Opinión

Historia nacional de la infamia

Luis Carlos Ramirez Lascarro

31/10/2014 - 06:55

 

Fachada del cementerio central de Bogotá

El pasado domingo tres de Agosto pude, finalmente, cumplir una cita que llevaba aplazada varios años: una cita con varios de mis muertos. Una visita al cementerio central de Bogotá. 

Estos muertos no podrán ser encontrados en un probable inventario de vínculos familiares o de amistad que se pretenda hacer. No tan fácilmente, creo. Estos muertos son míos de la misma forma que terminan siéndolo mis amigos, por decisión, por escogencia. 
Un poco, por necesidad.

La intención inicial del recorrido de esa lluviosa mañana capitalina era encontrar el mausoleo del maestro José Asunción Silva: El papá de todos nosotros, lo sepamos, lo aceptemos y lo comprendamos, o no. Uno de esos poetas a los que uno siempre vuelve y de los pocos a los que se puede echar mano para ejemplificar incontrovertiblemente la gaseosa noción de la musicalidad del poema y la dificilísima (y a veces inalcanzable) contención al escribir. Sinceramente, no sabía qué buscaba, pero pretendía encontrar algo que me rescatara del atolladero en el que chapoteo hace un par de meses con un texto sobre el autor del Nocturno III. No sé bien, aún, qué encontré en ese recorrido azaroso y ecléctico.
No era ésa mi típica mañana capitalina, comenzando por ser de domingo y por ser lluviosa, aun siendo esto último lo normal en el imaginario colectivo de nosotros los provincianos. Lo calentanos. A pesar de que prefiero las soleadas, que han sido la mayoría para mí, en mis esporádicas visitas, esta mañana rola estaba en su punto. Era una mañana ideal para salir a tragarse el centro de la ciudad en una larga caminata desprevenida (o ni tanto) que lo paseara a uno por su rancia arquitectura aristocrática y sus callejas provocadoramente despobladas de automóviles, surcadas de vez en cuando por un infaltable transeúnte atosigado, un perro hambriento hurgando en las basuras, un vigilante acartonado, una abuelita cantaletosa y su nieta impaciente revoloteando las colmenas comerciales, además de eventuales ejemplares de alguna de las innumerables y variopintas subculturas y/o tribus urbanas que la pueblan un poco a la sombra, en una cierta periferia social, claxonazos, tinteros, músicas estridentes de procedencias regionales dispares, el ronquido de la brisa que baja de los cerros tutelares a meterse entre los edificios, el ronronear de las llantas de los vehículos sobre las grietas del pavimento, el voceo de los mercaderes de cuanta chucherías se pueda vender, con fin práctico real o inventado, y la indecencia de los ojos que reconstruyen las curvas asfixiadas, más que abrigadas, de las hembras con poses de indiferentes y altaneras, que terminan de convertirla, en un dos por tres, en el insospechado escenario de la cotidiana lucha descarnada por la supremacía y la supervivencia que, realmente, es el bosque de hierro y cemento que uno siente apretujarse a sus pies y a un costado del avión cuando encara a Bogotá por primera vez desde las alturas. Al bajar, al enrostrarla, se convierte en un retorcijón de barriga y en ocasiones en un cagadero, en un dolor de cabeza imposible de definir en su origen y en su ubicación, y en una puteadera de madre por su tráfico endemoniado, sus huecos de mierda, la contaminación fastidiosa y la indiferencia asquerosa a la que obligan la inseguridad, las fallas de movilidad, los trajines y los carrerones a sus pobres habitantes. Andinos o no.

Tomar un Transmilenio ese día era una delicia difícil de repetir y creer. Poder contar las personas en la estación Calle 26, sobre la Caracas, a golpe de ojo, daba una sensación de privilegio y superioridad, casi, como poder ver ocultarse el sol tras las cúpulas de las iglesias del centro histórico de Cartagena después de varios años de ausencia. Quizá por el aire desprevenido y festivo de todos alrededor o porque, al fin, la ciudad logra permitirte, en ambos casos, que entres en su espíritu (que es el mismo de sus habitantes) y, por primera vez, puedes no sentirte extranjero en sus sardineles y sus bulevares.

