Opinión

Renovación o hecatombe

Wladimir Pino Sanjur

13/01/2015 - 06:30

 

En este año político nos queda una de dos opciones: la renovación o la hecatombe. La renovación no puede llevarnos al concepto necesario del relevo generacional, tan mal interpretado por los pueblos, ante la utilización dañina que hacen los políticos de esta máxima de la democracia, puesto que el relevo lo depositan en sus hijos y familiares, o en algunos casos en sus hombres de confianza, renovándose la persona, pero prevaleciendo la cultura de la corrupción que tanto daño le ha hecho al país.

Cuando se plantea la renovación, nos referimos al concepto amplio de oxigenación de ideas, de renovación de pensamientos, de cambio de mentalidad y de actitud, del emprendimiento de una cultura política diferente. Una renovación donde se replantee el concepto de administración pública vigente, donde prevalezcan los derechos generales sobre los particulares, donde el elector deposite el voto por el programa y no por el favor prometido, donde la planeación y la austeridad sean la máxima del postulado administrativo y la hoja de ruta sobre la cual se construya el nuevo estado.

Es necesario que el pueblo entienda que la política necesita ser moralizada y que el reflejo de la vida de cada uno de los actores políticos, en sus escenarios privados, es la única carta de presentación para aspirar a cargos de elección popular. Así como se administra la vida en particular, se administrara la cosa pública.

El pueblo debe oxigenarse así mismo, auto-renovarse, puesto que ha sido contaminado con la usanza política, se ha entregado sin vergüenza ninguna al banquete de corruptela ofrecido por los poderosos.

La ciudadanía ha cedido su sitial de honor como elector primario y depositario de la soberanía popular, la ha entregado sin temor alguno a caudillos endiosados que se erigen como salvadores y portadores del querer popular, el pueblo ciego se dejó encerrar en los corrales de las familias más aristócratas del país, sirve en el frente de batalla en las luchas de estas clases poderosas, poniéndole el pecho a la agresión y a los abusos.

El pueblo olvidó que es el elemento más importante del concepto de Estado, pues no sólo constituye la nación, sino que la soberanía reside en él, y se amancilló a los pies de sus verdugos.

Si en las elecciones de octubre próximo no tenemos despertares de conciencia que conduzcan a cambios radicales, el país seguirá ilusionándose con las promesas en la plaza pública, a donde los electores son conducidos como borregos, no como personas con descernimiento, sino como elementos necesarios de medición de fuerza y luego se desilusionan y viven la opresión de parte de la persona que ellos mismos eligieron como su verdugo.

La hecatombe conducirá a la deuda pública injustificada que reducirá la inversión social, a necesidades colectivas insatisfechas, a la garantía estatal sometida a pocas manos; llegaremos al extremo de un pueblo mayor en número, pero menor en respeto y en privilegio que la clase dirigente.

Es necesario que el pueblo entienda que no elegirá a su salvador, ni un monarca, que simplemente designará su representante, quien elaborará el plan de desarrollo mancomunadamente con las comunidades y ejecutará obras de acuerdo a las necesidades de la comunidad y con su concertación, cuando el servidor público de elección popular y el pueblo entienda que no elegirán un mandatario, sino al empleado de todos y que nadie le debe reverencia a él, sino él a su pueblo, ese día la hecatombe pasará y entraremos a los aposentos de la Renovación de lo contrario viviremos per secula seculorum en la Hecatombe.

 

Wladimir Pino

 

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