Según ella, provenían de ese territorio que los viejos llamaban simplemente "el más allá". Valeriana sabía el código: si las campanas doblaban por el oído izquierdo, significaba que moriría algún paisano; pero si el aviso llegaba por el oído derecho, el mensaje era para ella: le quedaban exactamente setenta y dos horas de vida. Una precisión que ya quisieran los pronósticos meteorológicos de hoy.

No recuerdo de dónde salió esa oración ni quién se la enseñó, y tampoco supe de nadie más que hubiera escuchado aquello. Pero en ese entonces, nada nos parecía demasiado raro. Había cosas que no requerían explicación: se creían, se discutían un rato entre café y café, y la vida seguía. El problema empezó cuando las campanas se volvieron insistentes en su oído derecho. Valeriana, que era mujer previsiva, no quería que la muerte la pillara con asuntos pendientes. Así que, cada vez que recibía el aviso, se ponía manos a la obra: lavaba y planchaba la ropa para su entierro, cobraba lo que le debían y pagaba hasta el último centavo que debía. Quería irse con las cuentas claras.

Además, tenía su propio ataúd. Lo compró hace años y lo guardaba, envuelto en papel de bolsas de cemento, sobre las vigas del techo. Lo curioso es que aquel cajón tuvo una vida mucho más movida de lo que ella imaginó: cuando algún vecino moría de repente y la familia no tenía cómo conseguir uno, ella lo prestaba. Bajaban el ataúd de las vigas, servía para el difunto y, apenas los familiares lograban reunir algo de dinero para devolverle el favor, el cajón regresaba a la casa. Volvía a las vigas, esperando pacientemente el turno de Valeriana.

Pero la muerte parecía estar jugando con ella. Las campanas sonaban por el oído derecho una y otra vez, y Valeriana anunciaba que había llegado su hora. La noticia corría por el pueblo sin necesidad de redes sociales. Bastaba que una vecina le susurrara a otra: —¿Ya supiste lo de Valeriana? Al rato, ya todo el pueblo estaba enterado.

Al llegar la noche, los vecinos se acercaban a su casa, unos por solidaridad y otros por pura curiosidad —porque en los pueblos, la curiosidad también es una forma de compañía—. Se sentaban, conversaban y esperaban. Valeriana esperaba a la muerte, y los vecinos esperaban a que Valeriana se muriera. Pero las horas pasaban, llegaba el día siguiente, las setenta y dos horas se cumplían y la muerte, ni sus luces.

Al principio, la gente se preocupaba, pero después vinieron las bromas. Unos decían que Valeriana estaba perdiendo la cabeza, otros que ya no le funcionaba la oración, y no faltaron las burlas sobre esas campanas que tenían una noción del tiempo tan particular. La muerte se estaba convirtiendo en una "mamadera de gallo". Aun así, aunque la gente se riera, nadie se atrevía a decir que no creía. Porque una cosa es burlarse entre amigos y otra muy distinta es quedarse solo en casa, al caer la noche, y escuchar un ruido que no sabes de dónde viene.

Valeriana siguió anunciando su muerte cada vez que las campanas sonaban por la derecha. Se preparaba, organizaba todo, esperaba… y no pasaba nada. La historia se repitió hasta que, un día, ocurrió lo inevitable. Valeriana murió.

Pero esta vez, no hubo campanas. No hubo aviso previo. No hubo vecinos haciendo romería para acompañarla en sus últimas horas. No tuvo oportunidad de planchar su ropa ni de cobrar deudas pendientes. Y aquel ataúd que tantas veces prestó, quién sabe si seguía sobre las vigas.

Después de tantos anuncios, tantos preparativos y tantas falsas alarmas, Valeriana se fue un día cualquiera. Y, a decir verdad, ni ella misma se dio cuenta.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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