Opinión

Remembranzas de la niñez

Diógenes Armando Pino Ávila

27/05/2016 - 06:30

 

Para mí, que nací y crecí en San Miguel de las Palmas de Tamalameque, un pequeño pueblo a orillas del río Grande de la Magdalena, con calles cubiertas de arena, con casas de bahareque pintadas de blanco y techos de palma, con patios solariegos poblados de cocoteros, nísperos, guayabos, anones, mangos y otros frutales, que le brindaban a sus habitantes el frescor paradisiaco para reposar bajo ellos en las horas de medio día y en las tardes cuando se hacía sentir la canícula solar, es normal evocar con nostalgia esa época de mi niñez, y comparto con algo de temores la vida de los niños del ahora y me sobrevienen a torrentes imágenes de los juegos que se practicaban en el ayer, de las sanas travesuras que hacíamos y las aventuras infantiles que vivimos en esos patios solariegos y dejo escapar suspiros de añoranzas y sonrisas de felicidad.

Era algo normal corretear en el patio del colegio, persiguiendo a los compañeros en ese tradicional juego de «La lleva» y por épocas jugar ese extraño juego pactado, que llamábamos «zambe o sambe» (no sé cómo se escribe, además no encuentro en el diccionario de la RAE esta extraña palabreja) con las variantes infinitas de «pajita en boca», «tumba y requisa», «mano negra», «hablar y no contestar», llegando hasta dónde el magín desbordado de nuestra niñez nos los permitiera. Como nos divertía el marcar con los compañeritos cada uno una piedra que deberíamos llevar dándole pequeñas patadas del colegio a la casa y al día siguiente llevarla al colegio para mostrarla a los amigos y confirmar la proeza del juego y no perder, recuerdo que este juego fue proscrito por nuestros padres, pues reventábamos las punteras de los zapatos de marca «Cauchosol», que eran los más duraderos, y era tal el contacto con la piedra escogida que solo duraban media temporada escolar y las expectativas de nuestros padres era que aguantaran toda la temporada.

Por las noches, era la parte mejor de nuestra diversión, pues nos apurábamos en hacer las tareas para poder salir a jugar «Libertad», «Cacho», «Nonina», rondas como «La cinta», «Requema» y otras muchas que permitían medir fuerzas y habilidades y nos enseñaban normas de conducta en grupo. Los fines de semana, después de la misa obligatoria podíamos jugar cualquier juego, claro, en los patios, preferíamos jugar con juguetes fabricados por nosotros mismos, trompos, «Terreno ganado» que jugábamos con un clavo de cinco o seis pulgadas amarrado en su cabeza por una cuerda, el que lanzábamos a la cuadricula de nuestro adversario, pintada en el suelo y que dividíamos con una raya de acuerdo a la inclinación y al sitio donde se hincó dicho clavo. Otro de los juguetes que fabricábamos era un tarro cilíndrico cerrado, que llenábamos de tierra para darle peso, al que perforábamos en sus caras planas y pasábamos un alambre que atábamos con una cuerda y halábamos como conductores, por serpenteantes carreteras dibujadas en el suelo del patio. Este tipo de juegos nos permitía pensar, crear y fortalecer nuestro físico dándonos un desarrollo integral.

La parte estelar de nuestra diversión, la que más me gustaba y más disfrutábamos los niños de mi época, era cuando los abuelos o nuestros mayores nos contaban cuentos de «tío Tigre», «Tío Conejo», «Tío Burro» y el travieso «Tío Mico», o cuando nos contaban cuentos de brujas voladoras y de espantos. Yo pasaba las vacaciones en una Hacienda grandísima llamada Michoacán y por las noches las mujeres quemaban las tusas del maíz desgranado para que el humo espantara los mosquitos, un poco apartado de la pira de tuzas los vaqueros habían construido unas trojas de madera, donde se sentaban bajo la luna a contar sus historias.

Las historias más recurrentes contadas por esas almas sencillas y buenas, siempre eran de personajes con poderes míticos que vivieron en sus pueblos, que tenían secretos para pelear o algún arte de hechicería que le permitía grandes proezas como golpear una calavera de vaca y hacerla mugir tan fuerte que era escuchada a varios kilómetros a la redonda.

Otra que nunca olvido era la del señor que extendía la atarraya en plena calle del pueblo y asombrados, decían, veían coletear vivos, plateados bocachicos. También era común escuchar del hombre que con su magia fabricaba billetes para comprar licor o que llegaba a la cantina y pedía alguna botella de licor fiado y en el caso que no se la acreditaran, salía y enterraba la punta de su cuchillo en el árbol del frente de la cantina y hacía brotar un chorro de licor que aparaba con su sombrero y bridaba a sus contertulios, dejando la cantina sin licor.

Lástima que la niñez no fuera eterna, lástima que se han perdido estas historias, estos juegos y estas costumbres, ojalá miráramos hacia atrás y retomáramos lo bueno del pasado para dárselo a los niños del ahora.

Estoy completamente de acuerdo con Benedetti cuando dijo: La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué la recuerdo actualmente con más claridad que nunca.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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