Opinión
Una cosa llamada política


“Los cambios sociales no están a la vuelta de la esquina.
No están al alcance de la mano en lo inmediato.
Son una larga construcción colectiva, de esfuerzo, de trabajo,
de errores, de aciertos, de compromiso, de sacrificio”
“La política es la lucha para la que la mayoría de la gente viva mejor
y vivir mejor no es sólo tener más sino es ser más feliz”
Pepe Mujica
La política quizás, sea el concepto más tergiversado en la actualidad, como consecuencia de diversas situaciones, entre ellas, la carrera por el poder de muchos que solo son gobernados por sus “egos”; por lo cual, su motivación principal no corresponde a ningún ámbito común, sino a intereses individuales y seguramente no conocen el significado de lo comunitario-colectivo.
Así es la cosa llamada política, en la que cada vez se van perfeccionando los discursos falsos de quienes pretenden el poder, comenzando por lemas “retóricos” que poco tienen de coherentes y sinceros; los candidatos y candidatas se promueven salvadores del caos y prometen tener en sus planes de gobierno, las soluciones precisas para lograr dicha hazaña.
En ese sentido, la politiquería es el ejemplo puro de la cosa política, cuando tratan de promover un mundo ideal que nadie ha podido construir y buscan el argumento (falso) de tener la receta perfecta para lograr cambiarlo.
Las tristes historias de la cosa política, se repiten cada cuatro años, en los que cada territorio sigue en las mismas después del incumplimiento del politiquero de turno y en lugar de socializar planes de gobiernos y liderar espacios democráticos, son priorizadas estrategias como el pastel de olla, los diez mil pesos del puerta a puerta, la camiseta o la gorra.
La cosa política es ese sendero donde el humano se cosifica, lo público se vuelve privado y la práctica política es todo lo contrario a lo que realmente significa la política; esa cosa llamada política es el ejemplo claro de que se vive una lejanía a lo social, incluyente y equitativo; tornando las gestiones de gobierno como administraciones de tiendas familiares en las cuales, los beneficiarios o beneficiarias se pueden contar (de lo poco que son), mientras la ciudadanía sigue alejada por la gran distancia que marcan las brechas sociales, donde los más ricos son pocos y los más pobres son muchos.
Quisiera que lo mencionado fuese solo una catarsis de ciudadana irreverente y no una radiografía de la realidad, pero sin rayar con actitudes martirizadas afirmo que hay un reto para la humanidad y corresponde a re-humanizar la política, ponerle rostro, piel, sentimientos y no solo cuantificarla (cueste lo que cueste) para buscar un triunfo; es preciso, no seguir (cínicamente) indiferentes frente a las muertes por desnutrición, a los feminicidios, los secuestros, las torturas y todas las formas de violencias y problemáticas sociales, que solo nos estremecen en el momento del boom mediático, pero que luego como dice la canción son periódico de ayer.
De este modo, esa cosa llamada política necesita retornar a su cauce y dejar de llevarse por delante las esperanzas de una real transformación social, porque basta de poner a Dios, a las mujeres, a los adultos mayores, a los niños y las niñas, como atractivo de discursos politiqueros que después se tornan en cenicientas olvidadas por la prioridad asignada a la inversión en obras de cemento que dejan mayores utilidades e instalan en el olvido a la gestión para el desarrollo integral: la social.
Existe una distancia infinita entre la Política y esa cosa llamada política y eso es preciso que la sociedad lo comprenda, para decidir cuál de los dos caminos elegir si el de apostarle al bien común, es decir, a la tesis de vivir para servir o al criterio de someter para ser servido; es hora de agudizar los sentidos y hacer lecturas profundas de las realidades. ¡Despierta mundo!
Fabrina Acosta Contreras






