Opinión

Yo sí voy a mi Patillal

Fabio Fernando Meza

05/09/2016 - 06:15

 

El periodista y escritor, Juan Gossaín Abdala, dice que no desea volver a su San Bernardo del Viento natal porque se le estrellan los recuerdos de infancia y adolescencia contra el muro de la triste realidad. El compositor vallenato, el maestro Armando Darío Zabaleta Guevara, dijo también que no volvía a Patillal, aunque por razones muy distintas a las de Gossaín: allí habían asesinado a su mejor amigo, Freddy Molina.

Yo me imagino que a Juan Gossaín ya se le deben estar agotando sus recuerdos y a lo mejor no tenga más provisiones en su memoria ni en su corazón para afrontar la crisis del desabastecimiento que se le avecina, porque quizás no previó que durará mínimo cien años más dando vueltas por aquí.

Con el maestro Armando Zabaleta pasó algo muy diferente: todavía le quedaban reservas del Patillal aquel donde la tristeza  y el dolor le impidieron volver.

Me parece un acto heroico la decisión que tomaron estos dos grandes pilares de nuestra cultura costeña. Confieso que yo para eso sí he sido cobarde. Porque cada vez que puedo voy a la finca Batatal, que está a un tiro de piedra de San Fernando, Magdalena. Y lo hago, entre otras cosas, para cuando se me vayan acabando los recuerdos guardados en la mochila de fique de mi memoria, ir sumando más con hechos recientes para que se vayan añejando en ese barril sin fondo de mi corazón y utilizarlos en momentos de emergencia.

Yo voy a Batatal y a San Fernando  y no los veo como seguramente están ahora, sino como los guardé en mi corazón de niño: sus casas de palma, sus calles de arena, sus mechones de candela en un tronco en la puerta de las casas por las noches, los ríos de mangos corriendo por las calles en el mes de abril, los cuentos de brujos y de hechiceras. Su gente con una sonrisa y mil motivos para sentirse felices. A veces logro ver por las hendijas de mi memoria a mi abuela Rita parándole la sangre con oraciones revueltas con plantas medicinales a algún campesino que se cortó con su hacha la parte distal del muslo de su extremidad inferior, y no veo la realidad que me ofrece la actualidad.

Ya no es extraño que vaya del pueblo a la pequeña finca en la moto de mi hermana Isyoli. El problema es que yo siento que vamos como en nuestra infancia: montados en el burro chueco, por ese camino lleno de arena y de árboles abrazados entre sí que casi no dejan ver el sol, cantando a voz en cuello Señor Gerente, la canción que canta Diomedes y compuso el maestro Escalona. Sí, ya sé: otra es la realidad.

Muchas veces me ha pasado que cuando voy saliendo para el camino que conduce del pueblo a Batatal y paso por el frente de la casa  de la señora Isidora Jiménez, la vuelvo a ver a ella en las mañanas regando y consintiendo su hermoso y envidiado jardín lleno de flores fragantes y  coloridas. Pero otro es el ahora.

Los recuerdos ayudan a sobrevivir y a no mirar la crudeza de la realidad. Las matiza. Tanto, que me  niego a palpar la realidad que viven muchos paisanos como son la de pasar hambre y enfermedades, ya que lo que veo es a los pescadores en mis recuerdos sacar sus redes llenas de bocachicos inmensos que se aburrían de comer y le tiraban el resto a los puercos. Gracias a todas esas paradojas creo que estoy sobreviviendo.

Ese es mi Patillal. Dos lugares que llevo en el corazón y que los sigo viendo como yo los viví, y no como realmente son.

He llegado al extremo de entrar al pueblo por el camellón del puerto y saludar al señor Núñez en la primera casa que encuentro en mis recuerdos, pero en realidad hoy creo que es una cantina. Como tampoco está la casa grande de palma donde mis padres me llevaron a vivir en el barrio abajo, un barrio tan extraño para mí en esa época que demoré mucho tiempo en adaptarme y a quererlo como ahora lo quiero; porque allá a diferencia de la casa de mis abuelos paternos, en el barrio arriba, no podía jugar con los hijos de Mañe Trejo, del señor Isaac, del señor Eduardito Ramírez, del señor Hamil, de Alfredo Canuto, de Alejo Cantillo, del señor Ramiro Leiva, los nietos del señor Lázaro Vergara, entre otros; sino que tenía que jugar cacho escondido con Reyo, con Davi, con Santo, con Yamile, con Nesly, con los hijos del señor Arnulfo, con los hijos de Miguel Ángel, con los del señor Electo Salas, con los nietos de Helena, de Magui, con los hijos de la señora Luisa Novoa. Tocó aprender a las carreras que ya no iría a la tienda del señor Isaac, sino a la de Lucho Capi, quien no daba  ñapa.

