Opinión

Ellas

Diego Niño

11/08/2014 - 11:20

 

"Her" de Spike JonzeAunque no me crean, mi segundo amor sucedió a los nueve años. Se llamaba Mónica, tenía cabello negro y una melancolía extraña para una niña de su edad. No sé en qué momento, ni por qué razón,  se cuadró con Ricardo, el mayor de nosotros (tenía doce años). Entonces se transformó en el primer desamor de mi vida. Semanas después, Ricardo se partió el brazo y yo, como buen amigo, le cuidé la novia hasta que terminó el año gracias a que tuve la fortuna que él no regresó.

Dieciocho años después, me enamoré de otra Mónica. Ella, al igual que la primera, tenía cabello negro y una expresión melancólica que iba bien con sus treinta y cuatro años. Pero en este caso, el amor no era tan concreto porque la conocí en un chat. Algunos amigos decían que era un hombre que se burlaba de mí, mi mamá que era una psicópata que me iba a quitar los ojos para venderlos en Europa y otros decían, que si bien era mujer, y no me iba a quitar las córneas, era probable que no fuera la misma de las fotos que había enviado.

El amor en ese momento (2007) tenía un grado de incertidumbre que no tuvo la primera Mónica (1989). De hecho, si lo miramos en general, el amor, gracias a la expansión de Internet, se ha hecho más difuso: nada más frecuente que tener relaciones con personas que viven al otro lado del planeta, de quienes sólo sabemos lo que cuentan de sí mismos y a las que probablemente nunca tocaremos.

Por lo tanto, cabe preguntarse: si la vida continúa con esa tendencia cíclica, ¿cómo será la Mónica que conoceré en veinte años? Es probable que para aquel momento, gracias a los artificios de la tecnología, se podrán evadir las contingencias del azar, teniendo la posibilidad de confeccionarla al gusto. La querré, como no, de cabello negro y con expresión melancólica. Quizás elija que tenga treinta y cinco años (la mejor edad para una mujer) y que sea un collage de ex novias. O puede que no se llame Mónica sino Carolina en homenaje a las Carolinas de quienes me enamoré y que no me dieron ni la hora. En ese caso, en lugar de ser un cementerio de recuerdos, Carolina estará compuesta de partes de mujeres que no me hicieron caso: los ojos de una, la sonrisa de la otra, la personalidad de aquella, la cintura de la de más allá y así hasta que sea una mujer completa

Aunque puede que para esa época me haya desengañado de medio siglo de las trampas de la carne y prefiera ser sorprendido por una voz femenina emboscada en un Sistema Operativo, que susurre versos de Bonifaz Nuño o diserte sobre literatura. No será como mi mente o mis sentidos quieren que sea. Se llamará como ella desee, tendrá una personalidad impredecible (como la de todas las mujeres), dirá cosas que me alegrarán el día o saldrá con reclamos que oscurecerán los fines de semana.

Es factible, entonces, que me enamore progresivamente de su timbre de voz, de su forma de ver el mundo, de su evolución como ser humano, a pesar que no lo es....

¿No lo es? ¿Por qué? ¿Qué define lo que es y no es humano? ¿Puede un software ser humano? Y de ser así, ¿puede enamorarse y sentir a pesar de carecer de alma? ¿Existe el alma?

Estas quizás hayan sido las preguntas que rondaron a Spike Jonze cuando hizo Her. O, tal vez, sólo quiso hacer una gran metáfora de la soledad y le salió una película que me atrevería a llamar milagrosa. Y no lo digo por los efectos digitales (que no sé si los tenga) sino por la profundidad de la historia y la naturalidad con que introduce al espectador en los socavones de la perplejidad. Obviamente, Jonze no trabaja estos temas directamente, con diálogos densos, cargados de citas a pie de página y erudición trasnochada. Ni siquiera los menciona. Sólo cuenta una historia sin alardes filosóficos. Sin embargo las respuestas, bosquejadas en hechos y acciones, quedan flotando en la sala de cine, en la charla del final de la película y en las tinieblas que se transformarán en interrogantes mientras la noche continúa su viaje hacia el amanecer…

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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