Opinión

Tigrejarto

Diógenes Armando Pino Ávila

25/08/2017 - 06:50

 

 

La vida de los pueblos generalmente transcurre apacible, sin esos afanes de la ciudad, sin las angustias de la inseguridad. En los pueblos se cruza la calle despacio, sin afanes. Los peatones, que somos la mayoría, andamos sin prevenciones ni premuras. Conocemos y nos conocen, saludamos y nos saludan, somos casi familia, o mejor, hacemos parte de la parentela colectiva pues en algún grado de consanguinidad o afinidad estamos conectados.

Un amigo del interior del país, que hacía años no veía, al que conocí en otro lugar, vino de visita donde unos parientes de él, quería conocer el pueblo; me visitó y me pidió que le mostrara y le hablara de Tamalameque. Lo hice amablemente, caminamos varias calles, visitamos los pocos lugares emblemáticos de nuestra localidad. Le hablé de nuestra cultura, me inquirió por nuestras tradiciones, le conté de La Llorona, de La Luz Corredora.

Al final del recorrido me dijo que estaba intrigado por la forma como los paisanos me saludaban y trataban, que si no me molestaba. Desconcertado le pregunté, qué había visto de raro en la forma como me trataban y saludaban, que eso para mí era normal. Me respondió que estaba sorprendido, ya que a mi paso la gente me saludaba con una sonrisa pero que rara vez mencionaban mi nombre, que había escuchado que me decían: Armando, Profe, Pinocho, Pinochét, Pinacle, Pin, Pinpin, Pino, Pinolín, Pinín y tantos otros apodos que no alcanzó a grabar, pero que de igual manera yo no los saludé por sus propios nombres, sino que utilicé, al igual que ellos, un sobrenombre para responder al saludo.

Descansé al escuchar su comentario, pues inicialmente pensé que había mal interpretado a mis paisanos, pero no. Le comenté que el único apodo que no me gustaba era el de Pinochet por lo del genocida chileno, pero que dicho por mis paisanos no me molestaba, pues su intención no era perversa. Le expliqué que, por haber nacido y crecido aquí en estas calles, conocía a todos y, por supuesto, todos me conocían a mí y que, desde la infancia, el tamalamequero, como costeño que era, crecía llamando por apodos a sus compañeros de barrio, de colegio y paisanos, y que se llegaba a grande y a viejo utilizando cariñosamente estos motes. Que esta costumbre se hacía desprevenidamente, que no había segundas intenciones, que era una muestra de cariño y aceptación sincera y que yo deseaba que nunca se perdiera.

Le conté que en Tamalameque, la gente crecía y moría con remoquetes, incluso que hay personas que no se conoce su nombre verdadero, le conté del afrodescendiente de paso lento que recorre las calles vendiendo plátanos, al que apodamos Coshio y del cual no sabemos ni su origen ni su nombre y que como ése, hay y hubo casos de personas muy populares: Bigotegato, Firofiro, por mencionar tan solo dos. Le explique que en algunos casos el apodo de una persona se puede extender a la familia entera: Los culeperros, los canguilos, los bocaehielo, los tigres, los perros.

Le expuse que es costumbre que cuando dos o más personas tienen el mismo nombre, desde pequeño los vecinos acompañan ese nombre con el de la madre o abuela: Sandra Ligia, Sandra Eva, Sandra Bony, en fin es tan variada la forma de apodar y tan curiosa además, y sobre todo que la mayoría de esos sobrenombres salen del entorno familiar, es decir papá, mamá, abuelas o tíos comienzan a llamarlos así y luego trasciende el espacio familiar, pasa por el barrio, la escuela y luego toda la comunidad les llama de esa manera.

Sonriente, mi amigo desde su espigada estatura y fornido talla XXL, me mira a los ojos y me lanza la pregunta del millón ¿Qué apodo me pondrían aquí en Tamalameque? Sin dudarlo un momento le dije, el mismo con que te llamaba en Cartagena. ¿Cuál? —me preguntó—. Ante su insistencia le respondí: «Tigrejarto». El rompió a reír con franqueza y fue interrumpido por el saludo que me daba Kennedy Vargas, quien con picardía me saludaba diciéndome: «¿Qué, Pinocho? ¿marido nuevo?»

Mi amigo cachaco casi se desternilla de la risa, la cual paró cuando me oyó decir:  Queñe, te presento a este amigo que viene de Bogotá a visitarnos. Queñe compuso una apariencia de seriedad y se presentó: «Mucho gusto, Kennedy Vargas Sabayé, para servirle», luego mirándome a la cara me dijo con tono jocoso, «El cachaco, parece que se come todo el ajiaco». Mi amigo volvió a soltar la risa, esta vez fue una carcajada ruidosa y entre risas le preguntó: «Señor Queñe, ¿Qué sobrenombre me pondría a mí?». Sin pestañear Kennedy le respondio: «Tigrejarto»

Después de casi 20 años de haber pasado esta historia, ésta es la hora en que Tigrejarto cree que yo le había dicho a Kennedy la forma como yo lo apodaba.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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