Así es mi vida, que no hubiera sido igual sin las historias interminables de la señora Luisa Novoa, de cuya casa ninguno se quería ir en las noches oscuras por lo tétrico de sus relatos y que de pronto algún muerto de sus relatos nos estuviera esperando a la salida.

Batatal para muchos es quizás la finca más insignificante que haya en esa región, pero para mí es el lugar más extraordinario que haya existido jamás. Allí he escuchado miles de historias contadas por los trabajadores con su cara de palo por sus exageraciones monumentales y veía cómo alguno de ellos se negaba a desayunar pescado porque alguien había olvidado llevar el jabón para lavarse las manos.

Mis recuerdos también están  rodeados de ciénagas y playones. Los mismos playones a donde la señora Grimaneza  cortaba leña y si no la iban a buscar se quedaba todo el año por allá porque le daba pereza volver a andar lo andado con su carga en la cabeza.

Mientras amigos y paisanos rezan porque  el progreso llegue montado en carro último modelo y acabe con todo vestigio de lo que a mí me gusta, yo abogo por que no talen más árboles y porque no sigan desapareciendo cuerpos de agua,  y para que algún día nuestros hijos conozcan al menos la iguana y no precisamente en las fotografías buscadas por Internet.

La verdad es que desde siempre me he sentido en mi lugar cuando en el pueblo estoy rodeado de gente muchísimo mayor que yo, de personas que narran historias fantásticas unas detrás de otras y cuando queremos reaccionar ya es de día. De eso, de cuentos y de carcajadas  nos emborrachamos, y lo más gratificante es que el guayabo es sabroso y reconfortante.

A veces cierro mis ojos y vuelvo a ver la Palma gigante que hubo hasta hace poco en plena calle, frente a la que después sería la casa de don Nicolás Escobar, al lado del señor Gerenaldo García. Un poco antes vivía la señora Magdalena Quintero, una señora misteriosa que se la pasaba pechichando su hermoso jardín que tenía a la entrada de su casa y cuyas flores siempre estaban vivas y fragantes sin importar la época del año.

A veces me transporto al pasado reciente y vuelvo a escuchar la voz de mi tío Mello gritándole a alguno de sus hijos que le deje salir un ternero para enrejar, pero ahí donde hubo su corral de ganado hoy está la casa de la señora Adria, la buena vecina de la seño Uba, y a quien todos llevamos en el corazón.

Frente de la plaza de la Iglesia había un barranco y al fondo un campo de fútbol, yo jugué ahí muchas tardes, con Bashi y con Saji, entre otros, y vuelvo a sentir la ráfaga de picaduras de los mosquitos cuando el balón se perdía en medio de los majaguitales, plantas que eran nuestras aficionadas, y muchas veces el balón jamás apareció. Allí nos bañábamos con el agua de la creciente del río que era dulce y sabía a fiesta. Y en ese rincón de la plaza aún está la casa donde vive la señora Nelly, quien tenía una colección gigantesca de unas fotonovelas que se llamaban “Ámame”, y de tarde muchos nos íbamos para allá a devorar todas esas revistas, incluyendo “África Blanca”, y ella nos explicaba lo que no podíamos comprender del martirio de Jhon Barry por Zumara, mientras escuchaba en la Voz de Majagual las baladas de artistas españoles

Miro hacia atrás y me veo en compañía de Bashi, saliendo  de tarde del colegio de bachillerato a leer Kaliman, Águila Solitaria, Memín...donde Nicolás Mejía, quien los alquilaba por 20 pesos para leerlos en la puerta de su tienda donde había una enramada, y todo esimismamiento acababa cuando la seño Lidia nos daba 5 segundos para que nos fuéramos para la casa y dejaramos de andar leyendo semejantes maricadas.Todo acabó.

Ya no está nuestro querido Naranjuelo en la puerta de nuestra casa donde muchas veces le contaba a la seño Gloria, mi madre,  mis recuerdos y ella me animaba: Toty, escribe eso...yo te consigo la máquina de escribir con Carlina...

Debe tomar sus precauciones Juan Gossaín, para tener recuerdos de emergencia porque al final puede quedar su alma y su corazón como la cometa que me hizo alguna vez mi padre para un mes de agosto y que en pleno vuelo se quedó sin cola.

 

Fabio Fernando Meza 

 

Sobre el autor

Fabio Fernando Meza

Fabio Fernando Meza

Folclor y color

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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