Opinión
La pimientica de Emiliano

Durante las últimas semanas, he venido siguiendo los memes, las noticias, las quejas, los reclamos y los pronunciamientos de víctimas y victimarios; de defensores de las víctimas y defensores de los victimarios. En fin, un episodio de esos que comienzan con mucho ruido, sigue con más ruido y amenaza con prolongarse durante días, semanas y hasta meses. En este país, donde la memoria suele ser corta para unas cosas y sorprendentemente larga para otras, las controversias políticas tienen la mala costumbre de no morirse: apenas se les acaba el oxígeno, aparece alguien dispuesto a resucitarlas.
Pero había algo que me inquietaba. Cada vez que leía una noticia sobre el asunto, escuchaba una declaración o me encontraba con uno de esos memes que circulan por las redes, sentía una musicalidad que no lograba identificar. Era como si, detrás de tanta alharaca, hubiera un acordeón escondido, esperando su turno para entrar en escena.
Anoche, mientras buscaba el tema para mi columna de los viernes en Panorama Cultural, por fin escuché la música. ¡Ajá! Era un acordeón y la voz inconfundible de Poncho Zuleta, interpretando uno de esos cantos que el vallenato ha elevado a la categoría de clásicos.
Esta vez, Poncho no estaba dando vivas a ninguna tierra de ingrata recordación política. Estaba cantando una de las composiciones de su padre, el viejo Emiliano Zuleta Baquero:
Fueron a llama' a Emiliano
el día de San Juan Bautista
fueron a llama' a Emiliano
el día de san Juan Bautista
Y después venía la sentencia musical que terminó de iluminarme el entendimiento:
Y la plata que ha ganado
la perdió en la pimientica
y la plata que ha ganado
la perdió en la pimientica
¡Caramba, compae! ¡Era eso! La pimientica.
De pronto comprendí por qué aquella canción me venía rondando la cabeza. Mi cerebro, que a estas alturas de la vida todavía se permite ciertas travesuras, había establecido una conexión entre la vieja sabiduría del canto vallenato y las noticias que llevaba dos o tres semanas leyendo.
Resulta que uno aprende cosas nuevas relacionándolas con las que ya conoce. Y, en este caso, la asociación no podía ser más oportuna: la plata que se recoge con un propósito y después nadie sabe explicar con claridad dónde está, termina convocando al viejo Emiliano.
Porque el asunto que tiene al país entre la indignación, la sospecha, las burlas y los pronunciamientos es el destino de los recursos donados para ayudar a los damnificados del terremoto del 10 de agosto de 2026, ocurrido en el occidente colombiano.
Según las informaciones que han circulado, a través de canales oficiales se promovió una campaña de solidaridad a la que contribuyeron empresas, personas adineradas y ciudadanos humildes que, aun teniendo poco, sacaron algo de sus bolsillos para socorrer a quienes lo habían perdido todo.
En medio de la controversia, aparece la Fundación Colombia Luz y Sonrisas, que, según las denuncias difundidas, habría recibido los recursos de la colecta. Se ha señalado también que la entidad fue creada por Ana Lucía Pineda, esposa del presidente Abelardo de la Espriella, y que estaría habilitada para recibir ayudas procedentes del exterior.
Si todo esto es así, las preguntas son inevitables: ¿cuánto dinero se recogió?, ¿cuánto se ha entregado a los damnificados?, ¿quién administra esos recursos?, ¿dónde están los informes de ingresos y gastos?, ¿qué organismos vigilan su manejo?
Son preguntas elementales, de esas que no deberían incomodar a nadie que tenga las cuentas claras.
Porque cuando un ciudadano entrega dinero para ayudar a una familia que perdió su casa, no está financiando una campaña de publicidad ni comprando una boleta para un espectáculo político. Está haciendo un acto de confianza. Y la confianza, compae, no se paga con discursos, fotografías ni sonrisas para las cámaras. Se honra mostrando las cuentas.
Hasta ahora, la controversia ha servido para que las redes sociales se conviertan en una especie de tribunal popular. La oposición y la prensa alternativa han multiplicado las denuncias y las preguntas, mientras desde otros sectores se reclama prudencia y se cuestiona la manera como se ha tratado públicamente a la primera dama.
Y, como era de esperarse, aparecieron los memes.
