Opinión

Gustos musicales y tradición

Diógenes Armando Pino Ávila

18/07/2016 - 06:30

 

Tambora en Tamalameque - Cesar / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Como en todo, esto de la música popular es un cuento que va en gustos. Naturalmente hay múltiples variables que pueden determinar los gustos musicales, edad, costumbre, tradición, formación y sobre todo va marcado por el grado de identidad que tengas con tu pueblo. Es difícil, así a vuelo de pájaro encontrar las variables determinantes que marquen el gusto musical de las personas, pero por observación empírica uno encuentra que los nativos de determinadas regiones mayoritariamente aman la música de sus mayores, el caso de los llaneros con sus hermosos cantos y zapateos, los opitas con sus sanjuaneros, los boyacacunos con sus carrangas, los vallenatos con su música de acordeón, los ríanos con sus tamboras.

Por supuesto hay personas que tienen un gusto musical variado, conozco cachacos que les gusta el vallenato y conozco costeños que les gusta la música de cuerda e incluso a individuos que como García Márquez que le gustaba el vallenato pero que disfrutaba también música clásica. La música, y sobre todo la variedad musical colombiana, son tan densa y tan bella que solo los entendidos la disfrutan a plenitud, este no es mi caso.

Personalmente soy un amante de las tamboras de la depresión momposina. Soy capaz de escuchar tamboras por varias horas sin aburrirme, me deleita ver su danza, me produce una sensación casi hipnótica su baile (aclaro, no se bailarla, ni tocarla, ni cantarla), repito, me hipnotiza la forma como  sus parejas la bailan y gozo cuando observo parejas de veteranos desplazarse en su baile, con esa forma elegante y mágica donde la pareja parece que levitaran del suelo. Me deleita oír esos versos sencillos donde narran la cotidianidad de la vida del río, sus anhelos de paz, sus costumbres y sus tradiciones.

Tal vez por gustarme y querer la tambora, he tenido que asumir su defensa en varias ocasiones y en foros y eventos culturales he participado con exposiciones y ponencias donde hablo de ella. No obstante mi amor por la tambora, también disfruto de la música de acordeón, no de toda, disfruto las canciones de Rosendo Romero, las del Pibe Escalona, la de Meneses, Camilo Namen, me producen una especie de éxtasis canciones como Noches sin lucero, Nostalgia, Cadenas y otras muchas que sería largo enumerar, pero sería deshonesto si no digo que me producen alergias, algunos sonsonetes como La yuca y la tajá, La Ñoña y otra cantidad de cacofonías y basuras auditivas que están masacrando la música de acordeón.

De la música vallenata me gusta su bohemia, su galanteo caballeroso, su acercamiento al poema; la descripción bella de sus paisajes, me fascina el piropo fino a sus mujeres, el canto eterno a la vida; me encantan las muestras de cariño entre hermanos y compadres; admiro la dicción sencilla y pueblerina esencia misma del vallenato que en forma de versos dejan salir por las rendijas de su inspiración, los juglares clásicos como Alejo, Escalona, Leandro y la forma un poco más refinada de compositores como Rosendo, Diomedes, Gutiérrez Cabello, El Pibe Escalona y otros, que más cercanos a los versos de poetas consagrados escancian en sus rimas las mieles de sus mensajes para deleites de los oyentes.

No me gusta de algunas composiciones vallenatas la ramplonería con que maltratan a la mujer; la procacidad que exhiben algunos en sus presentaciones públicas; la coreografía rígida, algo grotesca de sus cantantes; los mensajes a mafiosos y criminales. Pero hay algo, que en verdad admiro y pondero de este bello folclor, es la apropiación identitaria de sus gentes, es el empoderamiento de los pobladores sobre su folclor; la manera como lo aman y lo cultivan. Los vallenatos se han convertido en expositores de su cultura, cualquier parroquiano por humilde que sea te habla de su folclor de sus aires, te hacen disertaciones sobre su Festival; conocen  las historias que se esconden en sus canciones, saben sus orígenes, narran las anécdotas que hicieron posible el canto; conocen la biografía de cantantes y compositores; idolatran a sus acordoneros; saben de memoria los nombres de los reyes vallenatos; conocen los secretos, aposentos adentro, del festival.

Cuánto darían los cultores de los otros aires del país, porque sus pobladores tuvieran tal apropiación, tal identidad, tanto amor por su propia cultura y que pudieran con esa pasión defender  la cultura vernácula, las formas identitarias de la cultura local de cada pueblo, la historia, las tradiciones. Los cultores locales, los educadores, la familia, la escuela, el colegio, la universidad, las bibliotecas, las alcaldías y la gobernación deben emprender esa labor de documentación y divulgación con el fin de que las nuevas generaciones conozcan lo propio y lo resignifiquen interpretándolo y asumiéndolo a la luz de la época y los nuevos intereses de nuestros jóvenes.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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