Opinión

Mi tercera vez

María Jimena Padilla Berrío

19/01/2015 - 07:30

 

A decir verdad, siendo niña, cuando veía tomar café a mi papá todas las tardes después de su plácida siesta, sentía mucha curiosidad por probarlo, aunque siempre me topaba con la excusa sin sentido: “los niños no toman café”. Los confites de café, el café con leche, fue la relación más estrecha que tuve con la bebida negra, y aunque el café con leche no era que me simpatizara mucho, mi golosina preferida era de café.

Cualquier día la tentación se alejó, mi padre suspendió el consumo de café aduciendo sus desventajas a largo plazo y, pese a que la curiosidad tampoco era tan fuerte, cualquier día me encontré sola en la cocina de mi abuela con el termo del café en frente. La ausencia de adultos y la tenue tentación inmortalizaron aquél día como mi primera vez con una taza de café. Hice el ritual completo, tomé una taza de tinto, la puse sobre un plato pequeño y serví café. Lo observé por un momento, estaba humeante y su olor me trasladaba a las tardes de tedio en las que observaba tomar café.

Me senté en un pasillo largo que de la cocina conduce al patio y, contemplando la soledad de aquél instante, el primer sorbo de café generó una sensación amarga en mí. En realidad, como todo en mi vida se reducía a los dulces, no encontré demasiado placer en aquélla sensación, mi burdo sentido del gusto sólo aceptaba de chocolates hacia arriba, nada por debajo de esos niveles de dulce. Miré la taza con desconcierto, no podía creer que tanto misterio se reducía a eso, entonces me incorporé, vertí el café por el drenaje del lavaplatos y borré toda evidencia.

Desde aquél día hasta mucho después, una tarde cualquiera ya de mis días de universidad, no volví a saber lo que era una taza de café. Una tarde, gris como muchas de “la ciudad de la eterna primavera”, un amigo me invitó a salir, a conocer ese otro lado de la ciudad, ese que se esconde detrás de las bibliotecas, los bares de tango y los cafés para misántropos, la ciudad exquisita detrás de una copa de vino, una buena comida y una buena canción.

Llegamos a uno de esos cafés bohemios, de los que invitan a una buena charla y a disfrutar del entorno, él pidió una taza de café y yo, por no desentonar con el momento, y por pretender perderme entre todo aquello, me adherí a su antojo; una hora después tenía dolor de cabeza. Desde entonces asocié el café con la migraña, aunque mi teoría estuviese sustentada en algo sin fundamento. Mis días de Universidad transcurrieron siendo ese ser extraño que se sienta a departir con mucha gente sin un café en la mano.

Cada vez que se formaba una tertulia en cualquier mesa de pasillo sobraba un café, pues, alguien salía a comprar la ronda dando por sentado que todos en la mesa tomaban café, hasta que cualquier día, en medio de cualquier conversación interesante, no sobró café. Sólo recuerdo que vi unos ojos intensos viniendo hacia mí y, sin mediar palabra, me entregó un café.

Sin tener mucho tiempo para reaccionar, acepté el café y, después de mirar la taza humeante, recordar mi primera vez y dejar de lado mi segunda, sin pensarlo, bebí el primer sorbo. Cruzamos una mirada en ese momento, él sonrío y se me acercó, se acomodó a mi lado y con expresión de satisfacción me confesó que él sabía, en el fondo, que una mujer como yo tenía que tomar café. Nos reímos fugazmente y entonces me confesó que alguna vez me vio despreciar una taza de café y, martirizado por aquél episodio, su propósito en silencio era encontrar un momento propicio para indagar por aquél infortunio.

Aquél día fue el momento, y aunque tenía un derrotero de preguntas, todas se desvanecieron con la imagen del café y yo. Desde entonces, desde que descubrí que en realidad el café no me producía dolor de cabeza, mi deporte favorito es “tintear”, de hecho, las mejores conversaciones y compañías han transcurrido detrás de un tinto, y cuando el día lo amerita, otro tipo de tinto (vino). Las mejores historias, los momentos más intensos, las miradas más profundas y los versos más certeros, casi todos, han transcurrido en medio de algún buen café.

Desde mi tercera vez, amparada bajo la obsesión de un alguien que no pudo comprender cómo alguien era capaz de tener una charla amena sin café, mi tercera vez abrió ese mundo que desde entonces comparto con las amistades siempre, las que nacen y se mantienen con el pretexto de un café, y las que terminan por mezclar música, libros, relatos y lluvia debajo de secretos inconfesos y amores imposibles.

Y como esta historia hacía parte del baúl de historias sin contar, ve la luz por causa de un reportaje que acabo de leer, un reportaje más que inspirador en el que se entremezcla la cotidianidad, la diversidad, la vida desde adentro y desde afuera, alrededor del café. Se trata del reportaje de Jorge Panchoaga, quien recopiló fotografías de varias partes del país en medio de una investigación alrededor del café en la vida de los colombianos. El reportaje, con fotografías a la altura de la historia misma, titulado “café en negro”, hizo revivir las mejores tardes y las mejores compañías que, en mi reducida vida, han sido amenizadas con una taza de café.

 

María Jimena Padilla Berrio

@Majipabe

Sobre el autor

María Jimena Padilla Berrío

María Jimena Padilla Berrío

Palabras Rodantes

Economista de la Universidad Nacional de Colombia, cuasiabogada de la Universidad de Antioquia. Soñadora incorregible, aventurera innata, errante. Guajira de cuna, crianza y corazón, ama su cultura como al coctel de camarón. Investigadora, melómana, cinéfila y bibliófila. Su mayor placer es deslizar un lápiz sobre un papel.

@MaJiPaBe

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