Opinión

Una parranda sin alcohol, una alta dosis de alegría

Wladimir Pino Sanjur

25/10/2017 - 06:25

 

 

Desde que mi compadre Juan me llamó de Cartagena y me dijo que venía para Valledupar, me dispuse a preparar la parranda que íbamos a hacer; por tanto, me provisioné con una caja de whisky, 4 cajas de Cerveza y 5 gallinas criollas traídas del pueblo. Me sentí emocionado, pues, desde que habíamos terminado nuestra carrera de ingeniería no había sido posible una parranda donde recordáramos nuestros tiempos de estudiantes en aquella ciudad vieja.

Mi compadre llegó el sábado 14 de octubre y me dijo que lo acompañara a un compromiso que tenía en la Universidad Popular del Cesar; al llegar al auditorio de aquel claustro universitario habían alrededor de 500 personas excelentemente presentadas, al verlos abrazándose los unos a otros, bajo las palabras: “El ser superior te bendiga. Felices 24 horas. Solo por hoy” intuí que mi compadre Juan estaba metido en vainas raras, espirituales y que quería involúcrame a mí.

Pronto empezó lo que llamaron la segunda reunión de la mañana, todo comenzó con la siguiente oración: “Dios concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que si puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”, después de la mesa de honor se levantó un joven de aproximadamente 25 años, vestido de lino blanco y zapatos café (“El pastor”, pensé), mientras se me vino a la mente las cervezas y el whisky. Estando en éstas, escuché la voz del orador que decía: “Mi nombre es Antonio y soy alcohólico” y todos al unísono, incluyendo a mi amigo dijeron: “Hola Antonio”, entonces supe que estaba en un evento de alcohólicos anónimos; quise levantarme y largarme de ese sitio sin interesarme de la suerte de mi amigo, pero en el momento que resolví hacerlo, el joven que intervenía asesinó mi deseo de huir con una frase: “la dolorosa aceptación de mi condición alcohólica, fue la derrota más grande de mi vida, pero sobre las bases de esa derrota edifique mi mayor victoria”, resolví quedarme y escuchar las intervenciones.

En las diferentes participaciones entendí que el alcoholismo era una enfermedad y que atacaba indistintamente a hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, ricos y pobres; se presentaban personas de Santa Marta, Cartagena, Mompox, Sincelejo, Montería, Maicao, Riohacha y de todas partes de la costa; en el receso mi amigo y yo no cruzamos palabras directas, él dialogaba con las otras personas y yo a su lado escuchando, mientras disfrutamos de un delicioso café caliente; yo observaba a todos, de arriba abajo, pareciere que estuviera en la torre de babel, pasaba del acento golpeao´ del Cartagenero, al cantao del Guajiro y al swing del Barranquillero, todos hablaban de su nueva manera de vivir, de la alegría de la abstención.

No podía creer que esas personas que estaban ahí fuesen alcohólicas, su forma de vestir, sus rostros repletos de alegría, el amor y el respeto con que se tratan desdicen mucho de mi concepto de una persona alcohólica; por un momento me escurrí de la compañía de mi amigo e interrelacioné con muchos, había médicos, abogados, periodistas, amas de casa, albañiles, docentes, vendedores ambulantes, odontólogos y lo más insólito un sacerdote. Todos alcohólicos hasta los huesos, todos me lo decían sin sonrojarse, como si al reconocer que fuesen alcohólicos los alejara de la botella. El más anciano tenía 93 años y 52 años sin beber ni un trago, pero seguía diciendo que era alcohólico y que a diario le daba gracias a Dios por no beber, me topé con una mujer de 35 años de edad, quien me dijo que era administradora financiera, gerente de una empresa de lácteos en Barranquilla que tenía 10 años sin beber; pero me llamó más la atención un hombre de estatura promedio de unos 50 años de edad y quien decía tener 15 años sin beber, dueño de una elocuencia y una inteligencia única. En ese momento hablaba del cosmos, de los viajes inter-galácticos, del futuro de la tierra y de la posibilidad de la humanidad de tener su origen en el planeta martes, al que trató de planeta muerto, dijo que la tierra se estaba muriendo y por ello era necesario buscar en la vía láctea una nueva parcela para la humanidad, mayor fue mi sorpresa cuando me dijo que era vendedor ambulante, que vendía mecatos en los buses, y que alcohólicos anónimos, le permitió salir de la calle el cartucho donde demoró años como indigente y alejado de su familia y que hoy su hija estudia último año de derecho en la Universidad Nacional.

El domingo en la noche fui con mi amigo a la fiesta de integración, donde la animación estuvo a cargo de una orquesta de música tropical y un conjunto vallenato, la rumba comenzó a las 8 y acabó a las 2 de la mañana, jamás había visto tanta gente bailando y alegre sin consumir licor. Yo no baile, pero disfruté cada minuto en ese lugar, tomando agua y sodas, emocionado abracé a mi compadre Juan y le di las gracias por mostrarme la puerta de la alegría e invitarme a entrar a este mundo maravilloso de la sobriedad.

La actividad en la universidad demoró 3 días, 14, 15 y 16 de octubre, se festejó el XXV Congreso de alcohólicos Anónimos de la Región Caribe; mi compadre Juan se devolvió a Cartagena y yo me quedé con la semilla de los Alcohólicos Anónimos y en la actualidad asisto al Grupo 11 de Mayo de Valledupar, ubicado en el hotel Damar de esta ciudad.

Gracias a la invitación de mi compadre Juan entendí que el alcohólico no es solo el que está acostado en el suelo o consume drogas, sino también el que no sabe controlarse mientras bebe, aunque tenga familia y empleo; comprendí que el detonante de una borrachera no es el último trago sino el primero, que es el que genera en mí el deseo desaforado de seguir consumiendo licor.

Hoy doy fe que el mejor tratamiento para no beber es la abstención total, no consumir ese primer trago por nada, ni por nadie, y que luego de dejar de beber, para lograr una felicidad real debo practicar los doce pasos de recuperación.

Ayer que me llamó mi compadre Juan y entre risas y bromas me dijo: “Compañero felices 24 horas, cuénteme de la caja de Whisky, las cervezas y las gallinas” y yo le dije: “Compañero de la alegría, le cuento que todo lo devolví al estanco que me las acredito y las gallinas no las estamos comiendo guisadas aquí con mis nuevos amigos de Alcohólicos Anónimos, festejando que yo reconocí mi derrota y sobre ella edifico mi victoria”.

 

Wladimir Pino Sanjur 

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