Opinión

El poder omnímodo se acaba

Diógenes Armando Pino Ávila

23/01/2015 - 09:10

 

En Colombia pareciera que después de James, Jackson, Falcao, (por mencionar los buenos de primero) y Zuluaga, FARC, ELN, Uribe, (por mencionar los malos de último) fueran el ombligo de la existencia de la nación, ya que este país, según parece,  tiene dos ombligos. Uno que muestra lo mejor del país, sus esforzados deportistas que brillan con luz propia en los escenarios internacionales, y otros que, como los agujeros negros que existen inexplicablemente en el Cosmos, se tragan la luz que emiten los astros luminosos, aquí ellos, los últimos consumen en grandes dosis la luz de los buenos y hacen que las agencias noticiosas muestren a Colombia como un país sumido en la penumbra de la violencia y corrupción.

Todo ciudadano aspira a vivir en paz, desea que sus dirigentes sean honestos, justos y sobre todo que respeten la justicia. En nuestro país, desde el inicio de la República hemos tenido como dirigencia todo lo contrario, este país ha sido manejado por una elite que hereda el poder y se lucra de él, mientras que el pueblo, adormecido por la chicha del discurso patriotero, sigue votando “por los mismos con las mismas”. 

En los últimos quince años, el proceso de corrupción se acentuó, pues con la carreta electorera de que se necesitaba mano dura contra las guerrillas, se eligió a un presidente, que si bien es cierto fustigó con fuerza y odios a los sediciosos, también es cierto que se excedió en el uso de esa misma fuerza, causando muertes inocentes, dolor y lágrimas en familias humildes. Con el deseo de mostrar estadísticas de recuperación moral, se utilizó con desparpajo, el seguimiento, las chuzadas y la persecución a los opositores del gobierno, se espió a los jueces y magistrados, se le hizo seguimiento ilegal a sus familias, se persiguió a defensores de Derechos Humanos, se masacró líderes sindicales, se acalló a garrotazos las protestas. Todo esto acompañado de un discurso mesiánico, que justificaba su sevicia, pregonando que se defendía los “intereses superiores de la Patria”.

A los opositores políticos no le dieron tregua ni cuartel, los apabullaban con esa mayoría delirantes de fanáticos que seguían ciegamente los mandatos de su patrón. A los periodistas, que con independencia osaban levantar la voz de protesta, le colgaban el san Benito de subversivos y con esta etiqueta, que era una orden tácita para ser ejecutados, los oscuros grupos ilegales en su accionar dejaron tendidos en el piso a muchos colombianos y colombianas.

El gobierno se adueñó de todos los órganos del poder, el gobernante era juez y parte en todos los procesos contra sus opositores, jamás en la historia del país hubo tanta injusticia y atrocidad, nos convertimos en una nación bárbara, donde la fuerza, la agresión y la muerte campeaban por todas partes. Eso sucedía mientras ostentaban el poder y se creían seres privilegiados, nacidos solamente para mandar, para disciplinar, incluso se sentían con el derecho de menospreciar a los demás mortales.

Estos señores pensaron que el poder era eterno y que tenían escriturada la nación para ellos. Basaron sus sueños en la fantasía del poder absoluto en manos de un Mesías con el poder de trascender en el tiempo y romper los periodos constitucionales de alternancia en el gobierno. Incluso, se abrogaron el derecho de modificar la Constitución del país y adaptarla a sus propios intereses. Nunca pensaron que el festín se acabaría, jamás imaginaron que un grupo de intelectuales pantalonudos (La Corte) les daría el “tatequieto”.  Cuando recibieron ese reten de la civilidad pensaron que era fácil hacer el esguince y gobernar en cuerpo ajeno y engrasaron la maquinaria para ganar las elecciones, y en efecto, por abrumadora mayoría ganaron las presidenciales.

Cometieron grave error de apreciación, eligieron a un representante de la más rancia elite colombiana, la que ha ostentado el poder en estos doscientos y más años de vida republicana, a un hombre educado para gobernar, un burgués que por su estirpe y preparación no gusta de ser segundón. Ahí fue Troya, se les vino el mundo encima y al ver que el libreto no les funcionó inician la oposición más descarada y, sin razón, se oponen a todo, critican todo. Lo peor, no han despertado de ese sueño de grandeza, de poder omnímodo, y el sátrapa con ínfulas mesiánicas y su séquito, no alcanzan a entender que la feria terminó y que deben someterse, al igual que los demás colombianos, a la Constitución y las leyes. 

No es raro ver que la Fiscalía y los jueces los interrogan, los procesan, los juzgan, los absuelven y a veces los condenan. Tienen medio congreso en la cárcel por parapolítica, altos funcionarios de su periodo prófugos, huyendo de la justicia. Cada vez que los jueces los aprietan ponen el grito en el cielo pidiendo garantías, luego se vuelan y se autoproclaman perseguidos políticos. Creían y siguen creyendo que la justicia es nada más para sus contrarios y que ellos son seres privilegiados que están por encima de todo y que se les permite lo bueno y lo malo.  El país comenzó a cambiar, afortunadamente, y la justicia debe seguir haciendo su labor, caiga quién caiga.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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