Opinión

El vocabulario del conflicto

Diógenes Armando Pino Ávila

13/06/2014 - 11:05

 

Foto: Edwin VillaLos 50 años de guerra que ha vivido Colombia han dado como resultado que el vocabulario funesto del exterminio se haya enriquecido al ritmo de la barbarie y de la muerte, pues en esta Colombia de ahora, solo se habla de atentados, minas antipersonas, tatucos, secuestros, bombardeos, muertes, masacres, y mutilados como si las palabras que describen el horrendo espectáculo de la muerte fueran palabras normales en nuestra cotidiana expresión.

Es tal la presencia del conflicto que nos parece normal una toma guerrillera o una masacre, la cual la catalogamos de “sin importancia”, “medianamente importante” o “importante” por el número de muerte que reporte, sin que sintamos dolor de patria por los que caen, sean civiles, soldados, policías, paramilitares o guerrilleros, sin sentir que los caídos en esencia son colombianos, compatriotas nuestros.

Hemos perdido la sensibilidad social a tal punto que involucramos en nuestro lenguaje, sin vergüenza ninguna, el dialecto de la desenfrenada confrontación armada y repetimos sin pudor alguno expresiones como: dados de baja, desertados, reinsertados, motosierras, desmembrados, desaparecidos, falsos positivos, fosas comunes y emboscadas, como si la tétrica realidad que vive nuestra patria a través de la guerra hubiera realizado un trueque maligno, implantando esas palabras y sepultando bajo montañas de cadáveres palabras como honradez, vida, trabajo, honestidad y tantas otras con que nuestros mayores nos enseñaron a hablar para trasegar por la vida.

Pareciera que la lengua nuestra se volviera cerrera y que a cada momento se encabritara desbocada por el despeñadero tenebroso del salvajismo, pues nos suena a música palabras como: condecoraciones, calificación de servicios, aviones, metrallas, fusiles, misiles, armas blancas, armas de fuego, atracos, boleteos, paseos de la muerte, fleteos y demás, verbal parafernalia de esta conflagración demencial, parece que el olor a pólvora enervara nuestros instintos y el olor a muerte nos parece exquisita fragancia que nos dopa en un viaje de locura a los inicios de hombre primitivo.

En esta locura de la beligerancia que vivimos, la palabra honor y moral toma significados diferentes, para los civiles significa entre otras acepciones «Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo» mientras que para los militares tiene una significación muy ligada a la batalla y han manifestado su malestar por una propaganda donde el presidente candidato le pregunta a unas madres «¿Usted prestaría sus hijos para la guerra? ».  Con la palabra moral ocurre otro tanto similar ya que escuchando a los generales en retiro manifiestan que la moral se le baja a la tropa si se firma la paz, como si la moral se alimentara de la refriega.

Con el gobierno actual se pone sobre el tapete el tema tabú de la guerra y de las víctimas, temática ésta que los gobiernos anteriores no querían ni mencionar, ya que se ocupaban de disertaciones semánticas sobre la confrontación contra la guerrilla y la paz, primando el concepto de que en Colombia no había conflicto armado, soportando esta falacia en el entendido de que si el gobierno lo mencionaba era reconocer el estado de beligerancia de la guerrilla y por tanto darle un estatus internacional de combatientes en un conflicto interno en el país. Lo anterior era como si un paciente que recibe quimioterapia, sostuviera que la falta de cabellos es producto del nuevo look rapado que quiere poner de moda, porque si menciona la palabra quimioterapia es reconocer que tiene cáncer y si lo reconoce la enfermedad avanza fuera de control.

Hoy por hoy se abre la posibilidad real de firmar una paz negociada que permita que nuestros hijos y nietos disfruten por fin de una Colombia en paz y que el pueblo colombiano pueda de verdad viajar por las carreteras del país sin la zozobra de las pescas milagrosas, de los atentados de la guerrilla o del riesgo de otros elementos armados que también son agentes del conflicto.

Ante la disyuntiva de la paz o la guerra creemos firmemente, ajenos al apasionamiento político, que el pueblo colombiano debe tomar partido por la paz, para que podamos de aquí en adelante vivir como sociedad civilizada lejos de la barbarie, apartados del salvajismo, reconciliados entre nosotros, sin la desconfianza, sin el temor y sobre todo en una Colombia próspera donde se pueda gestar otras expresiones afines a la paz y la tranquilidad y donde podamos manifestar confiadamente nuestro pensamiento y sentir sobre la problemática del país sin temor a retaliaciones de uno u otro grupo. Dios permita que la paz sea una realidad.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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