Opinión

Conocí una mujer maravillosa

Diógenes Armando Pino Ávila

09/05/2014 - 11:30

 

De niño conocí una mujer maravillosa, toda paz y dulzura, que siendo madre soltera y en su condición de cabeza de hogar, tuvo la envergadura y fortaleza para criar sus ocho hijos, los crió a pulso, con su trabajo de hornear almojábanas y galletas. Esta mujer amaba su familia hasta el sacrificio, nunca tuvo una queja por sus penurias, afrontaba la vida y sus dificultades con la dignidad que sólo los escogidos muestran. De sus labios solo escuche palabras de cariño y del amor más limpio y puro que pueda profesar persona alguna, jamás oí de su boca malas palabras. Sus labios siempre lucían radiantes mostrando una dulce sonrisa que desarmaba cualquier travesura infantil.

Nunca olvidaré, de esta mujer bondadosa, uno de sus rasgos humanitarios y de cortesía. Cuando llegaba una visita a la hora de comer, y en la olla hervían los alimentos exactos para alimentar a la familia, ella, en su bondad, sin echar ni un grano más, multiplicaba esos escasos alimentos que hervían, y los visitantes comían con nosotros la misma cantidad que acostumbrábamos a comer en el día a día. Años después, siendo ella una anciana, descubrí su secreto de la multiplicación de los peces, quedé asombrado de su bondad y sentido de humanidad, el secreto era tan sencillo que no sé por qué no lo había descubierto en mi infancia, sencillamente ese día ella no comía, repartía su comida entre todos para que no se notara mermada la ración familiar.

Recuerdo también otro de sus dones, ése que los religiosos llaman el don de la sanidad. Cuando sus hijos se caían o golpeaban y llegaban a su regazo llorando y quejándose del dolor, ponía en sus labios esa dulce sonrisa de hada buena y en sus ojos maternales el brillo de ángel de la guarda, entonces estrechaba entre sus brazos a su adolorido hijo, le besaba en las mejillas y con dulzura reciba el conjuro mágico que aliviaba cualquier dolor: «Sana, sana colita de rana…», y por ensalmo la causa del llanto desaparecía, y el niño repuesto del dolor podía proseguir su juego.

Esta mujer tan ocupada, tenía o sacaba el tiempo suficiente para reunir a sus hijos por las noches para revisar sus tareas y contarles historias de la familia y del pueblo, reafirmando así la identidad y la unión de la familia. Por muy cansada que estuviera siempre sacó el tiempo para hacer estas reuniones de tareas y cuentos, y cuando ya todos estaban acostados, ella iba a la cocina a poner en orden las ollas y los platos, luego pasaba revista por toda la pequeña casa poniendo cada cosa en su lugar, en el orden que a ella tenía determinado, solo después de esta rutina se acostaba a descansar.

Recuerdo como si fuera hoy el día en que me dio una lección de entereza y dignidad. Estaba disgustada, le habían puesto una queja sobre el comportamiento de uno de sus hijos, y en el trasiego de la cocina doméstica, tropezó con la pata de una mesa y cayó de rodillas al piso, corrí solícito a darle la mano para ayudarla a levantar, ella, desde el suelo, miró mi mano, sonrió dulcemente y me dijo «Todavía no he aprendido a caerme, gracias, Dios te bendiga» y se levantó por sus propios medios con la dignidad de una reina, y sin una sola queja siguió haciendo sus oficios;  en ese entonces esta mujer tenía cumplidos 72 o 74 años.

Esta mujer, que solo cursó segundo de primaria, tuvo un gesto de los muchos que tuvo conmigo y que nunca olvidaré por lo relevante, ya que marcó mi vida para siempre. Cuando cumplí los diez años me hizo un regalo, un regalo extraordinario: me dio un libro, la versión infantil de Las Mil y Una Noche, era un libro con ilustraciones maravillosas de hombres de turbantes y barbas pobladas que navegaban por los aires en alfombras voladoras y otras imágenes que alborotaron mí calenturienta imaginación infantil y me introdujeron en el laberinto infinito de la lectura y de la escritura y desde entonces viajo al interior de ese laberinto mágico cabalgando a lomo de libros descubriendo universos fantásticos con que alimento mi espíritu.

Esta maravillosa mujer murió a la edad de 92 años, de eso hace ya 6, y desde entonces y por siempre, la recordaré por su sonrisa, por su cariño, por sus consejos y por las enseñanzas de vida con que me prodigó. Amable lector, ya te habrás dado cuenta que hablaba de mi madre, si, de Ella hablaba. Ahora te ruego, piensa en la tuya y eleva una oración a Dios, agradeciendo el haberte premiado con una madre maravillosa.

¡Feliz día de las madres a todas las madres del mundo!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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