Opinión
El pacto diabólico

Ésta es la verdad de un cantante que, en sus comienzos no tenía ninguna posibilidad ni esperanza para convertirse en lo que más tarde fue, su figura desgarbada, su ojo derecho mirando siempre recto sin movimiento alguno, su voz de macho cabrío en celo, la falta de uno de sus puntales frontales y las gafas que usaba semejantes a la persiana de una Ford Ranger modelo 1978, en nada lo favorecían.
Todo sucedió en la orilla del caño San Rafael, esa noche había sufrido la peor humillación de su vida en Patillal, donde lo habían echado casi a patadas de una parranda, su voz no satisfizo a los parranderos, cabizbajo y resignado a su suerte, se fue para su humilde vivienda que distaba a un par de kilómetros, al llegar al caño lo encontró con sus aguas turbias que arrastraban espumarajos y palizadas, y ofrecían un peligro eminente si se intentaba cruzar, de modo que, sentado sobre una piedra inmensa, lloraba sin consuelo su mala suerte.
El sonar de los cascos de un caballo lo hizo reflexionar, giró su mirada para ver al recién llegado y, en medio de su dolor, sintió también miedo, nunca antes había visto al hombre que cabalgaba al brioso corcel, su color zaino hacía contrastes con el freno de plata que lo sujetaba, sus ollares resoplaban y el aire expulsado se condensaba a la temperatura ambiente como si fueran ráfagas de proyectiles humeantes, sus ojos brillaban en la escases de la luz, la luna temerosa se había ocultado en una densa nube negra para no presenciar lo que allí iba a ocurrir.
“Sé el porqué de tu tristeza y yo te puedo ayudar”, le dijo el recién llegado, “pero más tarde tendrás que darme eso que te pediré en su debido momento”. Mientras hablaba, el sombrero alón que portaba le impedía ver su rostro, sin embargo, su boca estaba visible y mientras gestionaba palabras, dejaba al descubierto su dentadura, que, en el corto tiempo que estuvo brillando la luna, resaltaba como el oro macizo.
El fracasado cantante estaba turulato, de repente el miedo se le transformó en ambición, y sin argumentar palabras algunas, le respondió “acepto”. “Ya sabes”, le replicó el extraño, “te lo diré en su debido tiempo, te recuerdo que conmigo los pactos se cumplen”, cogió al hombre por la pretina del pantalón y de un solo tirón lo montó en las ancas de su corcel mientras le decía, “voy a dejarte cerca de tu casa”. Cruzaron el caño San Rafael sin ningún contratiempo y, en poco tiempo, lo bajó de igual forma como lo montó, cerca de su casa.
Al día siguiente, el cantante tenía dudas, estaba confundido, no sabía si todo aquello había sido producto del alcohol que había consumido o un sueño que había tenido, lo cierto fue, que todo empezó a cambiar en su vida. Sus canciones grabadas por los grupos de modas eran las más escuchadas, en las emisoras de todo el país, eran las más solicitadas por la radio. Un emisario que llegó de Valledupar le informó que un conocido acordeonero lo necesitaba urgente, de modo que viajó a la ciudad de Medellín y grabó su primer larga duración. Después, acompaño a otro acordeonero y los éxitos no se hicieron esperar, se disparó su fama cuando hizo unión musical con un afamado acordeonero que venía de grabar con Poncho Zuleta y Jorge Oñate.
Todo cambió en la vida del antiguo cantante de voz de chivato, ahora era el más contratado, el más escuchado y sus canciones sonaban en todas las estaciones radiales, como le prometió aquel extraño en la orilla del caño San Rafael, ahora era el más grande de la música vallenata.
Algo sucedió que no previeron las partes contratantes, intempestivamente el cantante ahora afamado murió, sin embargo, el extraño hombre del corcel Zaino, regresó por lo pactado que nunca le dijo, dos de los hijos del cantante ya fallecidos, murieron aparatosamente.
Desafortunadamente, el antiguo cantante de voz de macho cabrío en celo, no pudo hacer nada, una porque la parte contratante nunca le dijo lo que tenía que entregar y otra porque la muerte se le adelantó.
En una noche semejante a la del encuentro en la orilla del caño San Rafael, se escuchó una voz que retumbó en toda la ribera. Conmigo los pactos se cumplen.
Arnoldo Mestre Arzuaga






