Opinión

El poder marea

Diógenes Armando Pino Ávila

01/04/2016 - 06:30

 

Pensar que las alcaldías municipales son negocios familiares y que debe ser manejado al oscuro, olvidando los principios democráticos de transparencia, es un despropósito enorme y un atentado contra el estado social de derecho que estableció la Constitución del 91.

Aclaro, esto no ocurre en todos los pueblos y además creo que ningún alcalde del país piense así. El caso ocurre cuando algún familiar del mandatario (y los hay) con esas ínfulas que da el poder en cuerpo ajeno y empujado por la ignorancia del derecho, piensa que la alcaldía, que el pueblo democráticamente o comprado le delegó a su familiar, es “su” alcaldía, y esa propiedad abusivamente la extiende a los predios de la propiedad familiar y, por tanto, se cree con derechos de reyezuelo de sainete a descalificar cualquier opinión, sugerencia o crítica que se le haga al alcalde local.

El pretendido defensor familiar que cree que comportarse groseramente con quien opine diferente, le hace un favor a “su” alcalde, está equivocado pues cualquier ciudadano colombiano tiene el derecho a opinar, criticar, discernir sobre los temas que atañen a su comunidad. Peor aún, en los pueblos donde la política recién pasada dejó resquemores, y que apenas ahora se comienzan a restaurar las heridas que la contienda democrática dejó, no es deseable ni prudente que salga un personaje por encumbrado o ignorante (para el caso es lo mismo) a cazar peleas con los que opinan diferente. Flaco favor le hace al administrador este tipo de abogados del diablo, pues eso crea resistencia en la gente que observa asqueada estos procederes.

Estos personajillos se agrandan con el triunfo ajeno, y se envalentonan con el poder imaginario que les da el ser pariente del alcalde y sacan a relucir su verdadero pelambre, agraviando a quién osa referirse a la problemática local, pues piensa que ese, es terreno vedado para el público y solo sus familiares o amigos tienen el derecho a opinar sobre los asuntos de la municipalidad. Con razón un caro amigo decía que el poder y el dinero vuelven “inteligentísimas” a las personas.

Pero el caso no para ahí, unas camarillas de amigotes del mandatario se creen con igual derecho y replican el comportamiento familiar, pues también creen que han heredado las mieles del poder y celosos cuidan los linderos de este, pues temen que se les cuelen los que no votaron o no son amigos del mandatario. Ellos esperan con fe, ser tenidos en cuenta y aspiran ser parte de la fronda burocrática recién reverdecida. Estos se reúnen con su amigo el mandatario, en sitios secretos a parrandear y a sobarle la chaqueta, carboneándolo en contra de sus opositores políticos, mal informando y mostrando sus malquerencias contra los que creen que pueden ser su competencia.

Hay otros que ven que pasan los días y no han sido llamados al reparto burocrático o de contratación, y silenciosos tragan su propia hiel cuando ven llegar las camionetas de alta gama que vienen de la capital o de los pueblos vecinos, de las cuales bajan algunos personajes conocidos en el medio político por ser los que pusieron el dinero de la campaña y que llegan a cobrar los réditos de su inversión, los cuales se pagan en efectivos o en contratos leoninos que desangran las arcas municipales. En tanto ellos, los que votaron y no han sido llamados ven con amargura que el tiempo pasa y sus apremios económicos, que creían iban a resolver con este alcalde, no se resuelven, sino que por el contrario se agudizan.

Naturalmente está esa fauna de vivarachos, que no votaron o que vendieron su voto, que están ahí expectantes, alertas, prestos a desplegar sus artes de manzanillos y lambones de nuevo y viejo cuño para ver si son tenidos en cuenta. Casi siempre se salen con las suyas y consiguen puestos o contratos.

Los alcaldes municipales deben ser listos, inteligentes para neutralizar estas costumbres politiqueras, pues si no lo hacen, si por el contrario incentivan estos procederes, es posible que se rodeen de malos elementos y pierdan la mitad de sus amigos, ganando la mitad de sus enemigos.

 

Diógenes Armando Pino Ávila 

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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