Dejando atrás la avenida El Dorado y la indignación y la repugnancia que causa recordar toda la corruptela que se ha cebado en sus calzadas, el asunto del cementerio fue tomando otro rumbo a partir de mi encuentro con las criptas de Don Rufino José Cuervo, Miguel Antonio Caro y Marco Fidel Suárez. Don Rufino no necesita presentación, en parte ninguno de los tres, sobre todo ante quienes hayan sufrido de manera más o menos consciente las torturas lingüísticas acostumbradas en la escuela, antaño. Sin embargo, a Miguel Antonio y Marco Fidel, no se tendrá del todo claro, seguro, si se les recuerda más por sus aportaciones lingüísticas y literarias o por su paso más bien desafortunado por los lares del poder. Poetas - gobernantes o lo contrario que, quizá, inauguraron la insana costumbre colombiana de pretender erigirse en versos una escalera al poder o de hacerse el poeta desde el poder (como el bufo Roy Barreras), confundiendo regularmente las consignas políticas y los discursos patrioteros y embaucadores de la mayoría con literatura… la ridícula forma que más puede ponernos en evidencia el fatal divorcio histórico entre la expresión de nuestros artistas y nuestros gobernantes y las raíces de nuestros pueblos.


Luego de las tumbas de estos eminentes filólogos, me fui tropezando con varias otras tumbas, a veces decrépitas, oscuras, penosas, de presidentes, próceres y otros personajes de la vida pública nacional pertenecientes a mis libros de colegio o a los noticieros sanguinarios que pueblan nuestros televisores. Ese camposanto es un espacio en el cual uno puede, como en el cuento de Carpentier, tener su regreso a la semilla. Un espacio en el que las primeras ofrendas florales que realicé fueron risueñas, cargadas de complicidad y gratitud, con Don Rufino y José Asunción, pero que se fueron convirtiendo en un interrogante irresoluto (el mismo que tantas veces me ha quitado el sueño los últimos quince años, por lo menos), en un suspiro incontenible y unas lágrimas amargas e inesperadas al irme encontrando entre aletazos y cagarruta de palomas, y el rumor de fondo de los rezos de la capilla central, las tumbas del general Uribe Uribe, el comandante Pizarro y los doctores Álvaro Gómez, Luis Carlos Galán, Manuel Cepeda y Jaime Pardo Leal. Ese volver a la semilla, para mí, fue encontrar las cicatrices a medio sanar de las llagas ulceradas y aún escuecente de lo que, parafraseando a Borges, podríamos llamar: La historia nacional de la infamia, empezando por descubrir que la tumba más estrambóticamente grande es la de Santander, el traidor hombre de las leyes, ese falso héroe nacional, y que en el callejón central, encabezando la necrópolis, está la tumba de uno de los tipos que más ha contribuido a escribir esta historia macabra: Laureano quien, además, no deja de dar la sensación de haberle tirado la aspiración presidencial a su hijo Álvaro con su pava inmarcesible, acompañado de varios de esos otros que nos han venido jodiendo desde que Colombia es Colombia: Los dos López, Rojas, Barco y Turbay, sin olvidar al primer Santos y varios de los demás habitantes de la casa de Nariño, desperdigados por los laditos de ese pasillo central, donde, además de Galán y Álvaro Gómez (a la sombra del Gran Godo), deberían estar Gaitán, Garzón y Gabo y los espacios para Cochice, Pambelé, Llinás y Cuero, entre otros paisanos que sí han sido constructores de patria, grandes colombianos.
La portada, que da acceso a la elipse interior del camposanto, está presidida por una estatua intimidante del dios Cronos, con una guadaña descomunal que, junto a su cara de pocos amigos y su pose de impaciencia, dan poco crédito a la supuesta espera por la resurrección de los muertos que reza el granito a los pies del dios Griego con actitud de sicario. Apenas el guardián ideal para la morada final de tantas víctimas de magnicidios: la estrategia de control electoral que la alianza criminal del estado y el narcotráfico puso de moda entre los ochentas y noventas y que nos negó la posibilidad de experimentar, de intentar tener un país por lo menos más decente. Esos han sido los crímenes de más alta recordación mediática, pero no los más atroces dentro de esa violencia sistematizada que se emplea como herramienta política y económica en contra de la población civil, aplicada con sadismo y bestialidad sin nombre ni medida, degollando niños, arrancando ojos y órganos internos o jugando fútbol con la cabeza de los recién decapitados y tantas otras barbaridades que a uno le arrugan el alma al pisar la plaza y las canchas donde se perpetraron las orgías de sangre de El Salado o le obligan a un penoso silencio al preguntarle de dónde es a una bella mujer de esta población, que acaba de conocer, temiendo que al preguntarle por su familia termine llorando al recordar que alguno o algunos de ellos murieron a manos de alguno de los actores armados que tanto y por tanto tiempo los castigaron y aún hoy en día les siguen amenazando desde los recuerdos.

