Opinión
Aprender desde donde se pisa

A finales del mes de septiembre, el día 29 para ser preciso, puse el punto final a mi nuevo libro, no había caído en cuenta, hasta terminar que había una feliz coincidencia en la fecha, una coincidencia que me gustaba, puesto que toda mi vida de escritor, de poeta, de docente había estado ligada a mi pueblo y, precisamente el 29 de septiembre se festeja a San Miguel Arcangel, santo patrono de mi pueblo, y en esa fecha según la historia nuestra Tamalameque cumple 482 años de fundado con el nombre de San Miguel de las palmas de Tamalameque.
Inicialmente, había querido que mi libro tratara sobre educación y cultura, sus relaciones, sus propósitos, sus tensiones, sostener, por ejemplo: Cultura y educación como relación de doble vía, donde la educación transmite la cultura, pero también la cuestiona y la transforma y que la cultura, a su vez, educa fuera del aula: en la familia, la música, la oralidad, el trabajo y la fiesta. Pero como educador que fui no podría sostener ese dicho, pues conozco que esa ecuación está rota en lo que a la escuela se refiere.
Ese reconocimiento de “la ecuación rota” me llevó al enunciado de: El territorio como aula. Donde el paisaje, la historia local, los oficios, las lenguas y los saberes campesinos, afros o indígenas son contenidos legítimos. Que conlleva a una praxis pedagógica: aprender desde lo cercano da sentido a lo que se aprende. A partir de este concepto encontrar la conexión con la identidad y uniendo los hilos comunitarios y la tensión que se vive entre el arraigo y la apertura.
Es en la unión de esos hilos donde hay que encontrar o abrir caminos que permitan educar para que las personas del territorio se reconozcan en su origen sin cerrarse al mundo, entendiendo que la identidad no es un museo, sino que, es algo vivo que se construye en el día a día y en la relación con el mundo y para el mundo. Es que siempre he pensado, desde mi vida docente, que el profe tiene un compromiso, el cual es educar desde los saberes locales, con la permanencia de dichos saberes, con la equidad y con el desarrollo de la comunidad, evitando que estudiar signifique “irse del territorio”.
Entiendo perfectamente las tensiones actuales que se dan con la estandarización curricular frente a la diversidad cultural, globalización y redes sociales, frente a las tradiciones del territorio y la permanente y acentuada migración del campo a la ciudad. Una manera de iniciar (solo iniciar) el proceso de reconocimiento e identidad con el territorio puede ser la inclusión en el Plan Educativo Institucional como proyecto pedagógico la participación de las fiestas patronales, festejos comunitarios y festivales del territorio.
Romper con esa cadena de imposición donde siendo más papistas que el papa, impiden el festejo popular de los jóvenes y los niños y tratan de someterlos al aula, sin importar si en esos días de fiesta colectiva los niños van o no van a la escuela y en caso de que vayan, tampoco les interesa que aprendan o no, pues solo procede el cumplimiento de una norma trazada por burócratas que no entienden ni conocen las relaciones, identidad, cultura y territorio.
Mi libro no toca directamente este tema, pero si analiza y describe la historia cultural de mi pueblo y de la insignia cultural de un territorio más amplio que incluye los pueblos del río y de la ciénega en el departamento del Cesar y los de la llamada Depresión Momposina. Muy pronto estará publicado.
Diógenes Armando Pino Ávila






