Opinión

Editorial: Acerca de los símbolos pacifistas

Redacción

15/04/2013 - 12:00

 

El pasado 9 de abril un gran número de colombianos salieron a la calle motivados por el deseo de alcanzar la paz. Cincuenta años de divisiones y violencias no han mermado las esperanzas y esperemos que éstas nunca desaparezcan pues, en la esperanza está la energía necesaria para suscitar un diálogo, comprender y volver a empezar.

En las calles de Valledupar y de gran parte del territorio colombiano, salieron a manifestar jóvenes y ancianos, estudiantes y profesionales, con un sinnúmero de pancartas y accesorios. La mayoría teñidos de blanco, muchos expresaban eslóganes pacifistas, deseos de armonía que las televisiones pudieron retransmitir (o criticar) por todo lo alto.

El blanco fue el color (o no-color) reinante: un código que aparece con naturalidad en esas marchas ya que ha sido integrado de manera protocolaria pero que termina mezclándose con otros elementos hasta producir a veces una amalgama de referencias y menciones. En incontables ocasiones, la paloma blanca aparece al lado de banderas del mismo color o incluso de logos de estilo hippy que, si bien exponen un deseo de paz, también van ligados a ciertos matices que es bueno aclarar.

Empecemos por el símbolo más extendido: la paloma blanca. Su origen milenario, fuertemente ligado a la cultura judeo-cristiana, se estriba de un episodio del Viejo Testamento en el que Noé lanzó una paloma blanca con el fin de encontrar tierra tras el diluvio.

Al cabo de un tiempo, la paloma regresó al Arca con un ramo de olivo en su pico significando así que la inundación había terminado y que, por ende, Dios estaba de nuevo en paz con la humanidad.

Dentro de esta acepción, la paloma asume dos distinciones. Una representada con el ramo de olivo en su pico (que significa el deseo de mantener la paz ya alcanzada) y la otra volando sin el ramo (que evidencia la necesidad de alcanzarla).

La bandera blanca es otro símbolo destacado de las manifestaciones pacifistas y, sin embargo, debido a su aparición en los escenarios bélicos, puede ser el motivo de malinterpretaciones.

Archivos históricos demuestran que en la China de la dinastía Han (es decir 200 a.C), la bandera blanca se usaba como emblema de rendición. Ese mismo uso se dio en otras grandes civilizaciones como la romana o griega (100 a.C). No obstante, su significado de “rendición, alto el fuego o solicitud de parlamentar con el enemigo” fue oficialmente ratificado en la Convención de Ginebra (1864) y, desde entonces, su uso engañoso puede considerarse un crimen de guerra.

Finalmente, el círculo con cuatro líneas en su interior (☮), comúnmente presentado como el símbolo de “Peace and love” (Paz y amor) fue diseñado en 1958 por el británico Gerald Holtom para la campaña de desarme “British Campaign for Nuclear disarmament”. Su recuperación por el movimiento hippie de Estados Unidos –que exigía un sistema más comprensivo y justo– terminó dándole un sentido más amplio y humanista.

Ahora bien, si volvemos a las imágenes de las marchas en las calles de Colombia, el pasado 9 de abril, comprobaremos que cada uno de estos símbolos tenía su espacio y su mensaje.

Todos venían a poner el dedo sobre un punto pertinente del proceso de paz: el deseo de buscar un terreno de salvación (la paloma), la importancia de parlamentar para acercar posiciones (la bandera blanca), y por fin, la necesidad de mostrar algo de comprensión y dejar las armas a un lado para hablar sin presiones extra-democráticas (el círculo de desarmamento nuclear).

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