Opinión

Como en los reinados de belleza

Diógenes Armando Pino Ávila

16/03/2018 - 05:20

 

 

La política colombiana y el sistema electoral del país está a punto del colapso, no la Registraduría. El problema es el sistema electoral que está montado sobre unas bases pobladas de vericuetos que facilitan el camino de la tramoya, de la corrupción. Un sistema hecho a la medida de la clase política que elegimos cada cuatro años. De esa clase dirigente y política que corrompe funcionarios y corrompe al elector.

Un sistema electoral donde las ideas no valen un centavo, donde lo que sobresale es la compra de votos, las dadivas en pasteles, camisetas, licor, tejas, cemento y qué se yo, qué otras formas de comprar y constreñir al elector. Para nadie es un secreto que los empleadores privados exigen a sus empleados la cuota de varios votos para poder permanecer en el cargo y que el empleado “por agradecimiento” los pone.

Es un secreto a voces que alcaldes, gobernadores, secretario, ministros, jefes de personal y el resto de esa fauna burocrática, reúne a los empleados oficiales y públicos y en tono dulzón le exigen la cuota electoral de cinco diez o más votos para mantenerse en el cargo, caso contrario, serán declarados insubsistentes, sin importar su desempeño laboral o profesional. Estos empleados cumplen la cuota, es más, algunos de sus compañeros fungen como vigías para informar si votó o no por el candidato impuesto, informa si este empleado en particular tiene otras simpatías o ideología, en una cacería de brujas donde hay más de un descabezado. Este cáncer que los cachacos atribuían a los territorios del Caribe colombiano ya cubre toda la geografía del país y hace metástasis en todas las entidades del Estado.

El Contralor Nacional, doctor Edgardo Maya, se atrevió a denunciar públicamente el manejo corrupto con que se imponen los candidatos a las diferentes corporaciones y dijo, con mucha claridad, que en Colombia había un solo partido político: el de los contratistas. En esto tiene sobrada razón, pues son éstos, sin importar el nivel de contratación que tengan, los que inclinan la balanza hacia uno u otro candidato, pues, en primer lugar son los que hacen los aportes económicos para las campañas, claro está, son dineros que salen de las obras, es decir la calidad de la obra se debilita pues los recursos destinados para la política se le merman al cemento o al acero (se busca el de menor calidad), o a la alimentación escolar (se recorta la ración de los niños), o se juega con la vida y la salud del pueblo pues se inventan servicios y pagos de salud que no son reales (cartel de la hemofilia, del sida), o a lo Palacino con desviaciones de los dineros de la salud de los afiliados.

Por el otro lado, las familias adineradas en los diferentes departamentos, al no poder lucir a sus mujeres jóvenes en el reinado Nacional de la Belleza de Cartagena o en los otros reinados nacionales, que los hay a montón, han optado por promover a sus jóvenes mujeres a la cámara de representantes y al senado de la República, haciendo costosísimas inversiones, primero en cirugías estéticas, mucha cosmética, pasarela, oratoria, para poder salir en campaña. Además de las sumas astronómicas que aportan sus familiares, contratistas y gobernantes para financiar dichas campañas.

Este último caso se puede ilustrar con lo que la Fiscalía descubrió en Barranquilla, es decir el caso de la senadora Aída Merlano del partido conservador, a la que le descubrieron sofisticado sistema para constreñir al elector, con sistemas contables puntuales, trazas de rastreo y la bicoca de doscientos y pico de millones en efectivo y más de seis mil millones en la compra de votos y pago de comisiones.

El Senado y la Cámara de representantes se ha convertido en la pasarela predilecta de los adinerados, en ella exhiben a sus hijas y a sus hijos a unos costos económicos que luego retornan a sus arcas en contratos y coimas. Pero lo más vergonzosa e insano de esta práctica es el papel que juega el pueblo, el hombre y la mujer de a pie, que vende su voto por favores o por dádivas que gozan un día, sin importarles los cuatro años de privaciones que ellos mismos labran al votar de esa manera. Razón tiene el gobierno venezolano al hacernos las críticas que hizo el dictador Maduro y otros funcionarios, al decir que nuestro sistema electoral es del medioevo.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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