Opinión

De la educación y la cultura

Juan Marcelo Rodríguez Jiménez

01/06/2016 - 07:10

 

La delincuencia común y el vandalismo son consecuencia directa de una educación precaria y un grado de cultura considerablemente bajo, que de hecho es común en esta ciudad. No es de extrañarse que problemas educativos como la deserción escolar y el poco acceso a la educación superior sean constantes en Valledupar. Pues bien, son situaciones que nos conciernen a todos como ciudadanos, en el sentido de que dichos problemas tienen un efecto dominó, y generan más vicisitudes.

En nuestro contexto, puede que Valledupar sea una tierra netamente tradicional y conservadora, pero es innegable el acelerado crecimiento que se ha presentado en la última década. La forma en cómo avanza a pasos agigantados en materia geográfica es descomunal, y en este campo juegan factores como calidad de vida, acceso regional a una educación adecuada (pero no excelente), prestación de servicios públicos (aunque a medias), economía relativamente estable y costo de vida parcialmente bajo. El éxodo del campo a la ciudad ha traído a personas de áreas periféricas como los municipios del sur del Cesar, Santander, Guajira, Magdalena y el interior del país. Debido al asentamiento de estos migrantes en invasiones y barrios marginales, hoy se puede hablar de pobreza que, de manera general, el gobierno debe solventar.

En el pasado ya había ocurrido esto. Es más, lo que se vive ahora tiene sus inicios hacia la primera mitad del siglo XX. Acontecimientos como guerras civiles y conflictos políticos en los siglos XIX y XX, dejaron a la población con dificultades económicas en áreas rurales, lo que provocó numerosas migraciones del campo a la ciudad. Sumado a eso, las oligarquías características de esas épocas (y de ahora también) manejaron la situación haciendo caso omiso a las necesidades reales del pueblo. Los “lideres” no hallaron solución en el momento en que debieron hacerlo (como ahora) y por tal motivo, vivimos en una especie de país segmentado por gente que se educa, y otra que no.

Pero como la historia es dialéctica, no podemos aferrarnos al oscurantismo del pasado. Bien lo dijo Heráclito de Éfeso: “Nadie se baña en el río dos veces, porque todo cambia en el río y en el que se baña”. Efectivamente por estas tierras ya no se respira el ambiente letárgico de un pueblo que se resistía al cambio. Este nuevo entorno fue posible gracias al descubrimiento de nuevas fuentes de conocimiento; entre ellas, por supuesto, se encuentra el arte. Esta forma de vida le ha dado un giro a la cosmovisión de los aspectos cotidianos y ha permitido que en Valledupar se desarrolle un espacio más abierto al diálogo y menos cerrado a las propuestas innovadoras de aquellos que desean ver progresar, en materia social y económica, a la ciudad. Y todo esto se ve directamente relacionado con las economías naranjas, que son aquellas dedicadas al comercio de productos culturales, ya sean artesanales, pictográficos, musicales, etc. Según el diario Portafolio “Las empresas y los negocios derivados de la actividad cultural aportan números significativos a la economía colombiana”. En 2012, este sector representó cerca de 1,6 % del Producto Interno Bruto del país, y superó al cultivo de café (0,6 %)”. Para nadie es un secreto que el arte se vende como pan caliente, pero este tiene un trasfondo mucho más profundo que el fin crematístico, y es el de educar.

A pesar del incipiente desarrollo de la cultura, es válido afirmar que hoy se ven espacios que aportan al esparcimiento de ideas y realizan propuestas innovadoras de cultura; Pero no conforme a eso, se debe buscar una proyección mucho más amplia. Porque uno se pregunta ¿Por qué en Valledupar no se lee, si hay bibliotecas? ¿Por qué habrá tanta población analfabeta? ¿A qué se debe el hermetismo cultural de las personas?

El fallo más grande ha sido el poco interés por parte de los dirigentes políticos en promover y educar a las personas. Para ellos, la solución es llevar cantidades enormes de material educativo (por lo general contratos con editoriales) que terminan pudriéndose (es un decir), porque no se saben utilizar. Pero en este caso ¿Será que el dinero podría invertirse mejor en el apoyo a proyectos grandes de masificación de la cultura? Y por apoyo me refiero, paradójicamente, a dinero que se pudiera destinar para necesidades concretas. Una realidad, como dijo la revista Semana, es que “muchos sectores de la sociedad apelan al recurso de la cultura, pero invierten poco en fortalecer sus herramientas. Hay una depredación de las riquezas culturales del país por parte de las instituciones públicas y privadas”.

El campo cultural es manejado por unos pocos, y no es de extrañarse que los supuestos gestores culturales sean empresarios que se lucran vendiendo un producto netamente tradicional, local. Pero no se sabe a ciencia cierta si es que su propósito es conservar las tradiciones o vender en los amplios mercados. Claro, acá sólo existe el Festival Vallenato, importante evento para la salvaguarda de la cultura; pero no hay museos, conservatorios de música y organizaciones públicas o privadas que manifiesten de forma nacional que en realidad en esta ciudad hay un Patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad. No es justo que el Vallenato carezca de templos en dónde se desarrolle, teniendo presente que muchos jóvenes están interesados en rescatar las tradiciones.

El bajo financiamiento hacia el sector público y la dudosa calidad educativa que se les brinda a los niños y jóvenes es flagrante: Las bibliotecas en Valledupar están vacías. No de libros, sino de personas. Puede que haya un montón de libros interesantes, pero tristemente no hay quien los lea. Es un milagro ver a un niño que de verdad se siente a leer: la mayoría de ellos solo va a la biblioteca para usar Facebook en el computador. Un tarde, me quedé un rato jugando ajedrez con un niño de unos 11 años. Hablando con él mientras movía las fichas, le dije que podía practicar y aprender jugadas con el computador. Me comentó que no tenía uno, y luego agregó diciendo que su papá había estado ahorrando para regalarle uno, pero que con el dinero prefirió comprarse un celular. Le pregunté cuál celular le compró y su respuesta me dejó atónito: Un IPhone. Este suceso no solo demuestra hasta donde nuestra sociedad de consumo ha llegado, al punto de que se le da prioridad a lo banal, sino que evidencia la aversión al conocimiento, que indirectamente es promulgada por la educación facilista y conformista que el estado propone.

Entonces, es preciso decir que se necesita más cultura si queremos ser la más educada de Latinoamérica para el 2025. Porque, de una u otra forma, el arte enciende ese deseo por conocer un sistema global más amplio, hace comprender un mundo subyugado ante tanta cosa superflua (en especial la guerra) y transforma nuestra realidad. El arte es ciencia, pasión, trabajo. Por tanto, es imperativa la necesidad de crear espacios abiertos a las masas, sin exclusión alguna, en los que se difunda y enseñe la cultura, tanto autóctona como heterodoxa, para que haya un verdadero cambio de paradigma educativo.

Tal como dijo García Márquez: “Una educación […] que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía”.  Puede que suene a utopía, pero ¿Qué es del mundo sin ellas?

 

Juan Marcelo Rodríguez Jiménez

@jjmarchelo12 

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