Opinión

Jesús Sixto Rodríguez

Diego Niño

18/08/2014 - 11:30

 

Jesús Sixto RodríguezCon justicia se preguntarán quién es él. Sólo podría decirle que es un desconocido por decisión propia.

Hijo de inmigrantes mexicanos que llegaron a Detroit en busca de un sueño que rápidamente se transformó en pesadilla: trabajaban más de catorce horas para obtener sueldos que difícilmente alcanzaban para sobrevivir.

En esta ciudad deambulaba Sixto Rodríguez como un “espíritu errante que transitaba por la ciudad”. Trabajó desde muy joven en Dodge Mayne, una planta de la Chrysler y luego en Eldon & Lynch Road. En sus tiempos libres tocaba en bares marginales.

Fue precisamente en uno de ellos en el que Mike Theodore y Dennis Coffey le ofrecieron producir su primer disco. Recuerda Jesús: “Fue un gran año para mí cuando grabamos Cold Fact. Conseguí lo que quería: grabar un producto y pensé que todo iría muy bien”

Pero no le fue bien.

No obstante que el disco tenía letras maravillosas (de quienes aseguran que son mejores que las de Bob Dylan) y una voz de melancólica y profunda, sólo vendió seis copias.

Meses después lo contactó Steve Rowland (quien ha trabajado con Jerry lee Lewis, Peter Frampton y Gloria Gaynor), para producir su segundo disco. Con él hicieron Coming from Reality.

Álbum que fracasa nuevamente.

Al parecer la música no era para Jesús Sixto Rodríguez. Por ello regresó a trabajar en la construcción. Tuvo tres hijas (Sandra, Regan y Eva). Con ellas vivió en veintiséis casas. La mayoría sin cocina ni cuarto de baño. “Ni si quiera eran hogares, sólo eran lugares donde dormíamos”, dice Regan. Sin embargo, no permitió que muriera la magia: iban a museos, exposiciones y conciertos. “Nos llevaba a sitios a los que se suponía que sólo iban las élites”, comenta Sandra.

Entretanto continuó ganándose la vida destapando cañerías, recogiendo basura, poniendo o quitando ladrillos en jornadas de más de diez horas. “Hace el trabajo que nadie más quiere hacer”, dice Eva. Con todo y lo mala que pueda parecer su vida, hacía que su trabajo fuera una experiencia edificante: “Tiene esa capacidad mágica que sólo los artistas y poetas poseen: elevan los cosas por encima de lo mundano”, afirma Rick Emerson.

Un día de 1998, Eva le dice que lo están buscando en Sudáfrica. Se pone en contacto con Stephen Segerman, quien le cuenta que Jesús Sixto Rodríguez es una estrella en ese país. La razón de su fama, le explicó Segerman, radicó en el hecho que su música acompañó la lucha de los jóvenes contra el Apartheid. Jesús no lo podía creer: era imposible que él, un hombre que no vendió más de seis discos en su corta carrera musical, un hombre que raspaba canecas y destapaba desagües, fuera famoso en Sudáfrica.

No obstante la incredulidad, aceptó tocar en Sudáfrica.

Al llegar lo recibieron en limusinas. Camino al hotel no podría creer que su imagen estuviera en todas las paredes de la ciudad. “Allí estoy. Y allí y allí y allí”, decía al tiempo que señalaba las vallas. Sin embargo, el despliegue publicitario no le quitaba la idea que el concierto sería un fracaso.

Al siguiente día una multitud lo esperaba en el coliseo. Perdido en el alboroto de los asistentes, sonaba el bajo sin atreverse a desligarse de dos acordes. La gente aplaudía a rabiar. Entre las tinieblas del escenario, subió la figura de quien parecía ser Rodríguez. El estadio estalló. Sixto dijo al final de la algarabía: “Gracias por no dejarme morir”. Ahora lloraban hombres y mujeres de una manera descorazonadora (yo hacía lo mismo en la sombra de la sala de cine). Entonces Rodríguez tomó su guitarra, se acercó al micrófono para interpretar I Wonder.

Después de cantar frente a muchedumbres enardecidas, ser entrevistado en radio y televisión, recibir condecoraciones y premios, regresó a Detroit para continuar destapando cañerías, cortando césped o haciendo trabajos de construcción. “Vive una vida muy, pero muy modesta. Ningún exceso. Todavía tiene que trabajar duro para llegar a fin de mes y no hay ningún glamur en su vida”, indica Regan.

¿Cuántos entregan sus mejores años y toda su salud para evadir esa vida? ¿Acaso ese destino es peor que el de los hombres o mujeres que sobreviven invadidos de úlceras y migraña? ¿Es mejor esclavizarse en trabajos frustrantes, que ser libre? Porque eso ha sido Jesús Sixto Rodríguez en estos años: un hombre libre. En la miseria ha tenido la libertad que nunca habría conocido en la fama, aquella jaula de oro en la que han perecido las mejores almas. Era muy probable que su fracaso nos haya librado de verlo desbarrancarse por las laderas de los vicios, hasta que su vida no fuera más que un lodazal que nadie se atrevería a contemplar.

Al final del documental Searching for Sugarman (que ha sido la única fuente de este texto), dice Rick Emmerson, amigo y jefe de Rodríguez: “Lo que él ha demostrado es que hay una alternativa: él se llevó ese tormento, esa agonía, toda esa confusión y ese dolor y lo convirtió en algo bello. Es como un gusano de seda: coges ese material crudo, lo transformas y apareces con algo que no había antes. Algo bello. Algo trascendente. Algo eterno. Y en tanto que haces eso, que creo que es representativo del espíritu humano, tienes una alternativa. Ahora, ¿has hecho tú algo así? Pregúntatelo”.

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

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Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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