Opinión

Diáspora y génesis afrocaribeñas (V): Bautizo cultural de caribeños

Jairo Tapia Tietjen

08/04/2014 - 11:10

 

Pifanos La palabra “criollo” aparece en el siglo XVI, significando hombre nacido en América, atribuido al mestizo español e indígena, con negro o indios y negros de nación que conviven con los colonizadores, pues la historia americana era expresada por Bolívar como en función de la lucha de clases: “Jamás éramos virreyes ni gobernadores ni magistrados, y casi ni aún comerciantes”.

Fue lucha del autóctono sojuzgado y oprimido contra el colonizador, que para nuestra desgracia continúa en pleno siglo XXI, pues adquirimos conciencia de nuestra identidad nacional para poder bautizarnos dentro del rito cultural y social de la soberanía y de ser autónomo, como pedía S. Rodríguez, maestro del Libertador: “La América no ha de imitar servilmente sino ser original”.

Siglos antes de nuestro presente, sometidos a ominosos tratados tras el mito de libertades para que nos sometamos a la inmisericorde expoliación de nuestras riquezas con sus dogmas raciales, contradicciones y conflictos, ya la dura mano esclavista fue documentada por los padres Las Casas, Pedro Claver y otros, cuando el mismo Almirante selecciona 550 indígenas para ser vendidos en la madre patria, dando órdenes para que cada familia aborigen pagara un tributo en oro, so pena de ser esclavizado o asesinados; precedente que inocula la ambición al europeo de venir a enseñorearse con tierras expropiadas, y perseguir y exterminar al nativo para satisfacer ambiciones neocoloniales capitalistas.

Por ello, persistamos en alejar tales jinetes apocalípticos para que las nuevas generaciones emprendan  el viaje hacia nosotros mismos y forjar nuestra nueva historia latinoamericana de unión de esfuerzos en integración  sociocultural.

Los instrumentos musicales

En los albores de la colonia, fines del siglo XV, hay registros documentales en relación con la música e instrumentos para su ejecución llevados en las diecisiete naves asignadas para el descubrimiento de las nuevas tierras: “para que se alegrasen y pasasen la gente que acá habrá de estar”.

Temprana presencia de melodías y ritmos, y pese a la casi absoluta mención de instrumentos sonoros y sus matices entre los aborígenes, sí aparecen registros de la presencia de “tambores, pífanos y vihuelas”, entre las guarniciones de las fortalezas y grupos de soldados.

La vihuela es semejante a la guitarra con mástil y cuerdas dobles para puntear con los dedos. No tenía trastes sino una cuerda de tripa arrollada al mástil. Se le llamó vigola y vigüela. La de arco origina el violín y al violoncelo. La de plectro (especie de púa o palillo para tocar cuerdas) evoluciona en bandurria, laúd y mandolina; y la de mano es la propia vihuela.

La Iglesia Católica empleaba la música como agente catequizador, y por ello, en 1527, el flamenco Fray Pedro de Gante, funda en Nueva España (Méjico) una escuela de música y fábrica de instrumentos de larga tradición juglaresca en las cortes europeas, debido a la política imperial de Carlos V en difundir la ‘chanson’  de la escuela franco-flamenca, y las arcaizantes cantigas del rey Alfonso, hasta el Cancionero de Baena, en tiempos de Juan II, calendas remotas donde se populariza la pequeña flauta y el tamboril.

En el Caribe y las Antillas se percibe un eco de todo ello y la presencia musical en la cultura afro-caribeña se establece y desarrolla plenamente, aparte de la mezcla de elementos culturales que impactan al pueblo aborigen a partir de la percusión y la danza, y el entusiasmo del español que gusta de estas expresiones folklóricas, como en todos los pueblos de múltiples características regionales, en conexión con la remota Europa con nexos de Flandes, Italia y la Provenza, con presencia de flautas y tambores para pedir el favor de los dioses en la guerra entre los ejércitos mercenarios suizos y alemanes. Vestigios del empleo del tambor y el cuerno  desde el siglo VIII  por los pueblos negros de África del Norte, que en tropas victoriosas acompañaban las empresas de los invasores almohades y almorávides en las batallas perdidas por Castilla.

El tambor aparte de ser voz sobrenatural de magia y guerra, entre los indígenas americanos, era símbolo de autoridad e instrumento de señales directas y masivas a las tropas en combate y su efecto era atronador y terrible  como se cita en el Cantar de Mío Cid en el asedio de Valencia.

 

Jairo  Tapia  Tietjen


Sobre el autor

Jairo Tapia Tietjen

Jairo Tapia Tietjen

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Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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