Opinión

A un hombre de acero no se le baja la moral

Diógenes Armando Pino Ávila

13/03/2015 - 06:15

 

Nací en un pueblo, donde pagar el servicio militar era un acto de hombría y de orgullo familiar. Los hombres adultos mostraban sus libretas militares y se pavoneaban recalcando que era de primera y narraban odiseas vividas por ellos en las milicias, mientras que los niños y jóvenes escuchábamos extasiados esos relatos, con oídos atentos y los ojos agrandados por el asombro.

Crecí en un pueblo llamado Tamalameque, situado en la margen derecha del río Grande de la Magdalena, un pueblo de gentes sencillas con una vida elemental como el agua. Un pueblo de pescadores humildes con pocas oportunidades de estudio, dónde las niñas alcanzaban a hacer tercero o quinto de primaria y, luego, eran dedicadas a las labores caseras de cocinar, lavar la ropa, tejer y remendar las prendas de vestir como una manera de prepararlas para la vida, ya que se desposaban a los catorce o quince años de edad. Los jóvenes tenían las mismas oportunidades que las mujeres y, al terminar el quinto de primaria, acompañaban en las labores de trabajo a sus padres, aprendiendo el oficio de sus mayores: pesca, ganadería y agricultura, otros se dedicaban a vender por las calles, los bollos, cocadas, panochas y otras delicias que fabricaban las mamás en esa labor doméstica con que mantenían precariamente a su familia.

Mi pueblo, al igual que el Macondo garciamarquiano, era un villorrio donde nunca pasaba nada, o casi nunca, por tanto cualquier evento fuera de lo cotidiano convulsionaba a los pobladores. La llegada de un circo, el arribo de gitanos que proyectaban películas o la llegada del ejército, eran acontecimientos que la gente comentaba por varios días. Cuando el ejército llegaba era una novedad, los padres se alegraban, pensaban que había llegado la oportunidad para que su hijo varón pagara el servicio militar y dejara de vagar y de frecuentar los “putiaderos” locales. Los muchachos en cambio sentían cierta desazón ya que en esos días comenzarían las batidas y serían correteados en las calles, detenidos y puestos a la orden del médico militar que los revisaría y decidiría si estaban aptos o no para ingresar a las milicias colombianas.

Días después, en un camión de estaca, de esos que se usan para cargar el ganado desde los pueblos hacia los mataderos de las ciudades, los muchachos eran embarcados para ser llevados al batallón correspondiente a pagar su servicio militar. En el momento de la partida el pueblo se congregaba en torno a ese vehículo, para darle la despedida a los futuros héroes de la patria, había madres llorando, novias desconsoladas, amigos solidarios y padres orgullosos de que sus hijos fueran a prestar ese servicio. Algunos jóvenes hablaban con el comandante del piquete de soldados pidiendo que se los llevaran, que ellos querían también pagar su servicio militar. El camión partía entre lágrimas, llantos, vítores y aplausos de los asistentes a la despedida, y no era raro ver correr a varios jóvenes y embarcarse a la carrera, la gente decía que estos se iban regalados. Se fueron “los sortiados” comentaban mis paisanos, ellos consideraban como ganadores a los muchachos que habían sido sorteados para la patriótica labor.

Esto creó en la mente del pueblo la idea de que los soldados eran héroes de la patria, andando el tiempo los medios de comunicación nos vendieron esa idea de héroes, después nos dijeron que eran hombres de acero, patriotas que defendían la nación. No entiendo por qué ahora, cada vez que se sanciona a un militar por crímenes de guerra, o, ahora que está a punto de firmarse la paz para terminar la guerra, repito, no entiendo por qué los políticos de la ultraderecha, algunos generales ancianos y en retiro, algunos militares de alto rango que están activos, el señor Procurador, algunas personas del común, sostienen, que esto le baja la moral a la tropa, como si nuestros soldados ahora fueran blandengues o que supeditaran la moral a la criminalidad y a la guerra.

Soy de los que creen, que la moral de nuestro ejército existe, siempre y cuando actúe con licitud, con honestidad, respetando los postulados de derecho humanitario y que no se necesita de la guerra y de la muerte para que nuestros soldados se mantengan y se rijan por normas éticas y morales, es decir con decencia, como debe ser. Solo así, cumpliendo la Constitución y las Leyes, seguirán siendo los hombres de acero, solo así serán los héroes de la patria y se les reconocerá su alta moral y sacrificio.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@Tagoto

1 Comentarios


Orlando Fénix 16-03-2015 12:36 PM

Magnífico artículo, este es un texto que invita a la reflexión sensata.

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