Opinión
De Macondo a La Casona: una casa, un colibrí y la memoria que vuelve

Hace un año creé una primera interpretación de Consuelo.
No sonreía.
La llamé “La Cacica de Macondo”.
Tenía la mirada quieta, profunda, quizás desafiante. Ya estaban las plumas, las luces y ese azul infinito que tantas veces se cuela en mis imágenes.
Y estaba la espiral.
Siempre vuelve la espiral.
Debe ser porque la vida tiene la mala costumbre de hacernos creer que avanzamos en línea recta, cuando en realidad vivimos regresando.
A una casa.
A un olor.
A una canción.
A una historia.
A una mujer que se fue hace veinticinco años y que, sin embargo, sigue apareciendo por todas partes.
Aquella primera Cacica nació entre fotografías, memoria, imaginación y ese universo de símbolos que llevo conmigo desde hace años.
Pero, pensándolo bien, esta historia había comenzado antes.
UNA SEMILLA
Dos años atrás conversé con Hernando César de Jesús, hijo mayor de Consuelo, y le planteé una idea que entonces era apenas eso: una posibilidad.
Le propuse que nos prestara La Casona para hacer allí una exposición dedicada a su madre.
Me parecía hermoso devolver las imágenes de Consuelo al lugar que había conocido su voz, sus pasos, sus afectos, sus días cotidianos.
Que no fuera solamente una exposición sobre ella.
Sino una exposición dentro de su memoria.
La idea quedó allí.
Como quedan algunas semillas.
Sin hacer ruido.
Esperando.
Yo continué mi camino y la casa el suyo.
Hasta que la vida hizo una de esas vueltas que tanto se parecen a mis espirales.
Dos años después regresé.
Y aquella semilla había germinado.
Llegaba como arquitecta, artista, gestora cultural y Vigía de Patrimonio; llegaba con Red Colsafa, con fotografías, historias, preguntas y una casa que estaba dispuesta a volver a contar.
Entonces comprendí algo:
yo ya había llegado a ella antes de llegar.
LA ESENCIA Y LA CONEXIÓN
Cuando comencé a construir la curaduría de EmPodérArte VI – La Cacica Vive, supe que no quería contar a Consuelo siguiendo únicamente una cronología.
Las fechas ordenan la historia.
Pero no necesariamente cuentan un ALMA.
Necesitaba encontrar otra manera.
Y aparecieron dos palabras:
ESENCIA y CONEXIÓN.
La ESENCIA era regresar a sus amores.
La familia.
Los juglares.
Los compositores.
Los hombres y mujeres que cargaron una música que, antes de convertirse en festival, ya era memoria viva del territorio.
Era volver a la creación de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata y reconocer a todos aquellos que fueron sumando y multiplicando ese sueño.
Quienes imaginaron.
Quienes convocaron.
Quienes tocaron.
Quienes cantaron.
Quienes escribieron.
Quienes organizaron.
Quienes creyeron.
Porque los sueños verdaderamente grandes dejan de pertenecer a quien los sueña cuando un pueblo decide soñarlos también.
Allí estaba la raíz.
Pero Consuelo entendió algo más: para que aquella música viajara había que abrir puertas.
Y allí apareció la CONEXIÓN.
Políticos, escritores, intelectuales, periodistas, artistas, amigos y personas influyentes del ámbito nacional e internacional fueron haciendo parte de una red que contribuyó a expandir el Festival y a llevar el vallenato hacia otros escenarios y otras geografías.
La conexión nunca sustituyó la esencia.
La hizo viajar.
Y entonces lo vi con claridad:
La ESENCIA era la raíz.
La CONEXIÓN eran las alas.
Una decía:
esto somos.
La otra respondía:
ahora vamos a contárselo al mundo.
LAS CASAS TAMBIÉN HABLAN
Entré nuevamente a La Casona con mis ojos de arquitecta.
Muros. Alturas. Vacíos. Patios. Sombras. La luz entrando por donde puede.
Pero me dura poco.
Después aparece la artista.
Y desobedece.
Gracias a Dios.
Porque las casas hablan.
¡Claro que hablan!
Hablan en una baldosa que aprendió la forma de unos pasos.
En una ventana desde donde alguien esperó.
En una puerta que vio salir y regresar generaciones enteras.
En los árboles que sobrevivieron a quienes los sembraron.
Yo recojo esas cosas.
Pedacitos.
Una fotografía.
Una palabra.
Una flor.
Un silencio.
Una trinitaria creciendo por donde le da la gana.
Después los guardo.
Nunca sé cuándo van a regresar.
EL COLIBRÍ
Y un día ocurrió algo.
En La Casona hay un pequeño patio interior contiguo a la habitación que fuera de Consuelo Araújo Noguera.
Yo estaba allí.
Debajo de un árbol.
No estaba buscando nada.
Y llegó un colibrí.
Había visto muchos, pero nunca uno así.
Para mí los colibríes siempre habían pertenecido al instante: llegan, revolotean, suspenden el aire y desaparecen.
Este no.
Se posó sobre una rama encima de mí.
Y se quedó.
Mucho para un colibrí.
Poco para la vida.
Suficiente para que todavía lo recuerde.
Levanté la mirada.
Él permanecía quieto.
No sé si me miraba o si fui yo quien necesitó sentir que nos estábamos mirando.
Qué importa.
Por un instante, en aquel patio junto a la habitación de Consuelo, sentí que hasta la casa se había quedado quieta.
No voy a decir que fue una señal.
No sé si lo fue.
Tampoco necesito saberlo.
Hay cosas a las que una les espanta la magia cuando intenta explicarlas demasiado.
Lo miré.
