Opinión

La plata también se muda

Diógenes Armando Pino Ávila

08/12/2017 - 05:00

 

Gente del Caribe / Fuente: de la serie artística de Antonio Flórez

 

Los pueblos de la costa se caracterizan por ser poblaciones tranquilas que viven bajo el sopor que produce el sofoco de un sol inclemente, son comunidades alegres y bullangueras que hacen fiestas y gozan de sus bonanzas hasta agotar el último peso, sin pensar en el mañana y, al mismo tiempo, tienen la capacidad de burlarse de sus penurias cuando llega la crisis que la falta de previsión les acarrea.

Nuestros pueblos son un filón de historias, cuentos y anécdotas inagotables, que brotan a torrentes del magín de nuestros coterráneos y estas anécdotas, cuentos e historias que nacen espontáneamente tienen la función de mitigar como bálsamo reparador cualquier brote de amargura que ose avinagrar el espíritu fiestero del costeño.

Ese rasgo cultural de fiestero, de persona alegre, irreverente y mamagallista nos ha acompañado desde siempre, por eso en el resto del país nos señalan como flojos, parranderos y bulliciosos, nos enrostran, a veces con razón, de ser descuidados. Lo anterior es una verdad a medias, pues nuestros mayores fueron gentes trabajadoras, poseedoras de fincas minifundistas de las que con sus manos sacaban el producto que sustentaría con dignidad a sus propias familias. Éramos comunidades rurales, ajenas a los afanes de las capitales, vivíamos nuestras vidas con la lentitud que da la paz, la convivencia pacífica y las buenas relaciones con los vecinos.

Por allá en la década de los 60s comenzó a cambiar nuestras vidas, con la apertura de las carreteras, el nacimiento de los ferrocarriles y la muerte del río, nos llegó una cantidad de gentes del interior, antioqueños y santandereanos, que en plan de negocios desplazaron a comerciantes y a los nativos propietarios de las pequeñas fincas ganaderas y agrícolas. Nuestros abuelos, campesinos iletrados, cansados del trabajo en el campo y tal vez contrariados porque sus hijos y nietos no quisieron seguir sus pasos de campesinos, optaron por vender sus tierras y ganados.

Los antioqueños y santandereanos con una visión de negocio compraron, a precio de huevo y poco a poco se fueron adueñando de las tierras productivas de nuestras localidades. Nuestros abuelos, que lo único que sabían hacer era laborar la tierra y pastorear su ganado, no sabían de otros negocios ni de otra forma de producir y rendir sus ahorros, algunos corrieron a comprar casas en el pueblo para vivir de sus rentas y, poco a poco, a pesar de la humildad de sus vidas, fueron adelgazando su capital al punto del empobrecimiento.

Otros más astutos, mantuvieron sus tierras y sus ganados, aguantaron la tentación del dinero en efectivo y esa resistencia les mantuvo sobreaguando entre el tener y el no tener, dándole alguna heredad a su numerosa prole. El problema de estas familias comienza con la herencia. A partir de ahí vienen los desencuentros entre hermanos y medio hermanos en una rebatiña del más vivo contra el más débil, en una disputa intestina que terminó por destruir el sueño de unidad familiar de los abuelos.

La mayoría de estos herederos acostumbrados a estar bajo el manto tutelar de la familia, al recibir la fracción del reparto, lo feriaron y a los pocos años quedaron en la pobreza, viviendo de una apariencia y un apellido que melancólicamente les recuerda glorias pasadas y opulencias idas, pero que ante la precaria situación que viven en el momento, solo sirve para que en voz baja los nuevos ricos se burlen de ellos.

Hablando de esto con mi pariente Mingo Gómez, un hombre que heredó de su padre la facultad de acuñar frases que se repiten en la memoria colectiva de mi pueblo, me hizo un comentario con una frase lapidaria que por su simpleza encierra la sabiduría popular y que dice una verdad de apuño: “Para que te des cuenta, la plata también se muda”.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@tagoto

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@Tagoto

0 Comentarios


Escriba aquí su comentario

Le puede interesar

Al final, se largarán todos

Al final, se largarán todos

  Recordando un poco del escrito de Eduardo Caballero Calderón, “Siervo sin tierra” en uno de sus apartes en el cual los liber...

El escultor Amilkar Ariza responde al artículo de Francisco Ruiz

El escultor Amilkar Ariza responde al artículo de Francisco Ruiz

Voy a contestar a un atrevido, agresivo, ofensivo y difamador artículo que fue publicado el día 5 de Agosto de 2014 en el periódico ...

Pueblo pequeño, infierno grande

Pueblo pequeño, infierno grande

  Los pueblos de la costa caribe colombiana tienen una magia que enamora, unos encantos que hacen que las personas se sientan ancla...

Martín enguayabao

Martín enguayabao

Definitivamente, en Colombia ocurren, o más bien se sostienen, cosas inverosímiles. Gabo valiéndose de su portentosa imaginación ...

¿Qué es un vallenato clásico?

¿Qué es un vallenato clásico?

Algunos al escuchar un vallenato que les gusta suelen afirmar que es un clásico. Otros cuando escuchan un vallenato de aquellos que ...

Lo más leído

El cine y la defensa de la naturaleza

Enrique Martínez-Salanova | Cine

Arborización urbana y calidad de vida: una relación inevitable

Isabel Reyes Avilés y Juan José Gutiérrez Chaparro | Medio ambiente

La agricultura urbana en Colombia

Redacción | Medio ambiente

La varita de caña y su historia, un episodio de la vida real

Álvaro Rojano Osorio | Música y folclor

Una señora Patillalera formó en el Valle una gritería

Juan Rincón Vanegas | Música y folclor

El reloj del Tío Tomás

Diógenes Armando Pino Ávila | Opinión

Pa la Matecaña nos fuimos: anécdotas de juglarías (Parte I)

Alfonso Osorio Simahán | Música y folclor

Síguenos

facebook twitter youtube

Enlaces recomendados