Opinión
Con cara o con sello, la Sierra de la Macarena pierde

Ahora que soplan vientos de guerra en la Sierra de la Macarena, al sur del Meta, es imposible dejar de pensar en sus gentes, tan infortunadas que pareciera que lo único que tienen es un bosque exuberante donde brota agua pura, abunda la comida limpia y se respira aire fresco.
Cansados de arrancarse el pellejo de las manos raspando la mata de coca, de morir con las patas destrozadas por una mina antipersona —mina anti todo—, o de caer de bruces con el cráneo perforado por el proyectil de un fusil sin ideología, las comunidades de este rincón de Colombia aprovecharon el acuerdo de paz entre el estado y las FARC-EP para rehacer la vida a través del turismo y la naturaleza.
Y así lo hicieron. Aun cuando el gobierno nunca les pagó completo el dinero pactado por la sustitución del cultivo de coca. Aun cuando la promesa del desarme de los grupos del monte no se cumplió a cabalidad. Aun cuando la mitad de Colombia les diera la espalda, convencida de que con la firma del acuerdo nos volveríamos Venezuela o de que sus hijos se volverían maricas por el artilugio de un rayo. ¡Vaya tragedia!
Allá, en sus ranchos de madera y zinc, solos con sus ideas, sus cascadas y sus micos, estos hombres y mujeres aprovecharon el desminado para recibir a los avezados turistas que se atrevieron a internarse en los montes más lindos que hubieran visto sus ojos. Y así, con el tiempo, fueron llegando más y más foráneos que les pagaban algunos pesos por llevarlos a conocer el bosque.
Por eso en la sierra ahora abundan las familias que cuidan los árboles, los caños y ríos, las dantas, las águilas, los jaguares. Familias que con el turismo llevan el sustento a sus hogares. Familias que imaginan un mundo donde sus hijos no tengan que crecer despellejándose las manos con un arbusto, donde los jóvenes no caigan reclutados —legal o ilegalmente— por alguno de los bandos, o donde las madres no tengan que llorar enterrando sus muertos prematuros.
De ahí que conmueva tanto oír a la gente de la sierra decir que estos diez años fueron casi un sueño, y que incluso en los días más difíciles creyeron que un mundo diferente era posible. De ahí que duela tanto escuchar sus voces temerosas, ver sus ojos encharcados y sus cabezas gachas por no querer volver a la guerra que por estos días se proclama por cielo y tierra.
Porque les aterra que el Estado —el mismo que no les cumplió lo pactado— vuelva con su forma de siempre: los trajes camuflados, los helicópteros artillados, las aspersiones con glifosato, los fusiles apuntándoles.
Y les angustia por igual la respuesta de los hombres del monte, que de seguro también será más de lo mismo: los caminos sembrados de minas, los señalamientos por ser amigos o enemigos —que al final da igual—, los fusiles apuntándoles.
Y en medio de todo este embrollo, los mismos hombres y mujeres, rascándose la cabeza de solo imaginar el regreso a los días del desplazamiento forzado. Avizorando la debacle de un turismo que apenas arrancaba, lamentando la destrucción de esa naturaleza que les provee lo que necesitan. Y, sobre todo, amalayando ese otro futuro para sus pequeños hijos.
Porque al final, parece que el gobierno y los hombres del monte tienen otro plan. Un plan que en las ciudades muchos celebran con vivas a un dios. Un plan donde la gente de la sierra de la Macarena está obligada a jugar un juego en el que con cara pierden y con sello también.
César Rojano Bolaño





