Opinión

Obituario: Juan Raúl Murgas Fernández

Armando Arzuaga Murgas

05/02/2016 - 04:20

 

Juan Raúl Murgas Fernández / Foto:  María Lila Murgas Huguet

En el momento en que el féretro salía de la casa sucedió un hecho inusual, por la circunstancia y por la forma: la multitud que acompañaba el cortejo fúnebre en su camino hacia el templo parroquial, aplaudió. No suele haber aplausos en los funerales; además, este aplauso fue distinto. No fue estridente, sino que se mantuvo sostenidamente leve, a la manera en que caen las gotas de una llovizna pertinaz sobre los tejados de nuestros pueblos provincianos, hasta que se diluyó dentro del ámbito de la plaza mayor de San Diego.

El distinguido sandiegano, doctor José Antonio Murgas Aponte [1], uno de los tres creadores del departamento del Cesar, pronunció unas sentidas palabras ante el féretro de don Juan Raúl Murgas Fernández, y se refirió a un hecho notable y lamentable: están muriendo nuestros patriarcas, e hizo una enumeración de los grandes patricios sandieganos: Francisco Becerra Arzuaga, Carlos Murgas Puche, Erasmo Arzuaga Cujia, Marcial Murgas Daza, Juan Carlos Guerra Mendoza, que antes de él rigieron la vida apacible del entrañable San Diego de las Flores, municipio valorado y valorable de la historia regional.

Hombres de valía moral ante todo, en quienes destacó un innato don de gentes, el servicio desinteresado a la comunidad, y un cierto sentido natural del gobierno, que los llevó como a consolidar el cimiento social de su terruño, que es en nuestros días un entramado de relaciones culturales determinadas por el movimiento de las dinámicas urbanas contemporáneas. Patriarcas en el sentido bíblico del término y en la realidad demográfica de su entorno: dieron origen a muchos de los troncos familiares sandieganos, que hoy extienden sus ramas más allá de la comarca natal.

Un mes después de su partida, luego de vivir cien años y treinta y cinco días, puedo decir estas palabras ahora que no existe el temor de herir la modestia que sinceramente rigió la vida de Juan Raúl Murgas Fernández. Ciertamente, fue un hombre discreto, de quien nunca se oyó entredichos, y que deja para la posteridad el recuerdo de la nobleza, el servicio y la honradez hechas consigna. Partió a la morada eterna un poco antes de lo previsto. “-Sobrino -me dijo cuando le celebraron sus 95 años-, voy a cumplir diez años más para morir de la edad de papá”. En efecto, don Tobías Murgas Zuleta, su antecesor en el patriarcado de la familia Murgas, una de las más numerosas y prolíficas del terruño, murió a la venerable edad de 105 años, contando las historias del “Enviado [2]”, que a su vez le oyó contar al padre suyo.

De esta estirpe sandiegana, trenzada con hilos de acero en la urdimbre de la historia de nuestro pueblo, tuve un signo revelador cuando cursaba el primer semestre de mis estudios de lingüística en la Universidad de Cartagena: una vez, recorriendo y conociendo las calles de “La heroica”, topé con esta leyenda inscrita en una placa conmemorativa del Baluarte de san Ignacio: “Este Baluarte de san Ignacio, fue construido por el ingeniero civil de Su majestad, el Rey, don Pedro de Murgas. Año de 1618”.

Guardé aquel dato en mi memoria como cosa casual hasta que algunos años después encontré durante una de mis recurrentes visitas al Archivo General de la Nación, un testamento firmado en Valledupar en el siglo XIX, en el que Gabriel de Murgas, vecino de Cartagena, hereda sus bienes a sus hijos: Miguel, Facundo, Pedro y Juan. Algo me hizo suponer que podía haber un hilo genealógico conductor entre tantos nombres parecidos, que se repetían una y otra vez en la historia, cambiando únicamente el sitio geográfico. Yo le contaba estas cosas a tío Juan, y él me replicaba con ese fino humor del que siempre hizo gala: “-Sobrino, ¿y los Padilla también vinieron de España?. -Sí tío -le contestaba, también los Padilla vinieron de España”.

A tío Juan le gustaba que yo le hablara de estas historias, pero no menos de lo que a mí me gustaba oír las suyas: sus anécdotas, cuentos y versos; sus reiterados consejos; las historias de la vida cotidiana del San Diego que le tocó vivir, y que son pilares de la tradición oral sandiegana. ¡Cuántos recuerdos! Digo estas palabras porque conviene dejar constancia a las nuevas generaciones de la pulcritud de los hijos de este pueblo en el que nos fue dado existir y habitar. Son muchos los hombres y mujeres honorables que han transitado y transitan el devenir de nuestra pequeña patria, y es reto para nosotros, los que permanecemos aún, imitar el buen ejemplo de nuestros mayores: porque eso y no otra cosa, son las flores que “el Enviado2” añadió al nombre de nuestro pueblo.

¡Qué gran legado nos dejas Juan Raúl! Decano insustituible de la familia Murgas, en quien brilló como un blasón el altísimo valor de la palabra empeñada, del honor y la amistad. Varón inteligente, carismático, ocurrente; ganadero por vocación y por empeño; guía de muchos en la función de la ganadería. Vertical y honesto, un ciudadano de carta cabal. Siempre me repetía una frase, refiriéndose a las personas inserias: “-Sobrino, a la gente hay que mirale el ojo”. ¡Qué gran legado nos dejas Juan Raúl!

Nos queda un consuelo: el apóstol san Pablo ha dicho que ningún ojo vio, ni oído oyó, y ninguna mente puede imaginar las maravillas que Dios tiene reservadas para los justos (1 Cor. 2,9). Hasta siempre abuelo, el Supremo Hacedor te lleve a la gloria de los patriarcas.

 

Armando Arzuaga Murgas



[1] Político y diplomático cesarense nacido en San Diego. En su trayectoria como dirigente se destaca por haber conformado junto a Aníbal Martínez Zuleta y Crispín Villazón De Armas -ya fallecidos-, la tríada que impulsó la creación del departamento del Cesar, del cual fue Gobernador en 1970. Posteriormente ocupó los cargos de ministro de Trabajo y Seguridad Social, y ministro plenipotenciario de Colombia ante las Naciones Unidas.

[2] Personaje histórico de la tradición oral sandiegana, muy vinculado con la religiosidad popular local, que estuvo de paso en la aldea de San Diego cuando todavía era llamada Diego Pata. Era una especie de predicador y profeta, que enseñaba actos de piedad a los pobladores de aquel tiempo (S. XVIII aprox.). Todavía se les escucha decir a muchos ancianos “El Enviado dijo” o “Lo dijo el Enviado”.

Sobre el autor

Armando Arzuaga Murgas

Armando Arzuaga Murgas

Golpe de ariete

San Diego de las Flores (Cesar). Poeta, investigador, gestor y agente cultural. Profesional en Lingüística y Literatura por la Universidad de Cartagena. Formador en escritura creativa.  Premio Departamental de Cuento 2010. Miembro del Café Literario de San Diego. Coordinador del Centro Municipal de Memoria de San Diego-CEMSA. Integrante de la Fundación Amigos del Viejo Valle de Upar-AVIVA. Colaborador habitual de varios medios impresos y virtuales.

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