Opinión
Editorial: El caso Luis Mizar

Pocos casos pueden ser tan paradigmáticos como el del poeta cesarense Luis Mizar en Valledupar. Reconocido como uno de los grandes estandartes de la literatura del departamento, referenciado por el Ministerio de Cultura como un digno representante de la poesía de la costa Caribe, su muerte ha sido marcada por un viento de incomprensiones y negligencias que inspiran algo de frustración y rabia.
El desequilibrio entre la atención otorgada a la música vallenata y el resto de las expresiones culturales de la región es incuestionable y descomunal. Mientras las conversatorios sobre cuestiones folclóricas han llegado a ser semanales en instituciones del municipio y de la gobernación, la poesía –al igual que el resto de la literatura, las artes plásticas o el teatro– ha gozado de pocos espacios para reivindicarse.
Luis Mizar era, como muchos íntimos lo comentan, un hombre sencillo, poco dado a las exhibiciones públicas. Así es como logró preservar su espacio de creación, su sencillez y vida privada. Así es como también mantenía esa humildad. La intimidad era algo que cultivaba con ahínco.
Sin embargo, su poesía se dejaba compartir y aclamar en público, no solamente gracias a los diferentes libros publicados a lo largo de su trayectoria y los premios nacionales acumulados, sino por las muestras de cariño y de admiración de otros conocedores regionales quienes deseaban restablecer un poco de justicia entorno a su persona.
Así es como en Marzo del 2015, un grupo de poetas organizó el último de esos homenajes en el que se exaltaba su obra. Era un encuentro de poetas y literatos organizado simultáneamente en varias instituciones de la ciudad. El evento se desarrolló en condiciones óptimas, sin ningún obstáculo climático o de calendario, sin embargo, brilló por su ausencia –nuevamente- de la administración pública.
La desatención podría haber quedado ahí si no fuera por el escándalo de los 10 millones de pesos no entregados al artista por la alcaldía de Valledupar tras la compra de una edición de libros. El asunto saltó a los medios tras una reclamación del poeta José Atuesta Mindiola quien arremetió abiertamente contra la indolencia y negligencia de los funcionarios públicos. Este grito de atención se hizo con toda la razón: el estado de salud del poeta se estaba complicando en medio de su precariedad.
A esto el director de la Casa de la Cultura respondió que el pago no había podido hacerse por cuestiones burocráticas. Pero, ¿Cómo no cuestionar el interés, la atención y la solidaridad de una alcaldía que no duda en gastar, sin ningún tipo de atraso, centenares y millones de pesos en proyectos cuestionados por su prioridad?
En el sepelio del artista, el Decano de Bellas Artes, Efraín Quintero, expresó su indignación y la necesidad de revisar ciertas prácticas inhumanas con los artistas locales. “Nosotros no podemos seguir tratando la vida como se está tratando en esta pelea de perros por el poder para desangrarla, para comprar necedades que da lo material, pero realmente es repugnante lo que hacen nuestros gobernantes”.
A estas alturas, el margen de maniobra es limitado. El poeta Luis Mizar ya se fue. La única forma de honrar al artista y hacerle justicia es dedicarle tiempo y espacio a su obra, pero también no seguir repitiendo el trato inhumano de los últimos meses y años. Los municipios ganarán en paz y bienestar cuando valoren sus compromisos y la memoria de cada uno de sus artistas.
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