Opinión

Las luces de diciembre

Alberto Muñoz Peñaloza

11/12/2017 - 06:20

 

 

El 31 de diciembre de 2011, sobre las ocho de la noche, tuve una conversación fluida con ese amigo de la infancia, compañero en el glorioso Ateneo El Rosario y pese a que es mayor que yo y sus relaciones iniciales fueron cimentadas con mi hermano Ismael, con el paso de los años aumentó el cariño que nos une y, a partir de descubrirlo en desgracia, mi afecto se agigantó en forma silenciosa pero gratificante, ensimismado en la certeza de augurarle lo mejor, pedirle a Dios por su redención y saberlo sano y salvo, pese a las acechanzas y al peligro.

Su hermano Yiga, fue mi compañero en el Ateneo y en numerosas ocasiones visité su casa, para hacer tareas, estudiar juntos o por una buena refrescada en tardes del calor. Su cercanía al Nacional Loperena facilitó la permanencia en el sector y la recordación eterna cada vez que transito por la carrera once, más allá del entonces colegio de La Toti y frente a la casa del incansable profesor Salinas.

Aquellos tiempos de la primaria nos integraban en el aula, como detrás del colegio con la ingesta de las alegrías que Pipe y los palenqueros ofrecían a cambio del importe en efectivo; en la esquina del callejón de la Purrututu, restregándole tres dulces de madura a la tostada redonda o a las célebres lenguas en la tienda de la gran Ino; o un poco más allá a muñeca limpia con Migue Castro, en el callejón de los Ariza o más arribita en el Matracazo, a punta de pingüinos de limón o guayaba, que eran los bolis de la época. Al frente teníamos encuentro matinal con mi primo Juancho Castro Daza y la prole ateneista para intercambio de caramelos domador.

Y es dable recordar nuestras idas a la cancha del Ateneo, como que para llegar había que atravesar la jungla en pasta, subíamos por la séptima hasta la esquina de la tipografía Raquelita, cruzábamos a la izquierda e íbamos, por senderos de amor y en estricta fila, de dos en dos, hasta el mercadito (hoy parque El Viajero) y de ahí en adelante por caminos, vericuetos y trochas, arrimábamos a la cancha que buscábamos, ahí mismo donde queda la sede del colegio.

En numerosas ocasiones inflamos el ego, con Yiga, los demás amigos y compañeros, en la puerta del Loperena, rendidos ante el gusto inmarcesible de la avena hielada de Franco, ese motor humano que demostró, con creces, para qué sirven dos manos bien utilizadas, cuando se quiere deleitar a los demás.

Sin televisores en las casas y superada la edad del chuceleco y al  escondido, la cita diaria –desde la prima noche- era frente al teatro San Jorge, para ver Santo, el enmascarado de plata, contra las momias de Guanajuato, pero antes enaltecer el espíritu con el mejor guarapo de todos los tiempos: la rica y espumosa frescola del gran Rodri, el guarapero laborioso, quien durante el día entregaba los pedidos en Garcia Hermanos y por la noche refrescaba la ciudad. Ah, tiempos aquellos.

Esa noche de diciembre mi camarita se sinceró: ya yo muero así, son más de mil demonios que me atacan al tiempo y por más que lo intente siempre se salen con la suya. La droga entró en mí para quedarse, se quedó y acabó conmigo. Yo morí hace tiempo pero sigo dando gracias por el cariño de amigos como usted, su hermano y tantos otros. Perdí la familia, me extravié en el mundo y sucumbí ante el humo y la arrogancia del mal...

Entonces lo recordé, con su elegancia de entonces, asomándose por la calle del Cesar y entrompándose con las primeras yardas de longaniza y chorizo, que se mostraban imponentes en La Viña, del ineluctable Coli Botero. Soñé despierto ante la realidad quimérica de su progreso en el tiempo, de su familia unida en lontananza y separada para siempre por realidades tristes como la de su estado mendigante.

Lo miré con ojos de ternura, con comprensión en extremo y con la natural melancolía que produce la impotencia para cambiar la realidad, le di un abrazo con todas mis fuerzas pero con amor creciente y con mi lengua de trapo, le recordé que para Dios nada es imposible, que aumente su fe y lo busque. Los billetes que le di son nada, ante el turrugo que pervive en mi garganta, desd ese momento crucial que vivifico cada noche, antes de dormirme, al encomendarlo a Dios, Bendito y Misericordioso. Que proteja a mi amigo Loncho, durante sus recorridos por las calles del boliche y donde quiera que se encuentre. ¡Amén! 

 

Alberto Muñoz Peñaloza

 

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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