Opinión
Estamos dejando de ser nosotros

La globalización avanza a pasos agigantados y en su vorágine insaciable va engullendo sin remedio todo lo que siempre nos ha identificado. Va dejando sin historia a los pueblos y personas, va lapidando fríamente las costumbres y las tradiciones. Va corroyendo la belleza salvaje de los mitos y leyendas, va arrasando sin piedad las creencias y saberes ancestrales. Va arrinconando en el olvido los gustos, olores y sabores de nuestra cocina criolla. Va acabando con lo que somos, y terminaremos aceptando que fuimos y ya no somos.
Los que nacimos en el pueblo, aún no nos percatamos del desastre cultural que está ocurriendo, pues no interpretamos correctamente los síntomas de este cáncer maligno que consume nuestra cultura y que ya comienza a hacer metástasis en nuestra manera de comportarnos. Antes nos preciábamos de conocer a los nativos y foráneos que vivían en nuestros pueblos, sabíamos sus nombres, su procedencia y su forma de ganarse la vida. Éramos capaces de interpretar si el forastero era buena o mala persona con solo saber cuáles de nuestros paisanos eran sus amigos. Ahora no. No sabemos quién es el vecino, ignoramos su procedencia y no nos interesa su forma de ganarse la vida. Nos convertimos en una población habitada por extraños, al punto de que nuestros paisanos y nosotros mismos lo somos, extraños los unos para los otros.
Perdimos la oralidad, los dichos, las bellas anécdotas de nuestros mayores, perdimos los suculentos platos pueblerinos y las costumbres de los paseos de ollas al río o la quebrada. Ya los enamorados no dedican serenatas por las noches. El piropo caballeroso y elegante fue reemplazado por la procacidad y el acoso. El respeto a los mayores pasó a ser historia. Los espantos y leyendas se desvanecieron en el piélago de historietas sin sentido de otras culturas desconocidas y remotas.
Los juegos y rondas tradicionales son piezas de prehistoria. Las canciones de cuna y los arrullos que cantaban las nanas del pasado a los niños de antes, se perdieron encofradas en las gargantas de las abuelas que murieron de tristeza al no poder dormir entre sus brazos a sus nietos del ahora. Los cantos de vaquería, las décimas que cantaban los abuelos se fueron apagando, silenciadas por los equipos de sonido y los melosos cantos de otros aires musicales.
Ya casi nadie sabe hacer en su punto una chicha de grano endulzada con panela o una chicha de mamo con la fermentación exacta para degustarla. El peto caliente que vendía la anciana en su venta callejera, perdió su textura y su sabor, ahora los niños prefieren el yogur y las bebidas azucaradas. No encuentras en tu pueblo “delicatessen” criollas como la casadilla, el caballito de ángel, los panderos y merengues. Se convirtieron en piezas de colección gastronómica el enyucado y la arropilla. Es una rareza encontrar los merengues preparados con arroz, y que en mi pueblo llamábamos delicados. La cañanga y el cafongo son palabras extrañas que han desaparecido de nuestro vocabulario y que ya nuestro paladar no reconoce.
Estamos perdiendo aceleradamente nuestras raíces, nuestra identidad y nuestra conciencia de pueblo, para correr detrás de la ilusión que nos presenta la globalización arrolladora que nos deja sin historia y sin cultura. Hemos ido botando sin consciencia nuestra propia esencia, hemos escanciado nuestro espíritu y nuestra raigambre de tradición y familia para llenar de nuevo nuestro cuerpo y nuestra mente de una historia que no es la nuestra, de unas creencias que no entendemos, de una forma de vida extraña que nos adormece y nos aniquila.
Es hora de mirar hacia el pasado para recobrar la identidad perdida. Es hora de asumir responsablemente nuestro papel histórico en estos momentos de crisis moral y de identidad. Es hora de recobrar nuestra historia, recordarla, escribirla, contarla y enseñarla a estas nuevas generaciones que gravitan en un presente sin pasado y con un futuro nebuloso y gris. Es hora de ser auténticos, de demostrar nuestro orgullo pueblerino y portar con dignidad el linaje de nuestros mayores. Es hora de no avergonzarnos de ser lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos. Es hora de saber de dónde venimos para situarnos en donde estamos y poder definir hacia dónde vamos.
Diógenes Armando Pino Ávila
@Tagoto