¡Compadre, aquello parece un festival de caricaturas! Cada quien pone su cuota de ingenio, y las redes hacen el resto. En Colombia, una noticia puede tardar horas en llegar a una oficina de control, pero un meme bien hecho le da la vuelta al país antes de que el funcionario termine de tomarse el tinto.
Entre las caricaturas que han levantado ampolla están las del dibujante Matador, conocido por su humor ácido y su sátira política. Sus publicaciones han provocado críticas de sectores de la derecha, algunos de los cuales lo han señalado de misógino por la manera de representar a la primera dama.
Desde los medios alternativos, por su parte, han respondido recordando episodios de ataques racistas y sexistas contra figuras como Francia Márquez y la senadora indígena Aida Quilcué. El debate, entonces, ha dejado de ser exclusivamente sobre las donaciones y ha terminado convertido en otra de esas peleas nacionales en las que cada bando saca sus propios archivos, desempolva declaraciones antiguas y prepara la artillería.
También han vuelto a circular referencias a la trayectoria de Abelardo de la Espriella como abogado defensor, entre ellas las críticas a su actuación en un caso relacionado con un pastor evangélico acusado de abusos contra mujeres. En ese contexto se le atribuyen expresiones despectivas hacia las denunciantes, aunque cualquier cita concreta debe verificarse antes de darla por cierta.
Y así vamos: de las donaciones a las caricaturas, de las caricaturas a la misoginia, de la misoginia a los archivos del pasado y de los archivos a una nueva batalla entre izquierda y derecha.
Mientras tanto, la pregunta inicial sigue esperando respuesta: ¿qué pasó con la plata?
Porque una cosa es discutir si una caricatura fue demasiado lejos y otra, muy distinta, es pretender que esa discusión sustituya la obligación de rendir cuentas. Si una caricatura resulta ofensiva, que se discuta su contenido. Si una denuncia carece de pruebas, que se desmienta con argumentos. Pero si hubo una colecta para los damnificados, lo mínimo que merece el país es conocer cuánto se recibió, cómo se administró y cuánto llegó efectivamente a las manos de quienes necesitaban ayuda.
La transparencia no es un favor que los administradores de los recursos públicos o solidarios le hacen a la ciudadanía. Es una obligación moral y, cuando corresponde, legal.
Y fue precisamente en medio de este rifirrafe cuando, según una publicación del medio El Sincelejano, Matador respondió a la controversia con una de esas frases en las que el humor y el sarcasmo caminan agarrados de la mano:
«No me consta que ella se haya cogido la plata. Pero que tampoco lo vuelva a hacer».
¡Ay, hombe! ¡Qué manera de echarle pimienta al sancocho!
Naturalmente, una frase de caricaturista no es una prueba judicial, ni una sospecha equivale a una condena. Pero el episodio demuestra hasta qué punto la falta de información clara puede alimentar la desconfianza, multiplicar las especulaciones y convertir una campaña de solidaridad en un problema político de grandes proporciones.
Por eso, antes de que la discusión termine sepultada bajo toneladas de memes, sería bueno que los responsables de administrar esos recursos pusieran las cartas sobre la mesa. Que presenten las cuentas, publiquen los soportes y expliquen, peso por peso, el recorrido de las donaciones.
Los damnificados no necesitan una guerra de caricaturas. Necesitan ayuda. Los donantes no necesitan que les pidan confianza a ciegas. Necesitan saber que su generosidad cumplió el propósito para el que fue entregada.
Y los colombianos, que ya hemos visto demasiadas veces cómo las explicaciones llegan tarde y las responsabilidades se extravían en los laberintos de la burocracia, merecemos saber la verdad.
Porque, a fin de cuentas, una cosa es perder la plata en la pimientica y otra muy distinta es que alguien tenga que explicar por qué no aparecen las cuentas. ¿Comprenden ahora por qué me sonaba aquella canción?
¡Caramba, viejo Emiliano! Si usted levantara la cabeza, quizás volvería a cantar su clásico. Solo que esta vez, en lugar de conformarnos con el acordeón, los colombianos querríamos escuchar también el informe de tesorería.
Porque la pimientica puede darle sabor al vallenato, pero cuando se trata de la plata de los damnificados, lo que hace falta no es más pimienta: son cuentas claras.
Diógenes Armando Pino Ávila






