Opinión

El arte de pasear

Alberto Muñoz Peñaloza

17/11/2015 - 03:40

 

Glorieta Mi pedazo de acordeón en Valledupar

Esta es la Valledupar que ennoblece, la servida en bandeja de plata para nuestros amigos poetas: cielo azul cielo, con tonalidades oscilantes sin sombra de martirio.

Es lunes festivo y para nada surca nubes el avión rojiblanco de siempre. Una tonada procedente del equipo de sonido, que no le tocó arreglar a Lucho García, el técnico del día, canta que:

La juma de ayer

ya se me pasó

esta es otra juma

que traigo yo

Ha llovido a cántaros, es otra tarde de esas que enarbolan el sentimiento hecho verso y si hay quien cante no faltará quien arregle la estrofa. La quietud vegetal presagia una buena noche en el reinado de la belleza en Cartagena.

Imaginable, a estas horas, una gaviota que vuela –sin prisas- desde el muelle de “los pegasos”, como buscando la otra orilla hasta que planea sobre sobre las olas tristes que saludan a Bocachica y acarician luego el caderaje de Isla Barú. A pocos pasos, la negramenta feliz se aparta de la champeta y el reggaetón al tiempo que retorna a la salsa tradicional en la línea de Rubén Blades y Willie Colón:

Que es lo que pasa camaleón

calma la envidia que me tienes

aunque tú cambies de color

yo siempre sé por dónde vienes

yo te conozco camaleón

lo que te está volviendo loco

es que tú has visto poco a poco

que tu maldad no me hace daño

que estoy más fuerte cada año

y eso te está rompiendo el coco

El silencio de la tarde preludia la insinuada noche. Entonces, recuerdo mis tiempos de muchacho cuando la luz se iba por falta de combustible en las viejas plantas de Electromag y tocaba esperar, quince días mínimo, el reingreso a la población del carro tanque procedente de Barranquilla, cumplido lo cual aquella regresaba.

Desde entonces, paseaba por la calle del Cesar, por la pedregosa novena y deleitaba recorrer las callecitas ordenadas del incipiente barrio Loperena, que apenas comenzaba. En el recorrido de ida, como al regreso, era dable toparse con Chide, el choladero, con Joaco y su guarapo de panela o, cuando menos, con la mejor maizada de todos los tiempos, la del incansable Arturito.

Se siente en el ambiente la brusca interrupción de la calma mundial promovida por el atentado en París, circunstancia que alarma al universo y evidencia que el terror puede estar más cerca de lo que se cree. Es la extensión emocional de la desesperación reinante en el sitio de la tragedia, la suma de miedos y temores escondiéndose en la posibilidad de repetirse, pese a lo cual, el recorrido viniente de diciembre –con su carga de alegría, regalos y nostalgia- no se hace esperar.

Lágrimas recién salidas se niegan a regresar y prefieren seguir en la procesión incesante de recuerdos y vivencias irrepetibles. Superar el denso momento y recrear la materialización del encuentro con la ciudad luz, de manera emocionada como lo hizo mi amigo Johnatan Suárez Araujo en su primera llegada y poder pasearla a pie por la céntrica Isla de Saint-Louis, con sus estrechas callejuelas.

El inicio del recorrido será la parada de metro de Pont Mairie, para atravesar el puente homónimo y situarme en la maravillosa isla. Seguir por la calle principal, rué Saint-Louis en l’Île, hacia la hermosa basílica de Notre Dame a través del puente Saint-Louis. Circularla hasta situarme en su fachada, apreciar su famoso rosetón y la explanada que regala. Salir de la isla por el puente d’Arcole para llegar a la plaza del Hôtel de Ville (Ayuntamiento) y continuar el paseo por la margen derecha del río Sena hasta el Museo del Louvre.

La maravilla del conjunto del Palacio Real y el Jardín de las Tullerías se encuentra luego de cruzar en línea recta ese privilegiado lugar por el que pasearon los reyes franceses. Para ello, es necesario entrar en el palacio por el acceso de la rue de l’Amiral de Coligny. La salida del Jardín de las Tullerías lleva directamente a la plaza de la Concordia, con su gran obelisco y la Asamblea Nacional de Francia a la izquierda. Hay que ir también de la Plaza de la Concordia al Arco del Triunfo, yendo de la zona arbolada hasta pasar por las tiendas de lujo de una de las avenidas más famosas del mundo como la de Ladurée. Del Arco del Triunfo a la Torre Eiffel y si se quiere, de ahí a Pont Des Art, entre otras alternativas.

Pasear las  ciudades, las poblaciones y la comarca, es un placer que acaricia el alma, entrada al conocimiento y la mejor manera de mostrarse dejándose mostrar de los demás. Es un espacio cultural para degustar la dicha de recorrer a pie el territorio ajeno y con más razón el que amamos desde el alma. En Berlín, todos los días de todos los meses del año, existe la alternativa de recorrerla en tours guiados de tres horas y así ocurre en otras ciudades organizadas, para atender a visitantes y turistas.

A Estocolmo es posible descubrirla, recorrerla, conocerla y apreciarla, en tour gratuito a pie, por la vieja ciudad, en hora y media: Caminarás por calles adoquinadas y pasarás por delante de casas magníficas mientras atraviesas unas plazas pequeñas y encantadoras disfrutando de las vistas de los lugares más famosos y escuchando la historia de la ciudad y de su pasado vikingo. Haz una parada en el Palacio Real, visita la Catedral de Estocolmo y verás la estatua más pequeña de toda la ciudad, y reposa por un momento para disfrutar de las vistas sobre el agua (http://www.getyourguide.es/).

Conviene recorrer nuestra querida Valledupar, pasearla, envolvernos en su canto urbano, redescubrir el panorama arbolado, el matiz de la diáspora que llega y aportar presencia y sonoridad como contributo paisajístico.

El libro de Karl Gottlob Schelle, una especie de tratado filosófico sobre el paseo en toda regla, “supone la emergencia de una nueva estética de los placeres ligados a dicha actividad, según la cual las condiciones físicas del itinerario seguido repercuten directamente en las experiencias vividas por el paseante. En palabras de Federico López Silvestre, a partir de ahora – es decir, del despuntar de la modernidad-, el paisaje será más el fruto de un recorrido que de una instantánea, más una experiencia que una cosa o una idea, lo que pone en entredicho el énfasis tradicional en la relación entre el paisaje y el punto de vista, auspiciado por el canon pictórico paisajístico. El paisaje no puede apreciarse ni descubrirse, se arguye, sin el estado de ánimo receptivo que genera el paseo. El filósofo francés Jacques Leenhardt considera en este sentido que Schelle, con su libro, ofrece por primera vez una fenomenología de la sensibilidad paisajística basada en una estética del paseo que requiere, para que haya placer, la convergencia de un sentimiento, por un lado, y de un entorno que ofrece una contrapartida apropiada al mismo, por otro.” 

Es momento propicio para salir a tomar un aire diferente, se puede en bicicleta o hacerlo a pie, recorrer nuestras calles y carreras como regalo idóneo para darnos la mano con nuestro destino en la capital mundial del vallenato, reencontrarnos con nosotros mismos a través del abrazo con personas a quienes vemos poco, oportunidad para degustar una tarde soleada con la sombra de la cordialidad, bien a orillas del río Guatapurí –por playa Maravilla- o por la carrera novena, la calle diecisiete o la del Cesar.

Un septimazo nos caerá bien siempre como opción válida para reafirmar el merecimiento de que cada vez más aumenten los espacios para humanos y no siempre para el tránsito vehicular ¡Enhorabuena!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@AlbertoMuñozPen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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