Opinión
Monólogo de un caballo citadino

Al verme, algunos curiosos aficionados a la caballería rememoran los nombres de los caballos famosos de la historia: Pegaso, en la mitología griega, el caballo alado de los dioses del Olimpo. Babieca de El Cid Campeador. Rocinante de Don Quijote de la Mancha. Bucéfalo del emperador Alejandro Magno. Palomo del libertador Simón Bolívar. Pero yo no tengo nombre, sólo soy un caballo escuálido que arrastra el peso de una carreta por las calles de la ciudad.
A pesar de ser caballo, me degradan cuando a mi carreta le dicen carro de mula. Yo prefiero el nombre de carreta de caballo, porque según unos analfabetas cristianos la mula fue maldita por comerse la hierba del pesebre en Belén, y Dios la maldijo con la esterilidad. Aunque yo sé, que eso es leyenda, pero la tradición se hace costumbre. La mula es el resultado de un cruce entre caballo y asno. Las mulas son casi siempre estériles o semiestériles, en raras ocasiones pueden generar óvulos fértiles; pero los machos (mulos) son estériles por un problema en la glándula seminal.
Es cierto que nadie debe cambiarse por otro; pero a veces yo quisiera ser El Faraón, ese caballo del Poeta Diomedes Daza que Valledupar siempre recuerda, porque en aquella tarde lluviosa de agosto cuando una enlutada cabalgata acompañaba el sepelio del poeta y El Faraón de la mano de un guardián, al notar la ausencia de su jinete un aguacero de lágrimas bañaba su cara. Sólo quisiera ser El faraón para demostrarle a la gente que todos los caballos somos fieles a la amistad y al jinete.
Como no soy caballo de elegantes coches de matrimonio de reyes, de turistas o de carrozas fúnebres, sólo soy un equino escuálido, condenado al trabajo. No tengo descanso ni derecho a pensionarme, no descanso en la vejez, más me esclavizan en las ciudades. Envejecido, con los colmillos desgastados y encorvados, el irónico refrán: “a caballo regalado no se le mira el colmillo”. Nadie piensa en mí, como un ser con sus derechos y sus para bienes. Vivo condenado a la soledad, no tengo la libertad del disfrute de los instintos eróticos, no hay yegua a mi alcance ni una burra mansa.
Sometido a sol y lluvia, a pesadas cargas, y lo peor, a fuetazos lacerantes, obligado a transitar en vías contrarias, a pasar semáforos en rojos y a recibir madrazos de conductores acelerados y mezquinos. No tengo descanso, no puedo saciar mi apetito, unas migajas de hierbas o unos cuantos granos de maíz. Si mi amo se emborracha, permanezco todo un día amarrado a una reja o a un tronco, y se olvida que da sed y me da hambre.
De mí sólo se acuerdan los políticos cuando están en campañas, me utilizan para sus caravanas, me adornan como arlequín de carnaval, en mi carruaje exhiben sus propagandas. Y después, soy uno más de sus promesas en olvido. Quedo como dice un canto vallenato: “para el animal no hay un Dios que lo bendiga”. Aunque hay una Sociedad Protectora de Animales, para ella no existo. Sus miembros son indiferentes antes los frecuentes asedios de maltratos, abusos e improperios. Al final soy un esqueleto andante, lacerado de llagas, podría ser la nueva inspiración en la reencarnación del autor de La Perrilla y entonces me cantaría:
Sarnoso era…digo mal
no era un equino sarnoso
era un sarno equinoso
con figura de animal.
Era, otrosí derrengado
la derivaba un resuello
puede decirse que aquello
no era caballo ni nada.
José Atuesta Mindiola
Sobre el autor
José Atuesta Mindiola
El tinajero
José Atuesta Mindiola (Mariangola, Cesar). Poeta y profesor de biología. Ganó en el año 2003 el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y es autor de libros como “Dulce arena del musengue” (1991), “Estación de los cuerpos” (1996), “Décimas Vallenatas” (2006), “La décima es como el río” (2008) y “Sonetos Vallenatos” (2011).
Su columna “El Tinajero” aborda los capítulos más variados de la actualidad y la cultura del Cesar.
1 Comentarios
Hermoso escrito. Así es como se sienten muchos caballos de la costa...
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