Opinión

En la Tierra Prometida

Diógenes Armando Pino Ávila

11/07/2014 - 11:20

 

Bombardeos en Gaza / Foto: Daily Telegraph El mundo asiste boquiabierto al espectáculo de la Copa Mundo Brasil y, cada día, los ciudadanos de las naciones nos sentamos ante un televisor a cumplir el ritual colectivo de ver las gambetas y genialidades deportivas de esos muchachos que visten las camisetas de sus países y defienden sus colores en las justas futboleras.

Ese ritual donde le rendimos culto al rey de los deportes nos impide ver otras realidades que ocurren simultáneamente al campeonato del mundo. La pasión por el balompié nos mantiene ocupado y evadido de las realidades que se dan en nuestras vidas y en la de los demás, por ejemplo, no nos dimos cuenta que en Colombia el galón de gasolina subió y que esta alza tendrá consecuencias onerosas en el costo de la canasta familiar, la guerrilla del ELN derrama el crudo de los camiones cisternas que lo transportan en una carretera rural colombiana y contaminan las fuentes de agua con que se surten los pueblos del Putumayo.

En Brasil los pobladores de las favelas protestan violentamente contra el espectáculo montado por la FIFA. El grupo terrorista Hamas que dice defender la causa palestina lanza cohetes contra las ciudades de Israel. El mundo entero anonadado por el espectáculo del futbol no ve este otro espectáculo que se vive en esta otra dimensión de la realidad.

Por eso, cuando terminan los partidos y retorna la vida cotidiana, buscando comentarios y noticias diferentes encuentra unos aterradores casos, que como el de Palestina e Israel, que demuestran por sí solos que el hombre no es inteligente. Viendo las imágenes que publica la prensa internacional, las que circulan en las redes sociales y las que los blogueros del mundo muestran repudiando la masacre indiscriminada que los misiles israelíes causan sobre el pueblo palestino, siente uno que el alma se le arruga de dolor y por dentro siente el rugir primitivo de la impotencia ante la locura que causa el odio sobre los hombres.

Es que es duro ver los cadáveres de niños mutilados e incinerados por el bombardeo indiscriminado que sufre la franja de Gaza. Uno no comprende como los políticos de los dos países atizan el fuego maldito de la hoguera de esos odios ancestrales, que datan desde tiempos bíblicos. La mente civilizada se niega a comprender que en razón a creencias y guerras contadas por los libros sagrados se despedacen los seres humanos, en un estado de sicosis colectiva, y peor aún, que ni siquiera tengan la decencia de excluir a los niños, mujeres y ancianos de esa horrible demencia.

No entiende uno, que dos pueblos vecinos con arraigados principios religiosos, cada uno de acuerdo a sus tradiciones y cultura, amando a Dios a su manera, pierdan el sentido de la humanidad y la decencia y entren a un escenario tenebroso de exterminio colectivo matando niños, mujeres y ancianos. No estoy justificando a ninguno de los actores del conflicto y de pronto como padre, y como abuelo que soy, sienta en lo más recóndito de mi alma la rabia, la indignación que produce el dolor de ver cadáveres de niños con las edades de mis nietos.

Tal vez, ese sentido de justicia heredados de nuestros padres, llevan a dolerme del lado de los más débiles, y en efecto, cuando uno sabe que Palestina no tiene ejercito, no tiene aviones de guerra y no tiene marina, independientemente de quién tenga la razón, uno siente que es apenas un gesto de la decencia clamar por el más débil. No desconozco la culpabilidad del grupo Hamas que desde el lado palestino lanza cohetes contra la población israelí y que gracias a la avanzada tecnológica con que los gringos dotaron a Israel, pueden ser neutralizados, haciéndolos explotar en las alturas antes que toquen tierra y hagan daño sobre la población judía.

Me parece descomunal y desmesurada la respuesta de los judíos, que amparados en el escudo invencible de los misiles patriots con que neutralizan los ataques del grupo Hamas, emprendan el masivo e indiscriminado ataque de exterminio contra la población civil de Palestina y masacren a un pueblo que está en clara desventaja ante su enemigo. Son aterradoras las escenas que muestran las imágenes publicadas, donde se ve el cuadro tenebroso de decenas de cadáveres de niños destrozados, apilados entre las ruinas de casas destruidas en la franja de Gaza, se asombra uno ante las escenas de niños y mujeres que huyen despavoridos entre los escombros de edificios dinamitados, en una población sometida a la barbarie del enemigo y de la irracional terquedad de sus rebeldes.

No sé cuál de las partes tenga la razón, lo que sí tengo claro es que a ambos los ciega la sinrazón de unos odios ancestrales, tengo claro que la irracionalidad del hombre llega a niveles de salvajismo y animalidad que ni siquiera las fieras salvajes muestran. Lo que sí tengo claro es que el hombre «civilizado» de hoy odia desmesuradamente y que en su desmesura destruye a sus congéneres. Tengo claro que no hemos podido despojarnos de nuestra condición animal y que en nuestro interior palpita intacto el salvaje que decimos dejamos de ser hace miles de años. ¿Si esto ocurre en «La Tierra Santa» que pasará en la que no lo sea?

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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