Opinión

Desde el lenguaje nos acribillan

Uriel Cassiani

01/03/2017 - 01:40

 

Muestras de racismo en el programa Sábados felices

 

Cierto lenguaje, como los fleteros y atracadores a diario nos acorralan, pone al pueblo negro con las manos en alto y contra la pared. Nadie con sentido común puede negar la existencia del racismo, acentuado desde el alto gobierno y sus desvergonzadas élite hipócrita y mal educada. Es evidente que la educación por sí sola no derrota los prejuicios; es evidente que no importa la capacidad intelectual o humana. El racismo con su dura costra ha sobrevivido a todo.

Puede llevar un vestido sutil. Algo así como “Es negra, pero es bonita” “Es negro, pero es inteligente” o las frases que no se ocupan de los eufemismos “negro tenía que ser”, “negro inmundo”, “negro de mierda”… Y siempre van con el lenguaje, un poco más lejos, desconocen los límites del respeto y la descendencia. Para señalar una tragedia hablan de “un día negro”, para señalar lugares clandestinos “el mercado negro”, hasta las aguas que corren en las alcantarillas son “negras”. Es el lenguaje convertido en peste. Los periodistas de escasos recursos léxicos acuden a esas frases ofensivas para un pueblo que se auto-reconoce como negro y jamás aceptan que son racistas. Sus diminutivos y los de una ciudadanía que se proclama “blanca”, jamás están exentos de una religiosa y filantrópica piedad. Es común escuchar: “yo quiero mucho a los “negritos”. “Le digo negrito por cariño”. Yo quisiera también insultarlos bajo el mismo afecto.

Los invito a mostrar, como Trump, lo que realmente son, o lo contrario, si también formados están deberían contribuir a derrotar esas diferencias que generan tensiones. Ignoran sin despeinarse el descubrimiento del genoma humano, en tiempos de Bill Clinton, fue sumamente publicitado, quedó establecido que la diferencia entre grupos raciales es fenotípica, pero Clinton, cuando su esposa disputó las primarias demócratas con Barak Hussein Obama, quiso convencer a Ted Kennedy del inconveniente que sería para los Estados de la Unión el hecho de tener a un “negrito” como huésped en la White House.

Si también bien formados están, si carácter le sobra al gobierno y a las élites de la patria, al periodismo subsidiario y anacrónico, ¿por qué insisten en negar que se creen y se sienten superiores racialmente?, ¿por qué no aceptan que con la llegada de Trump a la Casa Blanca a sus almas un tanto enfermas, les vino un fresquito que hace mucho tiempo en el mundo civilizado no corría? El lenguaje es símbolo; la semiótica intenta encontrar las claves precisas a cada uno de los signos que utilizamos a diario para comunicarnos. El signo consta de un significado y de un significante.

Está plenamente establecido que la relación entre ellos puede ser arbitraria. Y arbitrario fue el rótulo que le colocaron a nuestros ancestros africanos: Negros, y que defendemos como una acción afirmativa. Al racismo se le dio aliento en uno de los periodos más nefastos de la historia del hombre; el establecimiento de lo negro como raza surge en el periodo colonial, lo negro creció en las entrañas blancas como un demoniaco sustantivo. El hombre africano fue considerado un sujeto sin alma, un “mono” que extrañamente podía aprender la lengua, las costumbres, la perniciosa religión y hasta la cultura del imperio dominante.

Los hombres que esclavizaron a nuestros ancestros durante siglos en muchos casos justificaron en el color de piel, el comercio de niños, mujeres, ancianos y hombres africanos y sus descendientes. Esa mano de obra sin ningún tipo remuneración y sometida a todo tipo de vejación les permitió un crecimiento sin precedentes en sus productos internos brutos, además de una expansión inmisericorde y ruin, cuya justificación solo podemos deducir en la novela del escritor Manuel Zapata Olivella, Chango el gran putas: Era necesario ese mestizaje para que el hombre europeo un día se reencontrara con su humanidad, extraviada por su propia barbarie. Zapata Olivella lo supo siempre.

Han pasado siglos encima de siglos desde aquella calamitosa época y los vestigios de maldad racial y étnica sobreviven a los primeros años de la postmodernidad. El lenguaje empleado para referirse a nuestra etnia, sigue siendo denigrante, como denigrante es el hecho de que no podamos ocupar ciertas posiciones de poder o estar en ciertos espacios sociales por nuestra tez de piel; eso es absurdo, pero real. Recientemente una mujer negra fue expulsada de la base naval Almirante Padilla en la ciudad de Cartagena, porque pretendió sentarse donde estaban los “blancos”, ¿los amos?, en un evento social. En los bancos y grandes centros comerciales difícilmente encontramos vallas donde estén retratadas las familias negras, nuestra televisión jamás recrea dramas o series donde los protagonistas sean los negros, y bien comprendo porqué las familias negras botan baba caliente por esos programas de televisión. Para mí encierra de uno u otro modo la misma lógica por la cual nuestra gente y nuestros líderes más importantes, profesan la religión que masacró a su propio pueblo. Yo, no puedo abrazar hoy bajo las lógicas propuestas, esas religiones occidentales.

Yo quisiera saber que pasaría en la sociedad colombiana si la hija de Cesar Gaviria que decidió casarse con un joven de alma dura, conservador, por lo tanto, hubiese preferido aceptar el anillo nupcial de un hijo de Juan de Dios Mosquera Mosquera (Negro). O qué diría el premio nobel de paz colombiano, si su hija, su única hija, hubiese decidido casarse con un hijo de Oscar Gamboa (Negro), sólo para citar un par de ejemplos. Ahí fuera Troya, armarían sus argumentos de clase y distinción y riqueza para ir a rescatar a Elena e incendiar a cada una de las iniciativas sentimentales de los negros, porque alguno se atrevió a mirar a gente “superior”, sentarían sin duda un duro precedente. Los chicos y las chicas de nuestra etnia que han escalado científica, cultural, académica y económicamente deberían atreverse. Deberían atreverse a conquistar el cielo que nos niegan y merecemos. Estoy seguro que alas, les sobran.

 

Uriel Cassiani

@CassianiUriel 

 

Sobre el autor

Uriel Cassiani

Uriel Cassiani

Garras de leopardo

Poeta y escritor, gestor cultural, activista social y humano de las comunidades afros. Representante Legal de la Corporación Socio Cultural de Afrodescendientes Ataole, que agencia proyectos pedagógicos, culturales, artísticos y productivos en el Caribe Colombiano. Cofundador del Taller literario Mundo Alterno (2001), Integrante de los talleres de poesía Luis Carlos López (2001) y Siembra (2002).

En 2010 publicó Ceremonias para criaturas de Agua Dulce. En 2011 publicó el poemario Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras. Editorial Pluma de Mompox. Entre sus trabajos inéditos están los libros: Dosis personal (Poesía) Música para bandidos (Novela) Las fugas probadas de la memoria (Cuentos). Un Brebaje para Orika (Novela).

@CassianiUriel

1 Comentarios


Berta Lucía Estrada 05-03-2017 12:53 AM

Estoy de acuerdo con el comentarista, Colombia es un país racista desde las entrañas misma del poder; y no hay que olvidar que también es xenófobo.

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