Opinión

Un pueblo raro

Diógenes Armando Pino Ávila

17/07/2015 - 06:20

 

Iglesia de TamalamequeLos pueblos pequeños de la costa se caracterizan por la amabilidad de sus gentes, por la sencillez con que se enfrentan la vida, por la autenticidad de su idiosincrasia, por sus costumbres y tradiciones, y, sobre todo, por su nutrido anecdotario que, lleno de humor y picaresca es, por decirlo de algún modo, parte importantísima de la oralidad y de la memoria colectiva.

El pueblo donde nací tiene todo eso en grandes proporciones, gente simpática, amable, acogedora, de buen humor y propensa al mamagallismo costeño. Nos caracterizamos por la informalidad en el trato con los demás, siempre olvidando la rigidez del protocolo y sin caer en el irrespeto entramos en confianza en forma rápida con nuestro interlocutor, al que tuteamos y tratamos con cariño. Nuestra gente es buena conversadora, muy dados a contar anécdotas y amenizamos la parranda con humor y gracejo, por tanto esta se hace divertida y relajada. Creemos que nuestro pueblo es el mejor vividero del mundo y que como él no hay otro igual. Nos quejamos de lo que nos falta en cuanto a comodidades y avances tecnológicos pero estamos conforme con lo que tenemos, así funcione mal.

Cuándo estamos por fuera del terruño lo añoramos y nos desesperamos esperando el momento de las vacaciones o de las fiestas patronales para volver y reencontrarnos con los seres queridos y ese paisanaje amable que amamos y que deseamos abrazar, para reunirnos bajo un palo de mango a deleitar unos tragos, y acompañados de un buen sancocho intercambiar cuentos y anécdotas de nuestros personajes preferidos. El paisano que llega, después de un tiempo de estar por fuera, encuentra nuestro pueblo, según su condición de estudio o económica, en progreso o acabado y de acuerdo a ello miran al pueblo desde la óptica de la ciudad o país de donde vienen.

Este es un pueblo acogedor, pero raro, tenemos problemas de alcantarillado y de agua potable, pero nos jactamos de decir que el agua de nuestro pueblo es la más pura de Colombia, tenemos un alcantarillado a punto de colapsar pero nadie se percata de esto, nuestro hospital es manejado a control remoto y su gerente llega una vez cada mes y medio (o cuando llegan los giros) y sin embargo nadie dice nada. El parque central fue demolido y se hizo de nuevo, sin embargo como la obra está tan mal hecha y defectuosa, lo han vuelto a demoler en dos oportunidades en menos de dos meses y nadie dice nada.

Tenemos uno de los colegios de bachillerato laborando en una casa en arriendo con las incomodidades propias de una edificación no apta para dar clases y, sin embargo, nadie dice nada, el otro colegio de bachillerato queda al pie de la carretera que comunica a la vía al mar con los pueblos de la ribera del Magdalena, la que cada día gana velocidad y flujo de vehículos pues ya tiene la mayor parte de su recorrido pavimentada, sin embargo, los niños de esta escuela cruzan dicha vía sorteando los carros, sin la protección adecuada, no hay reductores ni señalización y adolece de un puente peatonal y una ciclo ruta que permita el pase de estos chicos sin que expongan su vida y nadie dice nada.

Es que nadie se atreve a criticar la administración municipal por el temor a ser satanizado y que le cuelguen el San Benito de perseguidor. Este es un pueblo tan raro que los honorables concejales, si es que se les puede llamar así, no cobran sus honorarios desde el año 2013 y esto no ocurre precisamente por voluntad de ellos o porque hayan renunciado altruistamente al cobro de estos honorarios en favor del pueblo, sino porque la administración municipal decidió no girarles con el argumento de que no hay recursos y ellos no se quejan.

Nací en un pueblo especial y raro fundado en 1544 en la margen derecha del río Grande de la Magdalena, fronterizo con Mompox. Nací en un raro pueblo al que los historiadores le atribuyen varios fundadores y diferentes años de fundación. Nací en un pueblo que fue mudado de sitio en varias oportunidades hasta quedar donde está hoy en día debido a una pelea entre el cura y el corregidor. Nací en un pueblo raro que se ha incendiado tres veces. Un pueblo que tiene dos santos patrones: El Santo Cristo y San Miguel. Nací en un pueblo históricamente llamado San Miguel de las Palmas de Tamalameque y que por pereza de sus hijos solo llaman Tamalameque y que, por el conformismo de sus gentes, quieren llamarlo Tabuenameque. Nací ahí gracias a Dios.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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