La tumba que más duro me dio visitar fue la de Jaime Pardo, quizá por esa historia que me contaba mamá en la que yo a mis tres años señalaba a un uniformado y le decía: “¡Verdad, mamá, que los que mataron a Pardo Leal fueron los policías!” O, quizás, por ese poema que escribí sobre su muerte: La hora señalada… 


Vuelve a perdérsenos la senda tras una densa niebla


a las tres y cuarenta y cinco de la tarde


Y en un charco sin remedio de amargura y de rabia


a las tres y cuarenta y cinco de la tarde


Mataron al doctor Pardo y la esperanza de sus seguidores


a las tres y cuarenta y cinco de la tarde


Un domingo, once de octubre, de mil novecientos ochenta y siete

a las tres y cuarenta y cinco de la tarde


… el cual recordé ante su tumba y desencadenó en mi mente los recuerdos propios y ajenos que van desde la imagen de los miembros de la Cruz Roja escarbando en los escombros del estallido del vuelo 203 de Avianca el veintisiete de noviembre del ochenta y nueve en Soacha, hasta el manotazo y el “País de mierda” de César Augusto Londoño el trece de agosto del noventa y nueve tras el asesinato de Garzón, y se remontan hasta los abusos en contra de nuestros hermanos indígenas y africanos ultrajados por los invasores españoles y se expanden hasta los más recientes ataques de las FARC y el ELN, principalmente en el suroccidente del país y los estragos que la ineptitud y la corrupción, bajo las formas del hambre y la sed, causan en mi querida y siempre maltratada región, sobre todo en La Guajira.

Esa visita al cementerio central fue un volver a encontrarme con la historia de este país  siempre dividido, siempre polarizado, que no ha sido capaz de tomar el poder en sus manos, de dirigir su propio rumbo, sino que se ha limitado a entregarlo a unos explotadores profesionales que se encargan de mantenerlo distraído de los temas realmente importantes cuya solución podría dar fin a esta infame historia de violencia (en todas sus formas) que hemos vivido de manera irremediable hasta hora. Los diálogos de paz, por ejemplo, son pocas veces vistos como lo que en realidad son: un aporte a la reducción del conflicto, nada más, no son ni la panacea como lo proponen unos ni un claudicar ante un enemigo como lo ponen otros que no recuerdan todo lo que ellos entregaron sin mayores reparos. Si nos vamos al supuesto de que se logren los acuerdos y se llegue a la desmovilización de los combatientes de las guerrillas… si a esas personas que se desmovilicen de las FARC y, posiblemente, del ELN no se les dan opciones reales de subsistencia y superación al salir del conflicto, como ha pasado con muchos de los desmovilizados del paramilitarismo, se van a ver obligados, al igual que estos, a volver a delinquir bajo otra denominación, provocándose, solamente, otra de las tantas mutaciones complejas que ha tenido nuestro problema.

¿Hasta cuándo estamos dispuestos a soportar para poner el punto final a esta historia infame?

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

ramirez.lascarro@gmail.com

 

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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