Opinión

La soledad del poder

Diógenes Armando Pino Ávila

24/07/2015 - 05:50

 

Han pasado tres años y siete meses que los actuales mandatarios locales tomaron posesión del cargo, hoy con el sol a sus espaldas sufren la pérdida de lustre, natural en quienes ostentan el poder local, a estas alturas han perdido la mitad de sus amigos y han ganado la mitad de sus nuevos enemigos.

Tomaron posesión de sus cargos entre la algarabía de sus seguidores y la envidia reprimida de sus adversarios, y henchidos de orgullo empezaron a navegar en la creencia que eran el centro del universo, repartían sonrisas por doquier, contestaban saludos efusivos, escuchaban recomendaciones de sus allegados, eran condescendientes con sus adversarios, eran unas bellezas de personas que mostraban una cara amable y bonachona lo cual era augurio de buenos tiempos para las gentes de los municipios que representaban. Algunos de los ungidos, en efecto, eran así, amables, rectos, simpáticos y corteses, y no han cambiado, han realizado una labor encomiable, como debe ser, para eso fueron elegidos, para eso se les paga un sueldo y se les mantienen algunos privilegios. Estos gozan del aprecio y la consideración de la mayoría de sus ciudadanos y la oposición ha tenido que ajustar su discurso para no ser temerarios y no ir contra la verdad de que hubo y hay una buena administración de sus recursos.

En cambio otros, tal vez la mayoría, esa sonrisa amable y cortés se borró muy rápido y a los pocos meses comenzaron a pelar el cobre de su doblez. Comenzaron a desnudar su alma llena de ruindad y se despojaron del disfraz de personas honestas con la que se hicieron elegir, decidieron convertir las alcaldías en satrapías donde su decisión absoluta se convertía en arbitraria y con el poder corruptor del dinero hicieron genuflexos y de cervices agachadas a las mayorías en los concejos municipales logrando ponerlos a comer en su mano como piaras amaestradas, que aprobaban sin ningún reparo los más descabellados esperpentos con el nombre de proyectos de acuerdos. En mi pueblo, por lo menos en un acuerdo de principios de años, le dieron facultades a la alcaldesa para contratar, adicionar, presupuestar y hacer lo que quisiera, a tal punto que ni siquiera pueden cobrar sus honorarios, pues la alcaldesa en ese poder absoluto que les otorgaron decidió que no lo merecían y en eso tiene razón, pues si en un solo acuerdo se desembarazaron de sus obligaciones legales y constitucionales para qué se va a botar el dinero público pagando por lo que no supieron hacer y no hacen.

Estos alcaldes, además de mostrar su verdadera personalidad, cambiaron el ajuar y se volvieron clientes asiduos de boutiques de marcas, algunos lo hicieron con gusto cambiando su apariencia personal en forma agradable, lo cual les daba una imagen fresca y agradable a la representación del municipio, en cambio otros asumieron su rol oculto y derrocharon en ropa cara y vulgar acentuando en forma exhibicionista su vulgaridad y chabacanería. Contrario a derecho no compraron vehículo para la alcaldía sino que consiguieron vehículos para su persona y mediante el pago de elevados contratos, pagan en dos o tres años las camionetas que sacaron a nombre de terceros y que al final de su periodo le son traspasadas como si las acabaran de comprar en forma personal (negocio redondo con dineros municipales)

Estos mandatarios se aislaron de sus gentes y miraron a sus ciudadanos por encima de su hombro, despreciaron a las comunidades que los eligieron, repartían migajas de su hartazgo, y con desprecio trataban a la gente. Gastaron los recursos públicos en obras fútiles, algunas que si bien embellecen, no eran prioritarias y no colmaban las expectativas de ciudadanos que ven avergonzados como sus pueblos se caen a pedazos y, sin embargo, se derrochan recursos en parques, donde no hay escuelas y no hay salud y no existe el agua potable ni el alcantarillado.

Estos últimos entran a engrosar el censo de los nuevos ricos que enfrentarán cargos ante fiscales y jueces por los desfalcos y contratación indebida y sus riquezas pasarán a manos de familiares cercanos para evadir la acción de la justicia sin contar que gran parte de su botín se lo comerán los abogados que los defiendan. Hoy están solos, sin amigos, aislados sintiendo la soledad del poder y comprendiendo que a los alcaldes los quieren por lo que dan y los odian por lo que niegan.

Un paisano en forma jocosa comentó: la alcaldesa de Tamalameque ha quedado tan mal parada y sola, que no la pica ni el mosquito.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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