Y lo guardé.
No en el teléfono.
Adentro.
ENTONCES REGRESÓ LA CACICA
Tiempo después regresé a Consuelo.
O ella regresó a mí.
Volvieron las plumas.
Pero ya no eran las mismas.
Tenían vuelo.
Libertad.
Movimiento.
Alegría.
Algo de aquella maravillosa contradicción que me había regalado el colibrí: un ser hecho para volar que aquella tarde había decidido quedarse.
No quise copiar lo que había visto.
Quise contar lo que había sentido.
Construí una alegoría.
Porque el arte no siempre tiene que reproducir aquello que los ojos ven.
A veces tiene una tarea mucho más bonita:
hacer visible aquello que quedó viviendo detrás de ellos.
Aparecieron las trinitarias.
Volvió la espiral.
Volvió el azul.
Volvieron las luces.
Algunas obsesiones no necesitan permiso.
Pero esta vez ocurrió algo.
Consuelo sonrió.
La miré.
Volví a mirarla.
Y entendí que aquella ya no podía llamarse La Cacica de Macondo.
Había regresado a casa.
La Cacica Vive.
PONERLE LUZ A LA MEMORIA
Las fotografías fueron llegando.
Consuelo con sus amores.
Con la familia.
Con los juglares y compositores.
Con quienes estuvieron alrededor de aquel sueño que comenzó a crecer hasta hacerse patrimonio afectivo de toda una región.
Y también Consuelo conectando mundos.
De pronto, ESENCIA y CONEXIÓN dejaron de ser conceptos curatoriales.
Estaban allí.
En las fotografías.
Algunas habían cargado durante décadas las huellas del tiempo.
Para la exposición trabajé también con herramientas digitales y de inteligencia artificial en procesos de recuperación, reinterpretación y colorización de algunas de ellas.
No quería que dejaran de ser antiguas.
Quería que volvieran a sentirse cerca.
Recuperar una luz.
Devolver un color.
Acercar una mirada.
Ponerles, por qué no, un poquito de magia.
Porque nunca he entendido el patrimonio como algo inmóvil.
Cuidar la memoria no significa embalsamarla.
Significa conocerla.
Respetarla.
Contarla.
Y encontrar lenguajes para que quienes vienen detrás quieran detenerse a escucharla.
Que un joven mire una fotografía y pregunte:
¿Quién era?
¿Quién estaba a su lado?
¿Qué ocurrió allí?
¿Cómo sonaba esta casa?
Porque cuando alguien pregunta, la memoria vuelve a respirar.
HASTA QUE LA CACICA VOLVIÓ A SONREÍR
Ahora puedo mirar juntas las dos obras.
Una me mira.
La otra me sonríe.
Y no quiero explicarlo demasiado.
Ya dije que hay cosas a las que una les espanta la magia cuando intenta explicarlas.
Prefiero quedarme con una imagen.
Un pequeño patio interior de una casa antigua de Valledupar.
Al lado, la habitación donde alguna vez durmió Consuelo.
Un árbol.
Debajo del árbol, yo.
Sobre una rama, un colibrí que, por alguna razón, decidió no salir volando.
Y muchos meses después, una mujer que llevaba veinticinco años ausente apareció nuevamente ante mis ojos…
sonriendo.
¿Casualidad? Puede ser.
¿Memoria? Seguramente.
¿Arte? También.
Yo solo sé que las casas hablan.
Que las imágenes regresan.
Que algunas semillas necesitan tiempo para asomarse nuevamente a la luz.
Y que el patrimonio no está hecho solamente de cosas que debemos conservar, sino de historias que debemos volver a contar.
Soy arquitecta.
Necesito los espacios.
Soy artista.
Necesito desobedecerlos.
Soy Vigía de Patrimonio.
Necesito escuchar lo que permanece.
Y soy una mujer de este tiempo.
Puedo tocar una tesela y crear con un píxel.
Puedo cuidar una fotografía antigua y devolverle color.
No encuentro contradicción.
Encuentro caminos.
Las herramientas cambian.
El ALMA no.
Y quizás Consuelo nunca se fue del todo.
Quizás algunas personas aprenden a quedarse viviendo en los lugares que amaron.
En una canción.
En una fotografía.
En una casa.
En el recuerdo de sus hijos.
En una historia que alguien vuelve a contar.
O, quién sabe…
por un instante,
en el vuelo detenido de un colibrí.
Y entonces vuelvo a pensar en aquella mujer que entendió que, para llegar lejos, había que saber primero quiénes éramos.
ESENCIA
La familia. Los afectos. Los juglares. Los compositores. La raíz.
Y después había que abrir puertas.
Tender puentes.
Encontrar cómplices.
Hacer que otros escucharan.
CONEXIÓN
Raíz y alas.
Quizás por eso aquel pequeño colibrí terminó encontrando un lugar en esta historia.
Porque para volar lejos no hay que dejar de pertenecer.
Y que, si alguna vez hemos de tomarnos el mundo, que sea como ella lo soñó: con vallenato.
Miro nuevamente las dos obras.
La primera Cacica permanece seria.
La otra me devuelve la mirada.
Y ríe.
Entonces vuelve la espiral.
Dos años atrás fue una conversación.
Después, una idea.
Luego, una casa.
La esencia.
La conexión.
Las fotografías.
Un patio.
Un árbol.
Un colibrí.
Una imagen.
Una sonrisa.
Todo dio la vuelta para regresar al lugar donde, quizás, había comenzado.
Y ya no necesito preguntarme nada más.
¡La Cacica Vive!
Y ahora ríe.
Yarime Lobo Baute
@YarimeLobo






