Opinión

Por fin justicia con los ancianos

Diógenes Armando Pino Ávila

31/10/2014 - 06:50

 

Desde siempre los ancianos han sido el epicentro de la familia y de la tribu, sobre los ancianos caía la responsabilidad de aconsejar y dirigir los destinos de los miembros de la comunidad.

Esta responsabilidad no caía sobre ellos por caprichos, sino que la comunidad valoraba, y mucho, la experiencia acumulada por los años de existencia de los mayores. Consideraban que esa experiencia, esa sabiduría sería propicia para hacerlos depositarios de saberes y tradiciones, lo que les hacía meritorios para ser consejeros.

Esta tradición hizo tránsito a nuestros hogares y en estos, siempre la persona mayor era la que llevaba la voz cantante. Eran nuestros ancianos, los que dirimían cualquier disputa al interior de la familia. Eran ellos, los mayores, los que mediaban para solucionar los conflictos interfamiliares. Eran sus sabios consejos y razonamientos los que servían de instancia superior para fallar y emitir el juicio con que se daba por terminada cualquier disputa o problema.

Era una forma sabia y sencilla, donde la oralidad jugaba un papel importantísimo, pues como depositarios del saber colectivo eran capaces de rememorar conflictos del pasado y aplicar con sabiduría igual sentencia o variarla según las circunstancias. Lo importante de este sistema de autoridad era que las partes quedaban conformes y los conflictos terminaban sin pasar a mayores.

Desafortunadamente, esto pasó a ser historia antigua y la familia, sus miembros, quitaron esa investidura y esa autoridad majestuosa que recaía sobre los ancianos. La escolarización de las nuevas generaciones, la profesionalización y la misma modernidad fue desplazando la autoridad y presencia del anciano a rangos cada vez menores y andando el tiempo les dejó sin funciones ante la familia. Por ello, nuestros abuelos deambulan en un mundo del pasado por nuestras casas, sin que nadie les tenga en cuenta.

Nuestros abuelos y padres en edad anciana son considerados como esos muebles que están dentro de la casa y que mudan de cuarto en cuarto para que no se vean, pero que por algún motivo no podemos desprendernos de ellos. La arrogancia de los jóvenes llega a límites, antes, impensados, como faltarle el respeto a estos seres maravillosos que dieron su vida, sus fuerzas y su juventud por formar una familia, sin la cual ese joven difícilmente pudiera sobrevivir en la agitada sociedad de hoy.

Por estas razones expuestas, celebro que la Corte Constitucional en su reciente fallo estipule sin ambages que “los miembros de la familia tienen el deber de procurar la subsistencia de aquellos integrantes que no están en capacidad de asegurársela por sí mismos”.  Al fin se hace justicia con los abuelos que son víctimas de abandono y de maltrato. Este fallo, según registra el periódico El Tiempo el día jueves 30 de 2014, “se da tras estudiar el caso de una mujer de 70 años que, mediante conciliación, acordó que sus hijas le entregarían 50.000 pesos por concepto de manutención mensual. Como no le cumplieron, se vio obligada a interponer una tutela”.

La Corte tuvo en cuenta que “la subsistencia de un adulto mayor está comprometida en razón de su estado de indefensión, dado que su capacidad laboral se encuentra agotada”. Creo que llegó la hora de hacer justicia y parar tanta inequidad. Es hora que los hijos se hagan cargo de los ancianos, lo ideal es que fuera por conciencia, por agradecimiento, por retribuirle a esos viejitos todo lo que nos dieron en el pasado. Por reconocer su valentía al renunciar a ser Ellos, para convertirse en el cabeza de la familia, para proveerle techo, alimento, vestido, protección y afecto a sus menores.

El otro día leía o veía, no recuerdo en el momento, a un pastor de una iglesia cristiana que decía, y con sobrada razón, que ”uno llegaba a comprender que el padre tenía la razón, cuando nuestro propio hijo piensa que estamos equivocados”.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

 

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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