Opinión

Hablando de paz y echando balas

Diógenes Armando Pino Ávila

15/12/2014 - 05:00

 

El sistema de diálogos pactado entre las FARC y el gobierno, consiste en hablar de paz bajo el fragor de los combates, por tanto el Estado colombiano a través de sus fuerzas militares está en el derecho de bombardear y hacer operaciones militares en donde quiera se encuentre la guerrilla, sin poner en riesgo a los civiles ni sus propiedades, esto da pie para pensar, aunque a mucha gente le parezca absurdo, que los sediciosos también están en libertad de continuar sus acciones de ataque y defensa. Es lo pactado al acordar hacer un diálogo de paz sin un cese de hostilidades entre las partes.

Argumentos van, argumentos vienen. Unos dicen con razón que el Estado es soberano y que está legítimamente constituido para atacar la subversión donde quiera que estén. Los subversivos aducen que pueden ejercer, como fuerza beligerante, el derecho a defenderse y repeler ataques de su adversario. Todo el mundo sabe que este proceso de paz se negocia echando balas y que cuando hay conflagración, hay muertos y que, cuando uno de los contendientes son guerrilleros, la confrontación se torna no convencional, pues la correlación de todas las formas de lucha es un elemento que históricamente han utilizado todas las guerrillas del mundo, por tanto, ellos utilizan el atentado, el secuestro, la extorsión, los cilindros bombas y que sé yo, otras formas de hacer la confrontación.

Aun sabiendo que esas son las reglas de juego pactadas entre la FARC y el gobierno, aun sabiendo que la posición de las FFMM es que no se dé el cese al fuego, aun predicando que no debe haber cese bilateral, aun pregonando que no se debe desescalar el conflicto, aun siendo consciente de que las reglas de juego son ésas y que, por tanto, se van a dar situaciones propias del combate, cada día se arma un revuelo mediático por cualquier escaramuza que haga la FARC y a voz en cuello salen los pregoneros del conflicto a pedir que se rompan los diálogos y que se prolongue la contienda hasta ver exterminados a los sediciosos. Otros salen a tildar al gobierno de arrodillado, de entregar el país al castro-chavismo, los más osados espetan de comunista al gobierno de Santos, aun sabiendo que este representa a la élite que ha ostentado el poder político del país por doscientos años. Sale del closet de la ineptitud un fósil político como Pastrana a decir que es vergonzoso lo de la conexidad y la catalogación del delito político. Sale Uribe a dar cátedra de civismo y moralidad pública, salen especímenes de diferentes condiciones y pelajes a echar su discurso contra el gobierno y el proceso de paz.

Los amigos del gobierno salen al frente y a la riposta enrostran a los impulsores de la refriega, la incapacidad que tuvieron en su oportunidad de derrotar a la guerrilla y no lo hicieron o no pudieron. Otros argumentan que el proceso de paz con los paramilitares fue permisivo y que en ningún momento se les exigió que entregaran las rutas del narcotráfico y que, por tanto, el negocio continuó. Algunos le refrescan la memoria a Pastrana recordándole los cuarenta mil kilómetros cuadrados de la zona de distensión en El Caguán donde los Farianos se fortalecieron

El pueblo confundido no opina, se mantiene silencioso, expectante, esperanzado en que se firme la paz, con el anhelo de que se termine el pleito que tanto daño le ha causado al país. La gran mayoría del pueblo colombiano quiere la paz, necesita la paz, anhela la paz, desea que el conflicto termine, añora vivir una vida normal, sin la zozobra del secuestro, de una pesca milagrosa, sin el temor de la amenaza, de la extorsión, del chantaje, de los falsos positivos. La gran mayoría de los colombianos queremos ser gente normal, queremos pertenecer a una sociedad donde la vida se valore, donde no se viole ni maltrate a las mujeres, donde no se recluten niños para la guerra.

Queremos vivir en un país donde no haya injusticia, en una sociedad incluyente donde se respeten las diferencias, una nación de oportunidades para todos, donde la política esté regida por la ética, donde se erradique la corrupción, donde nuestros hijos o nietos puedan correr en los parques, asistir a las escuelas, donde tengan un servicio de salud eficiente, es decir, todos queremos a un país decente que se pueda llamar Colombia. Para que este sueño comience, para que inicie ese viaje de felicidad es necesaria la paz, no de otro modo podremos construir el país que soñamos para nosotros y nuestros hijos y nietos.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

 

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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