Opinión

La vaca que ríe

Samuel Whelpley

13/10/2026 - 07:00

 

La vaca que ríe

 

Las dictaduras son lugares donde florece el humor. En mi FB conté un viejo chiste de la Rusia de Stalin y fue muy celebrado. Ochenta años después de creado, conservaba el humor corrosivo y de denuncia que le dio origen. Leo que en los viejos tiempos de la dictadura del difunto líder egipcio Hosni Mubarak, se le conocía como la vache qui rit, la vaca que ríe, por su parecido con el logo de la marca de quesos franceses del mismo nombre. Sí, el humor es necesario para sobrevivir aun en los tiempos donde el horror abunda; si es válvula de escape o una rendición a una realidad cruel, escapa de mi análisis. A lo que voy es que es un recurso de vida usado por todos. Supongo que igual sucede con la gratitud y la queja.

No se puede vivir en un estado de gratitud permanente, o uno pronto sonará como alguien hipócrita, servil y falto de humildad. Pero, por otro lado, nunca ser agradecido, dar siempre todo por sentado, tampoco es atractivo, aunque sea un defecto de carácter cada vez más extendido. Quienes dan todo por sentado son los primeros en quejarse cuando algo les incomoda o no es de su agrado. Qué poco atractivo es esto lo reflejan las constantes protestas por todo, el casi inevitable «pero es que…» que nos llega cada tanto en las redes. Nadie parece alegrarse de verdad de los triunfos del otro, sin que haya alguien listo para empañar el logro.

De niño no quería terminar o comer lo que daban, y mis padres me decían que debía estar agradecido y pensar en los niños hambrientos de África y otros lugares, que no tenían nada en su plato. Siempre lo tomé muy mal. Alguna vez dije que, si lo que dejaba de comer se lo iban a dar a un niño hambriento. Hoy sé que me había quedado en la superficie.

Me llevó años comprender que el propósito de la exhortación no era ayudar a paliar el hambre de alguien de manera práctica, sino que no diera por sentado el alimento en mi plato. Es decir, que hoy lo tenía y, de pronto, mañana no. Estaba allí gracias al trabajo de mis padres, y este podía faltar a futuro, incluida la comida.

He visto que muchos creyentes evangélicos dan las gracias por la comida a consumir, bajando los ojos y escuchando al cabeza de familia orar, y terminar con un «amén», antes de comenzar, ahora sí, a comer. Como respetuoso de creencias ajenas, me quedaba callado y terminaba diciendo «amén» de compromiso, que era, en esencia, un gesto de cortesía.

En ambos casos, la idea que subyace es que no demos todo por sentado. Quienes nos hemos sentado en un restaurante con terraza a la calle hemos visto cómo se acerca alguien a las mesas, pidiendo algo de comer. De los episodios memorables de mi vida fue comer en un restaurante frente a mi oficina con unos compañeros y, al terminar, ver acercarse a un niño a comer las sobras que quedaron en nuestros platos. Nadie dijo nada; todos nos miramos, entre sorprendidos y avergonzados. Tener suficiente para comer no es algo que se pueda dar por sentado. La historia está llena de casos donde lo habitual se da por sentado. En Venezuela o Argentina, gran parte de lo ocurrido en los últimos años fue que la sociedad dio por sentado que lo que tenían era suyo y lo merecían, y que, si no había, era que se lo estaban robando.

Agradecer por lo que se tiene es saludable, pero nunca del todo efectivo. Por eso, tal vez es necesario hacerlo con regularidad para alcanzar el equilibrio mental. Quizás la oración antes de las comidas sea una forma de lograrlo. Sin embargo, lo cierto es que «nunca ha habido filósofo capaz de soportar un dolor de muelas con paciencia» (1). Algunas cosas nos irritan. Cada día me levanto con el compromiso de no perder la calma, sobre todo por nimiedades, pero la próxima vez que no encuentro un par de medias y he terminado vaciando la gaveta, siento que me sube la furia como si nunca hubiera hecho tal propósito.

Las lecciones nunca se aprenden del todo: hay que repetirlas para criaturas tan olvidadizas como el ser humano. Quizás por eso necesitamos que nos recuerden, una y otra vez, lo que tenemos, lo que podemos perder y hasta aquello de lo que conviene reírse. No sea que solo nos quede el humor frente a la tragedia, como una vaca que ríe.

 

Samuel Whelpley

 

Notas:

  1. La frase se encuentra en la obra Mucho ruido y pocas nueces, de William Shakespeare

Sobre el autor

Samuel Whelpley

Samuel Whelpley

Profesión: Lector

Barranquillero, con un único título de Ingeniero Civil de la Universidad del Norte. Con una casa, un trabajo, una esposa, una hija y un gato. Amigo de sus amigos. Pésimo bailarín. Ante todo, lector. A ratos dice que escribe. No mucho más que eso. 

 

@SWhelpley samuel.whelpley

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